Cuando Harold Rivera fue nombrado en Tunja para ponerse al mando del volante y dirigir al equipo Patriotas, la noticia no hizo mayor eco en el fútbol profesional colombiano. Su trabajo desde las selecciones Colombia sub-15 y sub-17 crearon interés en los promotores del fútbol del altiplano para llevarlo a su “debut experimental” en la máxima categoría. El tolimense se situaba en el radar de una de las ciudades más antiguas de América para, y desde su conocimiento, moldear un equipo sorpresivo, con base táctica y con piezas de mucho talento. Y fue justo en este 2015, tras un tiempo corto de su llegada, cuando el conjunto patriótico enseñó en los distintos escenarios del país un juego prometedor, suficiente y que dejaba ver muchísima labor del hombre a cargo de las riendas del bando andino.

La base del equipo, seguramente, no continúe para el 2016

“Consideramos que tiene todas las calidades para ser el nuevo técnico y tiene todo el apoyo de los jugadores”, expresaba el presidente de la institución, Juan Manuel Rogelis, cuando designó a Harold Rivera como mandamás. Su año, que fue esplendoroso para un equipo modesto, lo iba a ratificar. La constitución desde el arco hasta la parte frontal del ataque contaba con nombres como Juan Castillo, Carlos Henao, Leonardo Pico, Larry Vásquez, Raúl Loaiza, Carlos Rivas, Diego Álvarez, entre otros; nombres con características singulares que lograron ejecutar un fútbol simple, metódico y vigoroso de la mano de un entrenador de muchísimo conocimiento en el universo fútbol.

De una manera más general, podemos decir que el equipo de Tunja practicó un juego reconocible. Con diferentes esquemas geográficos empleados como 4-3-3, 4-4-2 o 3-5-2, junto a la fundición de una cultura deportiva para formar una identidad no del todo consolidada, Rivera hizo que sus dirigidos demostraran un desarrollo sobre el césped que denotaba principios propios de una planificación continua, rigurosa y consensuada. Este aspecto, que en el fútbol profesional colombiano es difícil de encontrar en equipos de su tipo, poco a poco deja un legado en cuanto a comportamientos técnico-tácticos que propician pertenencia y afinidad en sus intérpretes, llevándolos a emplear un idioma futbolístico con matices.

Leonardo Pico fue el foco de atención

El ejemplo fidedigno del párrafo anterior se podía visualizar en un jugador como Leonardo Pico. Desde su píe se erigía la organización del equipo con y sin pelota. El boyacense cuenta con un pegamento en su botín que unía al equipo por medio de decisiones elocuentes y ejecuciones de altísima calidad. La claridad, solvencia y soltura cuando asumía la posesión impregnó administración y dominio. Durante este año fue la piedra angular, el centro de operaciones del conjunto. A Pico lo custodiaban en el medio campo dos hombres distintos y complementarios: Larry Vásquez y Raúl Loaiza. Entre ellos, quizá siendo exagerado, se constituía uno de los mejores centros del campo de nuestro balompié. Y lo era porque combinaba todo: finura, agresividad, solidaridad, sorpresa y talento, mucho talento. Además de juventud (los tres son de inicios de la década del 90’s).

En el frente de ataque agrupaba un número de virtudes repartidas en varios jugadores, cuestión que daba facultad a Harold para confeccionar ataques de distinto orden y para toda gala. A pesar de no generar ocasiones con frecuencias cortas, sus herramientas para fragmentar defensas rivales iban desde el desborde, agilidad y descaro de Carlos Rivas hasta la presencia en el área y poder anotador del uruguayo Jorge Papelito Ramírez. Sin embargo, quien se distinguía era Diego Álvarez. La inteligencia de sus movimientos para atraer marcas, generar espacios y proponer asociaciones cortas en frente del área daba un salto de calidad al equipo en campo rival. Casi siempre jugaba a espaldas de la primera línea de presión adversaria, ubicándose de forma intachable y siendo una opción de pase nítida para el poseedor del esférico; integrándose a la hora de labrar la jugada para posteriormente convertirse en un efectivo de cara a portería.

Carlos Henao se consolidó con cortes y goles

En la zona posterior, las fichas incrustadas por el director técnico siempre dejaron grandes destellos de aplomo y seguridad. Aunque Juan Castillo es un portero que vive sus últimos años de carrera, la forma de dirigir la defensa llevaba a que los suyos encontraran desempeños notables en escenarios álgidos. La experiencia, recurso intangible pero necesario, corría de la mano del charrúa. Además, su artificio y sabiduría para manejar el área combinada con la prolijidad de Carlos Henao, la disciplina de Nicolás Carreño y la fortaleza de Harold Macías daban vida a una fase defensiva solvente y exigente.

Es evidente que en el ambiente fútbol se pondera más lo cuantitativo que lo cualitativo. Los números, algunas veces fríos, menoscaban la labor, riqueza y trasegar realizada y conseguida por un grupo de jugadores. La reivindicación, aquella que la estadística no suele abrigar en sus entrañas, viene de la mano con actuaciones dignas del espectáculo fútbol que se tallan en la memoria del público y jugador. Es el caso de Patriotas, aunque no entró a la fiesta de los playoffs en ningún torneo, la concreción de su campaña resulta, cuanto menos, maravillosa. No es un dato menor recordar que hasta la última fecha de la fase regular los boyacenses animaron y fueron protagonistas del clausura, dando destellos de lo que el míster orquestaba en su mente y traducía a sus planillas. Simón Bolívar tildó a Tunja como “Cuna y Taller de la Libertad”, título que Harold Rivera cumple con su equipo al librar una batalla como la de plasmar una idiosincrasia, un ADN futbolístico. Gestor, de esos de cuna y taller.

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