Era claro que Fredy Guarín no debía ser titular. Apenas semanas atrás, ante el mismo rival, Colombia parecía finalmente haber encontrado un mecanismo de salida de balón adecuado con Macnelly Torres y Gustavo Cuéllar como interiores. Era evidente que el aporte del segundo -la más reciente incorporación al proceso- había sido vital en la habilitación de una primera recepción, y la generación de una segunda. Colombia necesitaba piernas claras y neuronas coherentes en los primeros metros, y el futbolista del Junior había entregado eso con resultados satisfactorios. Por lo tanto, ver el nombre de Fredy Guarín en su lugar en la nómina titular para el debut de eliminatorias resultaba sofocante. La incorporación del hombre del Inter, un futbolista errático y de carácter frágil, en la zona de gestión de Colombia no tenía sentido. Menos aún la banda de capitán en su hombro.

El problema con todo esto, sin embargo, no está atado tanto a una decisión como a la (falta de) reacción que evocó la misma. Es que la inclusión de Guarín, aún sin mucho sustento futbolístico, no resultó sorpresiva; es algo a lo que Colombia se ha acostumbrado. En el entorno futbolístico del país, la palabra de Pékerman es la palabra del salvador: una ley que, sujetada a su historia, se mantiene por encima de la lógica. “Pékerman respeta mucho sus jerarquías,” dicen en territorio cafetero. Y hasta ahí llega. No es crítica, es explicación. El trabajo del argentino regresó a Colombia a una casa anhelada: un logro que le ha valido un pedestal monárquico, desde el cual su propuesta se ha convertido en una meta válida, y sus métodos, por ser suyos, se justifican a sí mismas. Se observan y no se cuestionan. Es una condición que ha tenido, como todo, sus pros y sus contras en un ambiente históricamente hostil.

Y todo esto… ¿bueno o malo?

Pékerman no cree en los cambios abruptos, lo sabemos. Es muy de los suyos, sean o no éstos los de los demás. Los recambios se han dado lenta y escalonadamente tanto en la delantera como en la defensa -recordamos bien que Mario Yepes, los Carlos Valdés y los Cristian Zapata fueron intocables hasta que dejaron de ser, estuviera el que estuviera pisándoles los tobillos-. Así, se ha dado paso a un vestuario ordenado y convergente, y a la vez a un contexto en el cual la capitanía y titularidad de un futbolista que no entra en el sistema ni ha sido protagonista en los últimos tres años es normal. Es un detalle inseparable de un método exitoso, pero es a la vez una tendencia que tiene el potencial de costarle a la selección tanto en puntos como en evolución. Y eso también hay que decirlo.

2 comments

  1. Pues debate amplio el que abres aquí, Jairo. El mismo Pékerman dijo que este es un equipo en construcción y que, básicamente, necesita tiempo. Me recuerda poderosamente a lo que dijo después de la pesadilla de partido que jugó Colombia en Ecuador en las Eliminatorias pasadas.

    Algo planea el viejo, sí, pero estoy de acuerdo contigo en que hacer este tipo de cosas por el camino, como darle la banda de capitán a Guarín en Barranquilla, no envía mensajes positivos de cara al futuro, y más aún después de todo lo que pasó en la Copa América. Y molesta sobremanera, como bien lo dices, luego del partido de hace unas semanas, que fue aire fresco para todo esto.

    No sé, no sé.

    Yo estoy convencido de que Pékerman sabe que el futuro no pasa por lo que puso el jueves en cancha. Vamos a ver.

  2. Sí, es una situación compleja, Sebastián. La consistencia ha sido una de las características del ciclo de Pékerman; José Néstor tiene convicciones en las que cree y en las que nos ha hecho creer. Por eso es complicado a veces criticar tendencias que forman parte de su doctrina, o siquiera encontrarles defectos. Pero por propósitos analíticos hay que hacerlo. Aún si es que nos sobran motivos para seguir confiando en él.

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