La incipiente Venezuela de Noel Chita Sanvicente tiene una relación paradójica con la Copa América que empezó en Santiago. El torneo continental es la primera competencia oficial que enfrenta desde que el mesiánico DT está al mando, y el equipo no está listo: el sistema sigue en construcción. En las circunstancias actuales, Neymar y James representan un obstáculo inoportuno. Una eliminación temprana es posible, probable, incluso lógica, pero también sería costosa ante el efusivo entorno vinotinto; causaría turbulencias en el inicio de un proceso cuyo objetivo inequívoco es clasificar a Rusia 2018.

La Copa América es, para Venezuela, una buena oportunidad para afianzarse como equipo

Sin embargo, como el hito que es, la Copa América ha traído al cuerpo técnico venezolano un regalo que escasea en el calendario FIFA: tiempo. Concretamente, un mes de entrenamientos con sabor a club con la mayoría de los jugadores seleccionados. El equipo lo necesitaba, no solo para presentar un fútbol competitivo en Chile sino para llegar mejor a las eliminatorias al Mundial que se inician en octubre. Por eso, en balance, Sanvicente agradece el reto de trascender en esta Copa. La preparación no ha sido ideal (Venezuela no juega desde marzo) pero llega el momento y en la delegación prevalece esa curiosa autoestima infundada por Richard Páez en 2001. El sentimiento está institucionalizado y la nueva vinotinto lo enarbola de manera incluso radical.

Tal orgullo constituye un aval de cierta competitividad que ejerce contrapeso ante limitaciones técnicas y tácticas más concretas. Venezuela, por ejemplo, tiene deficiencias neurálgicas con el balón. El problema es prácticamente cultural, un tema de infraestructura y metodología. Venezuela no domina con solvencia muchas de las cosas que se pueden y eventualmente requieren hacer con la pelota sobre un campo de fútbol, funciones que trascienden de lo meramente ofensivo. En el fútbol venezolano el balón no rueda porque el césped pocas veces está bien, y porque pocos equipos pretenden que ruede, que circule. Pocas veces es necesario en ese contexto táctico. En consecuencia, el país produce talentos heterogéneos. Los defensas defienden, pero no llevan el balón. El centro del campo pertenece a los volantes de contención, capaces casi exclusivamente de contener –no tanto de organizar, o crear-. La creatividad florece arriba y en las bandas, hacia donde escapan casi todos los ataques. Con sus matices, todo esto se refleja en la selección y para Sanvicente es prioritario encontrar soluciones.

La prioridad de Sanvicente es dar un salto técnico de calidad

“Hay que cambiar el chip, el estilo”, dice. “Un equipo que no maneje bien la pelota o por momentos no tenga una buena salida va a tener muchísimos problemas”, arguye, sin pretensiones estéticas o filosóficas, sino competitivas. El balón es una herramienta. Sanvicente quiere que sus futbolistas, especialmente sus defensas y mediocampistas, la usen mejor que de costumbre. Por eso, entre otras gestiones, ha decidido romper el paradigmático doble pivote Lucena-Rincón, semifinalista en la Copa América 2011. El entrenador quiere más técnica al lado del indiscutible Rincón, pero no se sabe exactamente la de quién. No tiene dos opciones iguales, y ninguna que implique un mayor impacto contextual, aunque los ojos están sobre el veterano Juan Arango y el sleeper Rafael Acosta, dos jugadores con mediocampismo en la sangre.

Lo más probable es que Venezuela se oriente hacia las bandas, donde tendrá que lidiar con la basculación y presión de sus rivales. En Alejandro Guerra, Josef Martínez, Ronald Vargas e incluso el veloz sub-20 Jhon Murillo, la vinotinto tiene recursos para acumular balón en un costado del terreno, e incluso para ganar línea de fondo o superar peones por dentro. Cambiar de orientación la jugada cuando corresponda ya depende de más cosas.

A su consolidado juego directo, Venezuela querrá añadir juego asociativo

A Venezuela no le ha durado demasiado el balón en sus últimos amistosos. Lo ha perdido de forma inoportuna, con poca gente para defender mucho espacio. Sanvicente celebra que los jugadores “lo intentaron” y asegura que “van a mejorar”, pero también trabaja alternativas. El equipo tiene que saber “cuándo jugar en corto y cuándo jugar en largo para contrarrestar una presión”, dice el entrenador. El cuerpo técnico trabaja el fútbol a ras de suelo, pero no se olvida del juego directo a Salomón Rondón, a quien Chita llama “nuestro referente”. Los futbolistas venezolanos están familiarizados con el mecanismo, pero demuestran bríos renovados para apoyar a su delantero centro y para atacar la segunda jugada. La ruta Vizcarrondo-Rondón todavía es la mejor iluminada para ganar metros de cancha.

Una vez arriba, la vinotinto despliega interesantes combinaciones predibujadas, que seguramente fueron afinadas durante el mes final de preparación. Los venezolanos también presionan agresivamente el balón tras las pérdidas, lo cual suscita oportunidades promisorias. No extraña el ejercicio de pelotas al espacio que exhibió Colombia contra Costa Rica. Venezuela es relativamente ambiciosa para presionar, aunque inevitablemente concederá minutos en campo propio, donde no es una fortaleza pero sabe competir. Ante Colombia y Brasil –e incluso Perú– tendrá el reto de complementar esos esfuerzos defensivos con una cuota saludable y, sobre todo, equilibrada de balón. Si no lo logra, dependerá de ejercicios de supervivencia más largos de lo aconsejable y/o de un trabajo épico de Rondón peleando balonazos.

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