Diego Godín y Josema Giménez se atrincheran en uno de los dos rectángulos más pequeños de un campo de césped para despejar con cualquier parte de su humanidad algo que represente una amenaza, ya sea una una pelota, una pierna, una cabeza, o incluso un cuerpo entero. Del otro lado, Javier Mascherano otea el panorama desde una posición lejana, consciente de la dificultad del escollo. Unos metros más adelante, Leo Messi, taciturno, y por lo tanto no-omnipotente, busca la oportunidad de derribar, como sea, la resistencia de esos hombres abstraídos por la fe que tienen en sí mismos. La intensidad sube a la par de la temperatura, la tensión se dispara, y el conflicto se cierne sobre el lugar. En algún lado hemos visto esa escena, y no una vez, sino varias. No sólo en La Serena, Chile. Tal vez en otro lugar distante… como España.

Si hay múltiples paralelismos que juntan a la Uruguay del maestro Tabárez con el Atlético de Madrid de Diego Pablo Simeone, lo de ayer se asemejó mucho a los duelos que mantenía el equipo colchonero con el FC Barcelona del Tata Martino, quien ayer no duró más de media hora a pie de campo. El resultado, que en dichos enfrentamientos favorecía casi siempre a los rojiblancos, no cayó del lado uruguayo porque hizo falta un gran rematador para la faena -Suárez-, y porque la albiceleste, con el 10 en un estado infinitamente mejor al de aquellos días de 2014, y con un poco más de convicción, supo sobrevivir a las oleadas de pundonor de su rival. La gran favorita de esta Copa aún debe convencer, y su eterno contendor, como siempre, camina sin que nadie quiera encontrarlo por el camino.

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