En la casa de mi padre no hay domingos sin fútbol colombiano y, desde hace un año, no hay fines de semana sin el Real Madrid. Esto último era norma hasta hace semanas, al menos. Más que la carne asada, y casi tanto como el café. En la casa de mi padre, donde se habla más de Martín Arzuaga que de Neymar, ver jugar a James se ha vuelto un suspiro dominical ineludible: un lapso de televisión que transciende el instante mismo. Por ejemplo, ver a James no es solo ver a James, sino también ver algún recuerdo de Valderrama. O imaginar a Quintero jugando en algún estadio de Moscú. En su facilidad para recorrer el campo, el ‘10’ merengue se ha hecho un significado abierto y una marca ajena a su propio cuerpo, desde la cual Colombia divisa picos de tiempos pasados y por pasar. Está en él: en su correr sin parsimonia, en su pase estrambótico, en su corte de pelo regular. James, de sonrisa ancha y con más swing que contextura, ha tenido al mundo en contra y lo ha mandado a comer mierda con su capacidad innata de hacer lo extraordinario sin mucho rollo. Es de los nuestros. Y más que eso, es nosotros. Hace lo que nadie había hecho y lo hace con la pinta de que cualquiera lo puede hacer. Verle jugar, desde un sofá azul en la casa de mi padre, es fácilmente transcender espacio y tiempo: sofocarse con su cara roja; aplaudirle una chilena. Recordar el rebotar de un balón pinchado en una calle de la Colombia que, tanto mi padre como yo, dejamos años atrás.

Ver a James –sin el “Rodríguez” que lo hace sonar distante– hacía falta. Y el domingo, media hora bastó. Entrando al minuto 63, James convirtió en cuestión de instantes a un Real Madrid espeso, en una sustancia dinámica y peligrosa, más coherente en el medio, y más punzante en la frontal. Recepciones sobre todo el terreno, regates cortos para abrir espacio y, sobre todo, habilitaciones para penetrar: a Cristiano por encima de la defensa; a Bale, perforando ésta por la mitad. En el minuto 93, cuando ya todo estaba perdido, a James le sobraban ganas de marcar: en frente suyo, el Sevilla defendía con once, y los once lo miraban mientras él giraba, enganchaba, y volvía a girar.

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