La selección peruana de fútbol afronta una nueva edición de la Copa América en medio de una coyuntura de transición y cambios. Ricardo Gareca inicia su proceso a cargo del combinado incaico con la imperiosa necesidad de encontrar una base de jugadores para las clasificatorias al Mundial de 2018, pero también con la misión de consolidar un modelo de juego que le proporcione al colectivo peruano los argumentos futbolísticos necesarios para reinsertarse dentro del contexto competitivo del fútbol sudamericano.

Gareca ha llegado a cambiar la genética del fútbol peruano

El entrenador argentino ha sido sincero desde un inicio respecto al reto que representa para él hacerse cargo del destino futbolístico de la selección peruana, calificándolo incluso como el desafío más importante de su carrera. Gareca conoce bien el medio peruano (dirigió a Universitario de Deportes entre 2007 y 2008) y es consciente de que asume un cargo proclive a la inestabilidad.

La ausencia constante de resultados importantes ha hecho del entrenador de la selección mayor una suerte de mesías del fútbol, propenso a convertirse en el responsable visible del fracaso. Ese personaje que reactiva la ilusión hacia la selección pero que, inexorablemente, termina convirtiéndose en el enemigo público de turno para una sociedad ávida de triunfos y cierta prensa con tendencia a caer en la demagogia y el análisis superfluo.

Esa falta de logros en el ámbito futbolístico -Hace 40 años del último título en Copa América y 33 años de la última participación peruana en un Mundial de mayores- ha generado también el debilitamiento progresivo de ciertos paradigmas que históricamente eran ajenos al debate futbolero. Uno de ellos, quizá es el más importante de todos, aquel que hace referencia a la identidad del fútbol peruano y el estilo de juego que debe tener la selección.

De regreso al debate eterno: pragmatismo vs. fundamentalismo

En el último tiempo las opiniones se dividen entre quienes consideran que Perú debe ser fiel a sus raíces futbolísticas, apostar por la tenencia del balón y el juego asociado en búsqueda del arco rival y quienes, por el contrario, postulan que la selección debe asumir su condición de inferioridad en relación con sus rivales. En pocas palabras, apostar por cuidar el cero y centrar sus esperanzas ofensivas en el contraataque.

El producto de esta discusión superficial entre dos puntos de vista antagónicos ha sido una distorsión gradual de la identidad de juego de la selección, un círculo vicioso de cambios sucesivos de técnicos con ideas disímiles la una de la otra. Parte de la explicación al hecho de que en las últimas tres décadas el juego peruano haya sido un intercambio constante entre la posesión intrascendente y los groseros errores en la defensa por aglomeración. Un ida y vuelta entre la confusión de jugar para tocar con tocar para jugar o, desde la perspectiva opuesta, la creencia equivocada de que el término “ratonear” es sinónimo de defender bien.

Curiosamente, el tercer puesto obtenido en la pasada edición de la Copa América se alcanzó desde un planteamiento más conservador, el cual se enfocó a optimizar rendimientos de manera inmediata y al corto plazo. Sin embargo, aquella idea de Sergio Markarián terminó diluyéndose en un proceso de largo aliento como lo son las clasificatorias mundialistas.

Más que un  punto medio, Gareca busca un punto óptimo

Al final no se trata de sustentar la opinión favorable hacia una manera de jugar desde el desprestigio a aquella que es distinta o simplemente no nos genera un sentido de pertenencia. La clave está en optar por el estilo de juego que mejor se adapte a las características naturales de los jugadores, tomando en cuenta a los antecedentes culturales, sociales e históricos que hereda el futbolista y dentro de los cuales se forma para competir a nivel profesional.

Dicho de otra manera, es necesario trazar la línea que equilibre lo mejor de puntos de vista aparentemente inconexos e irreconciliables. Es posible respetar las raíces pero intentando optimizar de acuerdo con el contexto actual para a partir de ahí construir un mejor futuro.

En ese sentido, desde su primera conferencia a los medios Gareca ratificó su confianza en el potencial del jugador peruano, dejando clara su apuesta por un modelo de juego que potencie las virtudes naturales de sus futbolistas y minimice sus deficiencias más importantes. Esas que arrastra desde la formación.

Una propuesta que a partir de la posesión del balón intenta generar un medio para sostenerse en las capacidades ofensivas de sus jugadores y generar espacios a nivel ofensivo la cual, a su vez, deberá combinar la cultura del toque, la pared y el regate con la consolidación progresiva de los automatismos defensivos y el trabajo para la recuperación del balón. Un aspecto importantísimo que figura en el déficit de las últimas selecciones peruanas y que encuentra un origen en el bajo nivel formativo de los clubes nacionales.

Perú buscará el juego interior y el repliegue sin balón

Para los amantes de los números, lo trabajado hasta el momento por el ex técnico de Vélez Sarsfield hace indicar que la disposición inicial dentro del campo será un 4-3-3 abocado a la producción ofensiva desde el juego interior, sistema que puede pasar a ser un 4-5-1 cuando el equipo pierda la posesión del balón y deba presionar en campo contrario o replegar hacia el campo propio.

En materia individual las esperanzas de gol y buen fútbol reposan nuevamente sobre las espaldas de los elementos conocidos internacionalmente (caso Guerrero, Farfán, Vargas y Pizarro). Sin embargo, la selección peruana cuenta con elementos interesantes que buscarán ser el rostro de una renovación generacional que corresponde a la etapa final de la carrera de algunas de sus figuras de renombre.

André Carrillo (Sporting de Lisboa), Yordy Reyna (RB Leipzig), Pedro Gallese (Juan Aurich) y Carlos Ascues (FBC Melgar) son las caras nuevas de la “blanquirroja”. Los dos últimos el saldo positivo del corto proceso de Pablo Bengoechea al frente de la selección mayor. A ellos se suma Joel Sánchez (Universidad San Martín), figura del campeonato local que retorna a la selección luego de una sanción de la FIFA por 2 años tras dar positivo en un control antidopaje durante las clasificatorias al mundial de Brasil.

Resta ver si estas pocas semanas de trabajo le alcanzan a Gareca y sus dirigidos para lograr una expresión colectiva lo suficientemente afianzada como para repetir en la estadística y superar en el juego lo alcanzado en la anterior edición del torneo más importante a nivel de selecciones en Sudamérica.

En cualquier caso, tanto entrenador, jugadores y afición deben ser conscientes de que el objetivo principal en el horizonte de la selección peruana son las clasificatorias para el Mundial de 2018 y que la Copa América, sin que esto implique renunciar a buscar el mejor resultado posible, representa un banco de pruebas en el que el seleccionador argentino deberá evaluar jugadores y reafirmar convicciones o, en su defecto, se reanimará una vez más el debate inconducente entre los mal llamados “pragmáticos” y “románticos” para inicio del proceso clasificatorio para 2018.

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