El Junior de Alexis Mendoza es un animal distinto: diferente en su totalidad a cualquier otra versión del cuadro rojiblanco de los últimos cinco años. Es también, quizá, el proceso de mayor nivel en ese lapso. Desde su llegada, Alexis entendió que contaba con un plantel de mucho talento, con el cual era posible desarrollar una propuesta muy distinta a la rocosa idea de su predecesor, Julio Comesaña; una propuesta que cementó con la consolidación de un doble pivote estelar, en el cual Guillermo Celis y Gustavo Cuéllar, dos futbolistas hasta ese entonces poco definidos, encontraron forma. No fue fácil. Por la plenitud de matices físicos y técnicos con la que contaban, ambos jugadores eran difíciles de encasillar. Pero era claro que la imponencia técnica de Cuéllar exigía la maximización de sus participaciones en el juego –que éste tocara la pelota el mayor número de veces posible–, por lo que Alexis decidió dejar al barranquillero libre, mientras Celis le cubría la retaguardia. Y todo encajó. El uno con las ideas, el otro con la intensidad. Y los dos, con la pelota en los pies. El Cuéllar–Celis es, aún hoy, la manifestación de la idea de Alexis.

Pero las capacidades del estratega barranquillero no se traducen a ideología. Es decir, Mendoza está consciente de que si hizo jugar a Junior, lo hizo para competir, y de que necesita competir para poder hacer jugar. El tiburón alcanzó un segundo puesto en la fase regular por medio de su voracidad ofensiva; pero así como marcó 31 goles (más que cualquiera, a excepción de Nacional), encajó 23. Por el nivel de los recursos que maneja en territorio contrario, Junior es capaz de realizar hazañas tremendas ante equipos incapaces de seguir su ritmo con balón (la mayoría en el torneo local); sin embargo, sus debilidades cuando pierde la pelota son enormes. Gravísimas. El 0-4 que se comió en casa ante Nacional en la primera fase sirvió como evidencia irrefutable para Alexis de que Junior necesitaba una variante. Por eso, recompuso, implementando un sistema de 4-3-3 como alternativa: para sobrevivir.

El nuevo esquema añade un centrocampista para reforzar otras áreas del campo

El 4-3-3 no se trata de ayudar a Celis o Cuéllar; sino, más bien, de utilizarlos a los dos para ayudar al resto. Las bandas de Junior han sido su principal grieta defensiva, sobre todo la izquierda, donde Juan Guillermo Domínguez ha demostrado ser la pieza más débil del equipo. El triángulo en el centro del campo le permite tanto a Cuéllar como a Celis –interior izquierdo y derecho, respectivamente– apoyar a sus laterales con más libertad en los repliegues (importantísimo ante la falta de apoyo por parte de los extremos), mientras que Luis Narváez –mediocentro único– cae al área para sumar números. Este último, que cuenta con una disciplina táctica especial, también ayuda muchísimo cubriendo las posiciones de los interiores mientras ellos regresan, permitiéndoles agitar y buscar el robo. A fin de cuentas, en este tipo de partidos, esa es la principal intención de Junior: ante nada, que el rival tenga el balón lo menos posible.

¿Es el 4-3-3 de Junior un sistema defensivo? Conservador sin duda. Pero la idea de un aparato defensivo insinúa inactividad o reactividad, lo cual no describe bien al tiburón. Con el 4-3-3 Junior extiende su línea ofensiva para dificultar la salida del rival, generando así primeras recepciones incómodas que a menudo resultan en robos sumamente útiles por parte de Cuéllar o Celis. Aparte, al conseguir la pelota, el cuadro rojiblanco no busca el contragolpe desesperado: tiene armas tremendas para ir a la contra, pero si no logra encontrarlas con finura se toma su tiempo para pausar e intentar armar. Es proactivo como puede y al ritmo en que se pueda. Y así, de a poco, va estableciendo una sensación más familiar para seguir compitiendo.

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