Si bien Nacional ya se había impuesto de forma tiránica en 2013 como el mejor equipo del país, en 2014 llegaría a su cumbre, a la cual no pudo volver meses después. Eso sí, mientras se mantuvo ahí, fue el conjunto que mejor que jugó al fútbol en las canchas de Colombia en mucho tiempo.

En el camino hacia esa momentánea excelencia, Osorio se hizo con otro título de Liga Postobón en el segundo semestre de 2013, cuando jugó la final contra el Deportivo Cali. Dicho trofeo lo logró de manera muy parecida al anterior, sólo que apostó un poco más por las transiciones rápidas hacia la portería rival. Para esto, el técnico risaraldense trabajó en mejorar la defensa estática de su equipo, y obtuvo resultados notables, primero gracias a la constancia de la columna vertebral de su equipo, y segundo por el bajo ritmo característico de la liga local. El bicampeonato fue una realidad en las vitrinas del club.

La Copa Libertadores, objetivo y escenario perfecto

El reto para el año siguiente -2014- estaba claro: la Copa Libertadores. El sorteo emparejó a la escuadra paisa con Gremio, Newell’s Old Boys y Nacional de Montevideo en el mismo cuadro. Un update se antojaba más que necesario para salir avante del escollo. Y Juan Carlos Osorio planeaba punto por punto en los vericuetos de su prodigiosa mente al verde que mejor movería el cuero de los últimos lustros. Los mimbres estaban, sólo había que acoplarlos bien y que estos respondieran. Todo coincidió. O bueno, casi todo.

De atrás hacia adelante, el eje de Atlético Nacional estaría compuesto por Stefan Medina, Alexander Mejía y Sherman Cárdenas más Edwin Cardona. Los demás se encargarían de estirar una alfombra tensa para que estos se pasearan. La pelota saldría rasa y limpia desde atrás, y el dominio línea por línea, a partir de esa fase tan bien trabajada, sería una realidad. Newell’s puede dar fe de ello.

El choque de apertura del grupo fue en Medellín contra los de Rosario. Ese día el esquema de Osorio fue un 3-3-1-3, en el que el intercambio de posiciones fue constante y de precisión suiza. La línea posterior, conformada por Daniel Bocanegra, Stefan Medina y Óscar Murillo otorgaba ventajas en salida de balón por sí sola gracias al amplio abanico de conceptos de Medina, la prudente toma de decisiones de Bocanegra, y la tensión de los envíos de Murillo. El mediocentro fue Álex Mejía, flanqueado por Farid Díaz, quien trocaba posición con Sherman Cárdenas de extremo izquierdo, y por Alejandro Bernal. La mediapunta fue para Edwin Cardona, la punta para Juan Pablo Ángel, y la derecha para Orlando Berrío.

La respuesta de los rivales era nula ante el movimiento verde

Ese marco, el cual representa bien el fútbol que alcanzó el verde ese semestre, era imparable. Siempre, pero siempre había una referencia abierta, fuera un extremo, un interior, o los mismos Cardona/Sherman. Ello tenía como objetivo que por dentro se liberara espacio para que Mejía y Medina pudieran sacar la bola a través de conducciones -Medina- y cambios de orientación tensos hacia los costados -Mejía-, y para que Sherman y Cardona hicieran de las suyas. Todo esto era rematado por un factor técnico mayor: el pie de Cárdenas llegaba a todas partes, y el envío siempre tenía sentido. Era algo de dominio absoluto. La tarea del nueve de turno era entonces estirar, pelear con los centrales, pivotear, que ya los buenos harían sus deberes.

El ritmo, sobra decirlo, era endiablado. La ocupación de los espacios, de inicio, era tan coherente que la transición defensiva estaba asegurada. Sin embargo, fueron las carencias en esta fase las que sacaron de la competición continental a los de Osorio, porque aunque no tenía debes tácticos, sí se vio erosionada por el estado mental del grupo en determinado punto de los encuentros contra Defensor Sporting, además de que Stefan Medina se lesionó en abril para el resto de la temporada, lo cual ensucio un procedimiento diáfano desde su concepción.

La liga no corrió peligro nunca… excepto al final

¿Y en la Liga? Pues en el torneo del día a día, con el sistema de las rotaciones engrasado y en quinta marcha, más la calidad diferencial de varios de sus jugadores y un ritmo superior, Nacional terminó primero y accedió a cuartos de final. Sólo se vio vapuleado de manera evidente en fase regular contra el Millonarios de Juan Manuel Lillo en Bogotá. Cuando empezó la fase de los ocho mejores, el verde goleó a Envigado y pasó a semifinales contra Santa Fe. En la ida alineó con la nómina alterna en El Campín, perdió 1-0, y para la remontada en el Atanasio formó con los titulares de los días grandes. La superioridad fue tan evidente que luego del 2-0 le sobró tiempo, cosa le faltó contra Junior en la Final.

Nacional no se repuso de la ausencia de Medina

La ausencia de Stefan Medina fue prácticamente lapidaria. Contra un repliegue tan marcado como el de Defensor Sporting en Libertadores o el de Atlético Junior en liga, Osorio se quedó sin su jugador clave para aportar decisiones 100% cerebrales y acertadas desde atrás, sin una pieza para batir líneas y entregar la pelota en el momento propicio al compañero correcto. Eso hizo que todo el engranaje se alterase, pues si Sherman, que era el otro módulo neurálgico del equipo, retrocedía su posición, Cardona se quedaba sin socios cercanos y sin las ventajas espaciales que necesita para lucir.

El Metropolitano vio a su equipo ganar por 1-0 en la ida, con un solitario gol de Édison Toloza, quien hizo lo mismo en la vuelta. Pero Nacional, esa vez, por empuje y sobre la hora, marcó el 2-1 que los llevó a los penaltis, y así a ganar su tercer título liguero consecutivo. Impresionante, sí, pero visto con perspectiva fue poco premio para un conjunto que logró estar en boca de prácticamente todos como “el mejor equipo de América”. Aunque fuese por unas semanas, la gente lo vio, la gente habló, y la gente escuchó. Algo grande se había gestado en Colombia. Y todavía tendría episodios por contar, no tan lindos, pero por supuesto emocionantes.

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