Vladimir Hernández es un futbolista que resulta bastante complicado de evaluar, en parte porque es sumamente inconsistente. El araucano posee la capacidad de dar luz a brillanteces, pero solo bajo contextos específicos tanto futbolísticos como mentales. Es hombre de ciertas zonas del campo. Particularmente, de aquellas que le facilitan la toma de decisiones. El diminuto extremo no tiene buena lectura y a menudo acaba abusando  de sus dotes de tal manera que éstos se convierten en defectos; de hecho, si hay alguien que confía en Vladimir es el mismo Vladimir. Por lo mismo, su nivel acaba siendo cíclico: a medida que éste va subiendo los excesos de confianza lo regresan a un bajón. Por fortuna para el futbolista, sin embargo, otro que le ha tenido confianza es Alexis Mendoza. A medida que su esquema evolucionó de un 4-1-3-2 a un 4-2-3-1 con extremos definidos, el estratega decidió convertir Vladimir en una de las piezas de su rompecabezas, reconociendo de que para esto necesitaría minimizar riesgos y, finalmente, aprender a trabajar con los altibajos de su fútbol. Y lo logró.

Vladimir Hernández tomó el lugar de Michael Ortega y lo relegó a un segundo plano

Comenzando la temporada, Junior utilizó un 4-4-2 en rombo y un 4-1-3-2 como principales esquemas: dos dibujos en los cuales Vladimir no tenía cabida. El elegido para ocupar el costado izquierdo de Macnelly Torres era Michael Ortega, quien con pelota, alcanzó a realizar varias actuaciones de alto nivel, apoyado en su regate en corto y claridad para enlazar entre líneas. No obstante, al decidirse por el 4-2-3-1 con el que cerraría la temporada, Alexis se dio cuenta que el regate en espacio y la capacidad de regreso de Vladimir podían ser sumamente útiles, siempre y cuando estuvieran alejadas del carril central. A diferencia de Comesaña, Mendoza limitó el rol de Hernández: más que un mediapunta lo hizo un extremo con permiso para las diagonales. Hacia el final del semestre, el pequeñín comenzó a consolidarse y a crecer en confianza nuevamente, esta vez protegido de sus propio accionar equívoco por las restricciones de su rol táctico. Relegado al costado, Vladimir se alejó de los encontrones físicos y las recepciones de espaldas -quizá las mayores carencias en su fútbol- y de las jugadas abiertas que conllevaban a costosas pérdidas de balón. Finalmente, se afianzó en un rol secundario y complementario que le permitió lucirse con ocasionales y punzantes sorpresas entre la monotonía, especialmente ante equipos cerrados, retomando así un nivel que no alcanzaba, quizá, desde su mejor momento con aquel Junior dominador de Diego Edison Umaña y Giovanni Hernández.

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