Sus rasgos adustos y cansados por el paso de la historia hacen un poco de ruido con la forma alegre con la que está a punto de resurgir, a ojos todavía incrédulos, de una derrota dolorosísima que trajo consigo un vacío futbolístico y existencial. Uno más. No es la primera vez en la seductora historia del equipo de nombre avasallante que tras un momento de éxtasis que amenazaba con no cesar nunca, sobrevino la oscuridad. El Club Atlético Huracán quiere demostrar eso de que las victorias tienen un montón de cicatrices marcadas a fuego crudo en la piel y en la memoria. Tres, ese es el número de sobrevivientes de aquella tragedia. Estuvieron cerca, muy, muy cerca. Desde ese día han tenido una feroz batalla contra la crítica que casi por herencia filosófica de la razón y el método está condenada a destruir al que se queda cerca. Al que no lo logra porque se cree que le falta algo. El “sí, sí, pero…

El Tomás A. Ducó se ha empapado de nuevo hasta los huesos de balón. Por sus ojos ha entrado una vez más el preciosismo y la estética dentro del arte perpetuo del fútbol. Por cada esquina de su estructura se han podido entrever rayos puros de goce narcisista, ese de saberse bueno. Muy bueno. Porque aquí, dirán orgullosos sus hinchas, se ha jugado cuando se puede –y también cuando no, porque las leyendas son aplomadas– un fútbol distinguido y de calidad. Imagino. O tal vez eso diría yo si fuera uno de ellos. Lo tomaría como una victoria, como un trofeo, porque cuando se puede elegir –y a veces a las elecciones se les rodea la manzana– han elegido hacerlo a su modo. I did it my way. Mi manera. Eso es el fútbol. La manera. La mía y la de los míos – completaría seguramente. Incluso me atrevería a decirle, a esa persona imaginaria de una discusión futbolera inexistente, que Huracán es un equipo que entiende la diferencia entre ganar un partido de fútbol y abrazarse hasta las lágrimas por un gol precedido de técnica y belleza que permita, ahí sí, ganar un partido de fútbol. Porque no es lo mismo. Porque hay victorias que con un apretón de manos basta, y hay victorias que no se permitirían ser celebradas con menos que un profundo abrazo.

Eduardo Domínguez, entrenador de gesto serio, actitud tranquila y aire optimista, lucha por desprenderse tanto como sea posible del peso de las derrotas de un club golpeado bajo por los vaivenes del fútbol. Tiene, en Patricio Toranzo y en Carlos Arano, el vínculo con esa historia reciente del Globo y, paradójicamente, la salida de él. Están cerca de nuevo. A un solo paso. Otra final. Estoy seguro que cargan en su espalda ese peso insoportable de aquel 5 de julio y, estoy seguro también, casi apaciguado infinitas veces con palabras de agradecimiento, a su paso en un día cualquiera de la Avenida Alcorta, por haber pertenecido a un equipo imborrable. Pero que no llegó. Un equipo al que el Olimpo, lleno de medallas de oro y miradas altivas cargadas de desdén, aún está esperando.

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