Corría el año 2012 y Wilson Gutiérrez revolucionó a Independiente Santa Fe. Su discurso caló en lo más profundo de un equipo que había pasado la mitad de su historia ajeno a la gloria. Se hablaba del balón, de posesión, de salir a ganar. Fue así como Santa Fe volvió a jugar como equipo grande y recuperó el trono del fútbol colombiano. A aquel título de 2012 se sumó una Superliga y una participación histórica en Copa Libertadores, donde el equipo llegó a semifinales. Santa Fe desbordaba su sed de gloria y volvía a estar a la altura de su sobrenombre: el león, el felino rey.

Es cierto que fue esa sed insaciable la que hizo de Santa Fe un equipo con mentalidad ganadora. Pero también es cierto que esto dejó de ser suficiente. Santa Fe pasaba de liderar la tabla de posiciones durante toda la temporada a caer abatido en los partidos que definían títulos. Lo más importante de esto, para todo lo que sigue a continuación, es que aquellos partidos fueron siempre ante el mismo equipo y el mismo entrenador: el Atlético Nacional de Juan Carlos Osorio. Santa Fe fue sometido por un gigante y pasó a vivir a la sombra de la libreta de Osorio.

Santa Fe apostó por Gustavo Costas para vencer a su bestia negra

El orden de las cosas era así: para volver a pensar en títulos, primero había que pensar en ganarle a Juan Carlos Osorio. Primero había que competir contra el tiránico Atlético Nacional. Y si hablamos de competir, pocos en el continente con la talla de Gustavo Adolfo Costas. El argentino tenía un palmarés exorbitante como entrenador: fue campeón en 3 de los 4 países sudamericanos donde estuvo. Costas sabía que Osorio era el gran desafío y, como monstruo competitivo que es, se obsesionó desde el primer día.

Con el pasar de los partidos, el equipo fue mostrando la intransigencia de su entrenador: sin permitirse el menor descuido, sin mostrarse débil jamás. Esto se reflejaba en la cancha a manera de un oficio defensivo que fue en aumento gradual. Muy gradual. Pensemos lo difícil que es convencer a un equipo de defender sin el balón cuando todo lo que había ganado fue, precisamente, defendiendo con él. Y aunque Costas tardó en hacer enteramente suyo a Santa Fe, el sistema defensivo alcanzó la anhelada fiabilidad en Guadalajara. Santa Fe entendió que no sólo gana quien marca un gol más, pero también quien recibe un gol menos. Y así, en Medellín, acabó con la hegemonía de Juan Carlos Osorio.

Santa Fe perdió el equilibrio: fuerte en defensa pero inofensivo

Hubo que sacrificar muchas cosas para que Santa Fe lograra ser defensivamente sólido. Para que el mediocampo retrocediera correctamente, Daniel Torres debió renunciar a sus prestaciones ofensivas y dedicarse a frenar los contraataques del rival. Para que Santa Fe tuviera suficientes hombres en su campo al defender, Omar Pérez debió prescindir de aquellos pases que invitan a sumarse al ataque: su pase en corto. El resultado fue una minimización absoluta de recursos ofensivos donde el desequilibrio de Wilson Morelo era la única hoja de ruta.

La cara ofensiva de Santa Fe alcanzó su punto crítico ante Internacional de Porto Alegre. Para entonces, el equipo carecía de ingenio en ataque y su debacle internacional fue irrefutable. El ciclo de Gustavo Costas en Santa Fe había llegado a su fin. Como dijimos, la sed de gloria en Santa Fe desde 2012 parece insaciable y esta vez la apuesta no fue menos lujosa que la anterior: Gerardo Pelusso, otra potencia continental.

El ataque y las ausencias: los primeros retos de Pelusso en Santa Fe

Para Pelusso, la adversidad no se hizo esperar. La desgarradora noticia de la marcha de Luis Carlos Arias y Daniel Torres mancharon su debut. Sobre todo la de este último, quien se había convertido en el auténtico sostén defensivo del equipo y una pieza fundamental dentro del sistema. Ahora Pelusso tenía un doble problema: la falta de generación de situaciones de gol heredada de la era Costas y la recomposición del sistema sin Daniel Torres.

Ante la falta de ingenio ofensivo, la primera medida fue mayor libertad para los laterales. Ricardo Villarraga y Sergio Otálvaro tendrían vía libre para pasar al ataque. Sumar efectivos en ataque aumentaba las opciones de pase y, como resultado, Santa Fe pasaba más tiempo en campo rival. Respecto a Otálvaro, su consolidación fue la primera grata noticia para Pelusso. Desde la banda derecha, Otálvaro y Anchico supieron compensar la falta de creatividad que suponía la ausencia de Omar Pérez.

Pelusso dotó de complejidad la ofensiva cardenal

Pero Pelusso quería elevar el grado de complejidad del ataque, por lo que el poderío por derecha no lo satisfizo. Entonces, la segunda grata noticia en la era Pelusso fue Luis Quiñones. Desde la mediapunta, la de Omar Pérez, Quiñones aporta toda la dinámica que espera Santa Fe. Es hábil para recibir en zonas libres y su regate representa un vuelco de aceleración para el ataque cardenal. Si cabe una tercera noticia grata, esta es la de Leyvin Balanta. El bogotano ha resultado una mezcla de portento físico con una técnica más que aceptable. Su aportación varía entre la gestación de la jugada y el desborde.

Gerardo Pelusso ha diseñado un equipo equilibrado. Cuando tuvo que rememorar el oficio de la era Costas, lo hizo. Cuando tuvo que generar riesgo, lo hizo por los tres carriles. Resta la fase definitiva de la temporada pero, desde ya, Pelusso podrá gozar de su triunfo personal: haber logrado un equipo versátil sin Dairon Mosquera, Daniel Torres ni Omar Pérez.

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