Primer acto: ¿Por qué el Real Madrid no recuperó la pelota tanto como debió haberlo hecho si presionaba con intensidad y cerca de la portería del Barcelona? Primera razón: por matemática. La secuencia llegaba a ser de 6 jugadores del Barça contra 4 del Real Madrid que, además, se rompían las piernas presionando de forma desorganizada. No alcanzaban sus futbolistas en ataque para el despliegue azulgrana en el inicio de la jugada. Claro, es que presionar arriba al Barcelona es especial, porque hay que tener en cuenta al portero. Claudio Bravo es muy seguro y preciso con el balón en los pies y cuenta como un efectivo más del andamiaje. El equipo de Benítez cometía el error de presionarlo sin obturar la dirección del pase del chileno y esto, aparte de liberar o a alguno de los dos centrales o a Busquets, le permitía cómodamente seguir jugando. La presión alta debe tener al menos uno de estos dos resultados: recuperación de la pelota en el inicio de la jugada del rival, y en caso de que esto no se produzca, hacer que el contrario juegue la pelota hacia donde yo quiero que la juegue. La segunda razón es que el Madrid se quedó a mitad de camino: lo primero lo hizo pocas veces y lo segundo nunca. Un detalle que cambia radicalmente la presión en campo rival: quien se arriesga a abandonar a su marca para presionar más arriba, lo deberá hacer de manera tal que obligue a quien tiene la pelota a usar una dirección de pase determinada, donde habrá alguien esperando una posible interceptación. Pues bien, Gareth Bale, encargado de presionar la zona central de la salida del Barça, abandonaba a Mascherano para buscar a Bravo, por consiguiente, regalaba el espacio a su espalda. El equipo culé se sintió ahogado realmente muy pocas veces.

Benítez cambió, su alineación atendió la intención del madridismo que quería devorarse a su rival desde el primer minuto. Por tanto, mostró su fase más ofensiva con un 4-2-3-1 en el que los dos mediocampistas eran Luka Modrič y Toni Kroos, por delante y en la izquierda Cristiano Ronaldo, Gareth Bale en el centro, James en la banda derecha y Karim Benzema de delantero centro. Así estaba dispuesto el libreto. James, de ese modo, era uno de los encargados de la presión altísima. Su zona tenía que ser la izquierda de la salida del balón visitante, la de Jordi Alba y Mascherano. Si, uno contra dos. La matemática. En ataque posicional, lo que el entrenador madrileño dispuso para el cucuteño, suponía que Danilo fijara la banda. Esto en consecuencia le daría al diez libertad por el centro del ataque para aprovechar la calidad del pase de los dos centrocampistas y así recibir entre líneas a la espalda de Iniesta, el mediocampista con menor rigor defensivo. Una vez allí, el colombiano teóricamente iba a contar con Bale en el centro para descargar y con Benzema para crear ocasiones de gol.

Los momentos de posesión blanca en campo de los de Iniesta y compañía tuvieron a James como protagonista, en realidad como único actor principal involucrado mientras el elenco de estrellas miraba el monólogo esforzado y rebelde. El volante cafetero, inquieto, apoyaba, descargaba y rompía hacia adelante para generar espacios entre líneas que después nadie ocupaba, de modo que los volantes blancos se quedaban sin opciones de pase con hasta 4 compañeros lejos del balón y en la misma altura. El Barcelona no estaba dando tiempo para ejecutar posesiones largas que dieran lugar a un ajuste del libreto porque una vez olfateaba la duda, una vez olía la sangre en la medular merengue, mordía hasta el hueso para interceptar la posesión con sorprendente facilidad. A causa de esto, el Madrid empezó a saltar la línea media de creación y a lanzar balones largos con el objetivo de ganar metros. Cuando los delanteros Bale o Benzema lograron continuar con la posesión, James fue influyente dando continuidad y seguridad, mostrándose y recibiendo la pelota con algún segundo extra para jugar, lo que muestra su inteligente ocupación de espacios. El Madrid tuvo 35 minutos bastante competitivos para lo descompensado que estaba desde la alineación y la mala ejecución de su presión en campo rival.

El argumento de la obra llegó al conflicto: El Barça recargó el ataque por zonas. Por la izquierda Alba, Iniesta y Neymar, con Busquets en el medio, imprimían shots de electricidad para generar profundidad. Para descansar sobre las tablas utilizaba la zona derecha con Rakitic, Alves, Piqué y, de nuevo, Busquets. El Madrid necesitaba volver a su guion: el ritmo alto. Los azulgranas, entonces, desactivaban la basculación de la Casa Blanca imponiendo su juego. El balón y las líneas del equipo merengue iban de un lado a otro como el fuelle de un bandoneón. Con conducciones y toques de primera, el Barcelona estiró y encogió la posesión ante un Bernabéu impotente que veía que su equipo era incapaz de robar la pelota por periodos largos de tiempo. Tras el gol de Neymar Jr, el Real Madrid se desequilibró y destrozó por completo su libreto empezando a vivir los momentos más oscuros de la noche.

El inicio de la segunda parte arrancó con Modric y Kroos más pacientes y jugando a dos alturas. De esta manera crearon la ocasión bisagra de Marcelo y, junto con Bale, la que terminó con el disparo potente del diez bien detenido por Bravo. Un local más aplomado logró que la presión rindiera frutos en los primeros compases del segundo acto tras el discurso de Benítez en el vestuario y el agua fría en la cara. El partido de James se acabó con su sustitución diez minutos después. El partido del Real Madrid se fue con él.

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