El sorpresivo Deportivo Cali campeón fue el de Fernando Castro. El del anhelo hecho realidad. El sueño canterano en paisaje de victoria. El 4-2-2-2 de la gesta, del andarivel derecho como dardo. La consagración, de una vez por todas, de Andrés Pérez y su amor furibundo. De sus manos nació lo que hoy se recuerda tanto: la novena estrella. El brillo estelar no asomaba a los predios azucareros desde 2005. Fue justo en el año que corre, y tras su arribo, que se pensó en las cualidades de una especie de ilustra botas para lograrlo. Carisma, sentido de pertenencia y convicción. La idea fue lanzarse a competir con un proyecto que nació hace 40 años: la cantera. Él, ávido de revancha, creyó que se podía, se echó agua en la cara y se puso los cortos. No había otro obrero más indicado.

“Debemos formar un equipo que represente el sentir de la gente”, declaró tras su llegada mientras se desabotonaba una camiseta a cuadros para lucir la casaca del Deportivo Cali que llevaba de fondo. Ya estaba en la entraña del club e hinchada, pero quería que el pergamino tuviese una leyenda única. No dormía. Quería impregnar a los jóvenes de su sabiduría y picardía. Trituremos el mito, les dijo mientras la mirada de ellos no tenía otro destino que su rostro. Los jugadores, asombrados, tardaron en comprender que sus palabras no eran utopía. Demoraron pero saborearon cada palabra para darle giro a la tuerca tras el 5-1 a Millonarios. Ahí comenzaron la escalada que terminó de dar su paso definitivo al coronar la montaña. Ahora quedan nuevas crestas que, seguramente, Pecoso tratará de luchar para ascenderlas. En el equipaje ya hay credibilidad, además de alegría y entusiasmo. Guía de unos infantes con los que ha esculpido un equipo a su semejanza.

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