El Apocalipsis está a un disparo de distancia, dice Mick Jagger. Un disparo y todo cambia para siempre dando paso a un escenario nuevo e inexplorado, no sin antes pasar por la fragilidad que produce encontrarse con las ruinas. El semestre azul está un poco encontrándose con sus ruinas, con la majestuosidad de lo que fue, con el reconocimiento de lo que construyó de sí mismo a lo largo del proceso que lo ha llevado de nuevo a la gloria. Está desesperado intentando encontrar el camino de regreso.

El equipo sigue dotado de resolución defensiva. El funcionamiento atrás es mejor al de un equipo que no es candidato al título. La clave, después de todo, sigue siendo el mediocampo: Elkin Blanco y Fabián Vargas. El bogotano está viviendo físicamente un gran momento, pero donde más asombra es tomando decisiones técnicas al alcance de los buenos medios de la Liga. Su escudero es Blanco, que tiene un despliegue físico determinante en el funcionamiento del onceno. Al mediocentro le viene muy bien la cobertura de espacios, a la que acompaña de un buen posicionamiento táctico. Cuando conviene, hace un marcaje lateral y, generalmente hacia la derecha, en el costado de Oswaldo Henriquez, puesto que Cadavid es más dado a interceptar y a achicar su posición hacia delante. Así compensa. Como complemento, cuando debe recibir en posicional el ataque rival, el método defensivo azul cuenta con laterales cerrados, alejados de la línea de cal y unos metros más arriba de los centrales para tomar recepciones interiores a la espalda de Blanco que está libre tanto para la segunda jugada como para atacar el balón en defensa, ya sea mediante la interceptación de pases o en caso de que haya conducción del rival.

En fase ofensiva, su rango de pase es corto y diagonal. Toma pocos riesgos con el balón en los pies y pierde pocas pelotas en relación a las que toca, pero estas pérdidas son siempre en pases largos. Aquí su aporte es posicional, invisible, porque le permite a Fabián Vargas ser libre. ¿Libre? Sí, en consecuencia el mediocampo trabaja a dos alturas distintas, así que Fabián rompe líneas con la posición. Movimiento que complementa con el pase también diagonal, pero más largo, a los jugadores que ocupen la banda.

Una buena: los mediocampistas millonarios se ayudan, dan apoyos constantes uno al otro para liberarse de la presión rival. Una mala: cuando arriesgan con pases verticales, los dos, el equipo pierde la posesión.

Se complementan tan bien que cuando Blanco sale lateralmente a tapar la subida de alguno de los laterales, Vargas toma el centro e incluso se mete en los centrales dando equilibrio al repliegue defensivo y armonía posicional. Su mayor índice de recuperaciones es central, pero hay algo que no aparece en las estadísticas: la pericia para leer las transiciones ofensivas del rival. Cuando el chocoano abandona su posición central para el marcaje lateral, siempre corta. La jugada no progresa. Millonarios está pasando por un déficit creativo, lo cual hace que el equipo pierda la pelota en posiciones de desventaja y ahí esta pericia es fundamental, porque permite la reorganización del equipo en defensa con el movimiento en retroceso de Fabián mencionado anteriormente. La teoría dice que cuando se contraataca a un equipo que está en ataque organizado, se debe abrir el ataque a las bandas, porque conviene sacar al mediocentro de su posición de comodidad para así volver al centro en los metros decisivos con ventaja. Pues bien, Millonarios está facilitando esta tarea a sus rivales porque está perdiendo la pelota en los espacios centrales de su ataque, así que con un apertura de la jugada hacia alguna de las dos bandas, debería bastar para desactivar ese jugador parabrisas, pero Blanco está ganando la batalla aún saliendo. Por lo menos se asegura de no perderla. Un lujo que se puede dar todavía este equipo.

La solidez defensiva aún persiste, así que debería ser el refugio para la salvación heroica de este equipo y para la construcción del nuevo proyecto.

Da unos pocos pasos para llegar al borde del abismo. Detenido en la última porción de tierra firme, dirige la mirada al vacío sin saber que con ello una oleada de aire golpea y recorre su cuerpo; la sentencia dicta que se ha ido todo. Allí, en ese punto, una ironía: ya no hay nada que perder. Entonces se pone todo sobre la mesa. Lo último. Lo esencial. Sí, está a un disparo del Apocalipsis, pero Mick Jagger encontró una manera de salvarse.

Sírvanse.

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