Ardía Avellaneda. Dondequiera fuera el balón, allí estaba Independiente. Autoridad de tirano. Pero pasaba el tiempo y algo no andaba bien. Independiente no hallaba qué hacer con la pelota. No tuvo tiempo para acudir a la imaginación: Santa Fe lo tenía contra la lona.

Santa Fe desnaturalizó a Independiente

La presión agobiante de Santa Fe apresuraba la toma de decisiones de Independiente. El problema para los de Avellaneda fue su extrañeza ante la velocidad de juego a la que se veían obligados. Independiente es ajeno al ritmo alto. Y así fue sumando fallos y fallos. El equipo de Pellegrino nunca pudo acudir a Diego Vera, la pausa, su auxilio. El uruguayo no pudo escapar de un Yerry Mina infranqueable. Y fue Mina, precisamente, el gran responsable de que Róbinson Zapata, a excepción del penal, no pasara apuros en la primera parte.

Para la segunda mitad, Gerardo Pelusso ideó la manera de alejar a Independiente de Rufay Zapata: tiró a Seijas hacia el centro, lo juntó con Quiñones y Santa Fe empezó a sumar pases en campo contrario. Así las cosas, Independiente era recostado hacia la derecha, y los cambios de orientación de Quiñones y Seijas a Balanta fueron la estocada final.

El panorama cardenal no era igual de favorable hace dos meses

Hace ya dos meses que Santa Fe parecía haberlo perdido todo. A su pieza invaluable se le destrozaban los meniscos, una vez más. Desde entonces, nada ha sido fácil para Santa Fe. Aún así, cuanto más necesitó a Omar Pérez, tanto más laborioso se mostró. Con la justicia poética de su lado, la de Garcilaso de la Vega: No pierda más quien ha tanto perdido.

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