El agotamiento visual que provocaba ver a esta Argentina de la Copa América era tremendo. El Tata Martino había arrojado al campo una jaula con todos sus jugadores encerrados, y solo Pastore, el Flaco, podía colarse entre los barrotes. Los demás estaban limitados a ver qué sucedía en medio del hacinamiento. Sin poder gozar de espacio, los futbolistas albicelestes se movían intentando agitar algo mientras el reloj contaba los minutos. Por esa razón, el equipo no había disfrutado ni un minuto de los 360 que había jugado… hasta anoche, durante el segundo tiempo contra Paraguay.

A todos les cambió el semblante cuando vieron que por fin un rival estaba dejando algo de espacio para poder aprovechar. No habría más gestos de frustración. El panorama estuvo más claro, todos se lavaron la cara, esbozaron una sonrisa, y salieron a correr. Tal y como un reo sin grilletes, por fin libre, Argentina galopó hacia la portería de Villar. Y cayó un saco de goles. El combinado nacional que maravilló al mundo entre principios de 2012 y finales de 2013 con su arsenal ofensivo desatado volvió a hacer tal cosa ayer durante un rato. Y cómo no, si Messi volvió a sonreír.

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