Millonarios se clasificó a los playoffs con estruendo. Contra Santa Fe y la mayoría del Campín pintado de rojo, el equipo embajador demostró que está en su pico de forma desde que llegó Lunari. Luego de una tanda de encuentros que no se antojaba nada sencilla -Nacional, Medellín y Santa Fe-, el conjunto azul obtuvo siete de nueve puntos posibles, marcó seis goles y recibió dos, y, sobre todo, las sensaciones fueron siempre positivas. En lo futbolístico no tanto como en lo anímico. Y el responsable directo de esto último, y de que la ilusión del hincha esté a tope es Rafael Robayo (Bogotá, 1984), la clave de este equipo.

Robayo no contaba como titular al inicio del curso

Rafael no comenzó este semestre en la formación titular de su técnico. Ni siquiera era un revulsivo constante. De hecho, hasta mediados de marzo había tenido muy poca continuidad. Pero precisamente el 15 de ese mes, Fabián Vargas se lesionó durante el primer Clásico capitalino de este curso. En ese momento Robayo saltó al césped para sustituirlo, y al final del partido su nombre estaba en boca de muchos por su brutal derroche de energía. A partir de ese argumento, su energía, el ‘8’ no volvería a salir de la cancha. Hoy es la pieza imprescindible del once.

Y lo es porque le ofrece a su míster la posibilidad de legitimar su propuesta. La magnitud del bogotano es tanta que le permite a Lunari hacer cosas que no son normales en clave Liga Águila. El técnico argentino inició el semestre con un centro del campo conformado por Vargas e Insúa en el eje vertical, y David Macallister Silva y Javier Reina en el horizontal. Una propuesta muy arriesgada que evidenciaba su principal defecto al momento de la transición defensiva. Millonarios sufría contra cualquiera para frenar contragolpes. En parte era porque quienes conformaban el medio no sentían como algo suyo el esfuerzo de correr hacia atrás ni tampoco de presionar desfondados hacia adelante, y también porque no atacaba de una manera que le dejara bien parado al momento de la pérdida. Sus delanteros no se movían de forma óptima y Reina e Insúa se pisaban en la zona favorita de ambos: la mediapunta. Era un puzzle complicado.

La solución entonces, casi sin querer, fue Rafael Robayo. Con su sola presencia compensaba el déficit de intensidad y físico en el centro del campo, tanto en ataque como en defensa, y le quitaba al Pocho un intruso de su parcela. Y no menos importante: sumaba corazón. El cariño entre Robayo y la hinchada es de lo más recíproco que puede haber. Por ese lado no hay punto negativo. El movimiento era un win-win incontestable. Y así lo demostró él mismo. Robayo aportó equilibrio a un equipo que parecía una balanza con un ladrillo de un lado y una pluma del otro.

Rafael es para su equipo un as del movimiento

Entonces, a día de hoy, un poco más en detalle, ¿qué futbolista es Rafael Robayo con 31 años? La respuesta es sencilla: un centrocampista que es capaz de dominar las canchas de Colombia por su físico imponente y su brutal activación mental. Hace del movimiento su virtud primaria. Tiene mucha presencia a lo largo de los 90 minutos.

El capitán de Millonarios, en ataque organizado, es una fuente inagotable sin la pelota. Lo primero que hace es dibujar líneas de pase sin parar. Muchas en dirección diagonal para permitir a su equipo subir la altura del ataque, y unas cuantas menos entre líneas para desorganizar el mediocampo rival. Algunas veces puede incluso tirar un desmarque de ruptura si es necesario. También se le puede ver detrás de la pelota cuando el lateral de su flanco la tiene más arriba que él. Encontrar a Robayo no es difícil porque él se la pone fácil a sus compañeros. Luego de que recibe espera a que un rival salga a presionarlo, y suelta la pelota. Da continuidad a la circulación de balón, en corto o en largo. Con el esférico en los pies, poco más en esta fase del juego.

Y cuando Millonarios la pierde, ¿cómo queda Rafael? Eso depende de dónde esté. Si decidió quedarse atrás, tiraniza el rebote como contra Nacional hace tres semanas. Su lectura de posicionamiento es aceptable, y si está un poco lejos, bien llega corriendo a toda potencia para cazar los balones divididos. Si su equipo la pierde y él estaba muy arriba, como por ejemplo en el área rival, no escatima en esfuerzos y se dispara hacia atrás para defender.

En otros contextos notarían sus defectos

En cuanto a defensa organizada, lo que se pueda decir de Robayo no hace parte de lo que se vea hoy poR hoy en los partidos de Millonarios, ya que esta es la fase que menos frecuenta la escuadra azul. Si Robayo hiciese parte de un doble pivote en un equipo de repliegue, se le verían las costuras. Perdería la referencia a su espalda por salir a la presión, y su poca capacidad técnica al momento de pasar el cuero le penalizaría bajo presión. Eso por citar algunos problemas que tendría en ese contexto. Pero el plan del que hace parte ahora mismo le potencia, le beneficia. Y él a sus compañeros.

En transición ofensiva, la presencia de este futbolista se limita al inicio y al final. Su primer pase para montar un contragolpe es sobresaliente. Luego su capacidad para terminar los mismos contraataques que empezó es impresionante, como contra Santa Fe. Acompaña y mata.

Sus últimas tres actuaciones son el resumen de cómo está su equipo. Pletórico en lo anímico, y bien en lo futbolístico. Robayo ha saldado sus últimos dos partidos con gol y asistencia en cada uno, más un sinfín de corridas emocionantes. A muy poco de que inicien los playoffs de esta Liga Águila, Lunari ha logrado reclamar su cupón millonario. Le sentará bien para lo que viene. Que será duro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *