Son pocas las ideas capaces de mover al ser humano como la noción de identidad. Es instinto, dirían algunos. Parte de la condición. En un mundo de realidades tambaleantes, es apenas normal que, en nuestro delirio, acudamos a la pulpa de lo que más conocemos en nuestra sofocante búsqueda de alguna quintaesencia verdadera: a nuestra sangre. A la fibra de nuestro ADN. Es aquello, probablemente, lo que sucede con el personaje principal en la aclamada novela de Gabriel García Márquez El Coronel no tiene quien le escriba. Con sus fondos en escasez, y aún a esperas de la plata de su pensión, el Coronel se aferra esperanzadamente a lo único que le queda de herencia de su difunto hijo, Agustín: un gallo. Un gallo que, asume, podrá generarle grandes ganancias en peleas, y al que por eso alimenta con parte de las pocas raciones de comida que le quedan. La sangre llama, dijo Emiliano Zuleta en alguna canción.

Es algo similar también lo que ha ocurrido en los últimos años con la Selección Colombia. Con la llegada de José Pékerman, la tricolor volvió a exhibir rastros tácticos y estéticos de lo que en el país se entiende como la esencia de su fútbol -su identidad-: el atrevimiento, el toque corto; la chispa noventera. Y así, Colombia cayó enamorada y rendida ante un proceso; un fenómeno tan cultural como deportivo, que por primera vez en décadas volvió a ponerle cara y sonrisa al rastro del balón. Aquel proceso ha sido un gallo ganador. De los que se convierten en íconos propios y se vuelven costosos de dejar. El proceso del argentino -una faena, hasta hace un año, de éxito descabellado- ya ha dejado atrás sus ataduras a la nostalgia de origen, sin embargo, y se ha convertido en un objeto de culto; en un gallo caro pero de buen parecer.

A lo que avanza la novela de García Márquez, el Coronel también se aferra a su gallo, hasta el punto en el que se ve obligado a sacrificar su propio alimento para darle al animal de comer. En una conversación oportuna, el Coronel decide vender el gallo a un amigo, pero mientras aquel amigo está de viaje, se arrepiente y regresa a casa con el animal. Prefiere buscar algo que vender: algún cuadro, un reloj. No hay quien lo compre. Para él es tarde. Para la Selección, no tanto. Es un comienzo de ciclo para un proceso que tiene mucho que cambiar; que ha venido perdiendo el brío distintivo de su sello, e involucionando a una máquina conservadora con pocos ingresos para mostrar. Es nuestro gallo, sí. No se nos olvida. Pero también es necesario recordar que no es más que eso. De lo contrario, y si éste sigue el actual curso, es posible que acabemos comiendo lo mismo que el Coronel y su mujer.

-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo pueda perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero suponte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos- preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía. –Dime, qué comemos.

El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Mierda.

Gabriel García Márquez, El Coronel no tiene quien le escriba

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