Estaba dentro de la tripulación y ha hecho su desembarco del mundial juvenil por un imponderable de nuestro deporte: las lesiones. Esa tragedia de la que se vuelve fuerte o simplemente no se vuelve. Carlos Piscis Restrepo halló en el Sudamericano su reloj de mano y, a falta de unos meses para una cita importante, las manecillas de interpretación futbolística de Bryan Rovira se detuvieron. No podrán girar en Nueva Zelanda. Tomó el lugar de Ayala y, sin haber sido tenido en cuenta para el Esperanzas de Toulon, se volvió pieza clave abarcando espacios y dando orden y equilibrio a los suyos cuando la esférica era del contrario.

No es un prodigio físicamente, y aquí la técnica esculpe su falta de músculo y despliegue, pues su forma de ver el juego y de ser una especie de director de actos a distancia, con el panorama desde el círculo central, era una función vital para que el equipo sub-20 tricolor encontrara un respiro y se reorganizara con y sin balón.

Rovira ejercía un orden categórico con balón

Desde que jugó, dejó la sensación de ser la conversión de un ‘10’ tradicional para asentarse en la primera línea. Pegamento fino sin balón y práctico con la redonda en su poder, Bryan Rovira destaca, por encima de todo, gracias a su inagotable calidad, cobijada en su inteligencia. En la base de la jugada, la Selección echará en falta un jugador capaz de reducir espacios al rival y oxigenar posesiones. Además, un cebero que no se desconectaba del juego simplemente porque su andar, casi metódico, lo impulsaba a participar, a ser el primer obstáculo defensivo.

En el Sudamericano no se le utilizó constantemente en fase de inicio. Esto, sin embargo, no impedía que Rovira otorgara apoyos y fuera una solución de descarga para sus compañeros. Estaba presto y bien ubicado. Acampaba en el mediocampo y se imponía en los duelos gracias a su percepción de espacio y tiempo. Esto debido a su correcto posicionamiento. Anticipaba no tanto por potencia de piernas como sí por agilidad mental. Sabía cuál era el destino de la intención rival.

Satisfecho y complacido en ser rey de la base. Ahí acaparaba balón y dirigía con su brillante técnica. Gobernaba con su intelecto supremo. Aunque de vez en cuando se le negara esa posibilidad y Tello sonriese por poder correr a sabiendas de que a sus espaldas tenía un seguro de vida. No controlaba la perilla de velocidades para salir a interceder. Su sed de estar presente en todo, defensivamente, lo empujaba a tomar una que otra mala decisión.

Su destreza en el robo no era elevado

No obstante, fue un respaldo reconfortante para la zaga defensiva y efectivo gravitante para los de ataque. Rovira en el Sudamericano de Uruguay fue auxilio y criterio. Se soltó poco. La divisoria marcaba su lugar en la cancha ya que el regreso, ir hacia atrás, lo padecía. Éste, quizás, su mayor defecto. Cuando tomaban su espalda, girarse e ir a por el contrario sonaba a tormento. Sus limitaciones aparecían cuando no recorría la órbita de la jugada (que eran pocas veces), haciendo que no controlara la perilla de velocidades para salir a interceder. Su sed de estar presente en todo, defensivamente, lo empujaba a tomar una que otra mala decisión.

Dijo adiós al Mundial de Nueva Zelanda dejando un sabor amargo a la Selección, pues, sin alguna duda, la calidad que ostenta era una invitación a un rendimiento a la altura de la expectativa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *