Daniel Torres abre sus piernas, inclina su cuerpo hacia delante, da dos o tres zancadas largas, muy largas, y roba el balón. A su derecha procura estar Omar Pérez, que aleja de la pelota su pierna buena para golpearla ipso facto. El 10 aún no se ha hecho con el cuero, pero Wilson Morelo empieza a correr. Morelo sabe bien que Pérez lo ha de buscar y, de alguna forma, lo encontrará. Como prueba de sus buenos modales, los envíos del 10 llegan puntuales. Ha llegado la hora de la verdad: el momento en que Omar Pérez entrega el puñal que su elegancia oculta para nutrir el fiero instinto de Wilson Morelo.

Santa Fe, más que ser un sistema, es una jugada. Esa jugada. Daniel Torres disfrazado de bandido, Omar Pérez haciendo las veces de mariscal de campo y Wilson Morelo cumpliendo el rol de asesino. Esa jugada es la jugada a la que Santa Fe le confía su suerte. Y cuando no sale, se puede esperar de todo. Santa Fe actúa impulsado por el carácter radicalmente pragmático de Gustavo Costas y procura adecuarse a cualquier circunstancia. Hemos visto juego directo y salidas limpias, presiones altísimas y repliegues bajos, posesiones defensivas y defensa sin balón. La lista es larga. Lo hemos visto todo. El éxito del Santa Fe versátil depende más que nunca de la inspiración de sus piezas. Pero la inspiración es una amiga traicionera. Por eso nunca se puede dar a Santa Fe por favorito. Pero tampoco por perdido.

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