El amor es un juego hecho para perder. Una fuerza tan incontrolable e imperfecta como seductora. A la ecuación le añadimos una pelota, unos colores y papelitos cortados que vuelan desde la tribuna hacia el césped y la situación se convierte en un camino sin retorno. En el juego perder es lo normal, como en la vida, de modo que se divaga entre grandes decepciones y alegrías pasajeras que se pretenden usar como antesala de un momento de plenitud del que no se tiene noticia. No se sabe si va a llegar algún día, pero cuya presencia se sabrá reconocer.

El nieto preguntó al abuelo por aquel primer campeonato del 48 cuando el primer nombre en inscribirse como ganador fue el suyo. Contempló la hazaña narrada con la nostalgia que despiertan las buenas historias y envidiando, al menos un poco, la sensación de aquella gran alegría. Está claro que la magia de todo el asunto reside en que el transcurrir del tiempo le añade toques extraordinarios a las palabras y borra los momentos amargos dejando lugar al heroísmo. De alguna manera, la apreciación y el gusto se transmiten por el mero hecho de la descendencia y lo que las palabras expresan es solamente la clave para entender un sentimiento que, no sabría explicar por qué circunstancia, está adentro desde el primer grito ahogado. Una especie de re-descubrimiento. Una identidad previamente generada que terminó posándose en una bandera y una camiseta. Mientras el tiempo continúe deshaciéndose, llegará el día en el que habrá, de nuevo, ojos de asombro y admiración siguiendo atentamente una revista futbolera del pasado de la mano de quien vivió para contarlo. Esa mirada percibirá el sentido de unicidad que le otorga pertenecer al equipo que supo ser el primero. Dos veces.

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