En 1962, Mané Garrincha tocaba el cielo con las manos. Campeón de la Copa del Mundo con la verdeamarella, desparramando en tierra chilenas el sabor carioca de sus gambetas y maravillando a propios y a extraños a punta de magia eufemista. Ratificó con su soberbia actuación que era uno de los mejores jugadores que jamás hayan pisado un campo de fútbol.

Verle jugar era una bofetada seca a los 20 restantes (salvando a Pelé). Cada que poseía la caprichosa, más que la llevara atada a sus torcidas piernas, parecía que la tuviese ligada al alma. Su relación con la redonda era solo superada por su enajenado amor a Elza Soares, incomprensible luego de concebir siete hijas con una mujer y abandonarla para seguir a una “garota” por el mundo (algo que la prensa brasileña jamás le perdonaría). Ella, y nadie más que ella, fue la culpable de arrancar a Mané de la Puerta de Oro de Colombia. Pero vamos poco a poco.

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Pelé y Garrincha

Pelé, uno de sus entrañables amigos, contó en su autobiografía cosas sobre el momento en el que se conocieron y sobre su apodo. Uno de sus hermanos lo nombró como Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Desde que él y Elza se toparon una vez en el vestuario después de un partido de la selección, no se volvieron a separar (metafóricamente). Aunque no nos apresuremos a enjuiciarla, así como se lo llevo también lo trajo. Lo sé, que anfibológico sentimiento el que produce la dama en cuestión.

Garrincha, solo 3 años después, ya no era el mismo. Aquel genio del Botafogo que eclipsaba el fútbol brasileño en batallas campales con el Santos de Pelé, que compartía plantel con Quarentinha, Mario Lobo Zagallo y compañía, se había ido. Ahora, vestido de blanco y negro pero con los colores de Corinthians, Garrincha ya iba dando señas de que estaba dejándole al mundo sus últimas gotas de talento. La cantimplora de magia se iba vaciando, de manera inducida, lenta y dolorosa.

Luego de ser titular indiscutible durante 11 años en Botafogo, se cansó de ser alternante en Corinthians, en el cual parecía sumido en un estado atemporal. De a pequeños lapsos se acordaba de ser el niño maravilla al cual los doctores casi alejan del Mundial de Suecia 58’ por sus “defectuosas extremidades” (a causa de la poliomielitis), y que calló millones de bocas regalándonos jugadas de fantasía tales como llegar al arco rival y devolverse regateando a todos “solo por diversión”. Él y Pelé fueron los cimientos rústicos del jogo bonito. Luego de 3 años (1965-1968) abandonó el timão para entrar en un letargo futbolístico, sumirse en el alcohol y seguir a Elza por el mundo como un alma divagante y sin rumbo.

Elza tenía agendados diversos compromisos contractuales en Buenos Aires, y Mané acordó un par de sesiones de entrenamiento con Boca Juniors, a ver si al final llegaban a un acuerdo para vincular al astro con el xeneize. Una mañana cualquiera fue sorprendido por el entonces directivo de Junior, Carlos Areano. Este, al saber de la situación de Mané (agente libre), decidió llamar a sus colegas en Barranquilla y al recibir instrucciones detalladas, fue a convencerlo de jugar en Junior. Ambos tuvieron un par de entrevistas en privado, y luego de acordar detalles menores, Garrincha aceptó un acuerdo verbal, sin ningún tipo de documento. Se acordó pagarle 600 dólares por partido jugado.

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Garrincha y Elza Soarez

¿Por qué fue tan sencillo? Simple. Las instrucciones que recibió Areano fueron muy claras y con un mínimo margen de error: Elza vendría a Barranquilla para cumplir con un par de conciertos. Allí estaba el gancho para vestir a Mané de rojiblanco.

Como un baldado de agua fría cayó la noticia en los medios de Barranquilla. Unos escépticos, otros ilusionados. La hinchada, en línea con los segundos, no cabía de las ansias de tener a un “crack” de semejante magnitud y de soñar con bordar la primera estrella en el escudo. Aunque no dejaba de ser una posibilidad descabellada, y muchos lo tomaban como una noticia para alegrar a la afición, en la capital del Atlántico no existía otro tema de conversación en las tertulias nocturnas que la posible llegada del otrora bicampeón mundial al tiburón.

El desaparecido Diario del Caribe desveló periódicamente detalles sobre la operación que vestiría a Manoel Dos Santos de rojiblanco. Garrincha desestimo el interés de grandes equipos como Inter de Milán, Racing, Nacional de Uruguay y Millonarios, aceptó reducir la cuota de pago por partido (de 800 a 600 dólares) y la directiva se comprometió a enviarle dos tiquetes de avión, pagar el hotel y cubrir toda su manutención en Barranquilla (lógicamente, con los lujos del caso). El acuerdo estaba listo, era cuestión de días la llegada de Mané a La Arenosa.

El titular matutino del Diario del Caribe del 10 de agosto de 1968 sacudió a la ciudad: “Definida la contratación de Garrincha”. Lo que a priori era una quimera surrealista, hoy se tornaba en una realidad tangible. Todo parecía un sueño.

Llegó el día. Después de no arribar, como se había pactado, ni el día 12 ni el 13 (alimentando a los escépticos), el lunes 19 de agosto de 1968, a las 7:55 de la noche, Garrincha pisó suelo barranquillero. La llegada del papa Pablo VI al país pasó a un segundo plano en curramba. En el aeropuerto lo esperaba una multitud de aproximadamente 2.000 personas, entre fanáticos y periodistas. Todos ansiosos por tener cerca al otrora doble campeón del mundo. Vestía pantalón oscuro y camisa gris con rayas azules horizontales y un buzo especial para bajar de peso. Llegaba con 4 kilos de más pero aseguró que “en 3 días bajaría”. Una caravana, en el carro del relacionista público de Junior, Guillermo Marín, lo llevó hasta el Hotel Majestic donde al día siguiente se ofreció una rueda de prensa para presentarlo. La gran incógnita de la prensa radicaba en si Mané estaría listo para debutar contra Santa Fe el 25 del mismo mes, pues su otra duda fue solventada. Siendo 9 el cupo máximo de extranjeros en un equipo del rentado nacional (con él 10), para aquellos días el argentino Vásquez había sido operado del pómulo, y podrían inscribir a Mané.

Garrincha alcanzó a practicar con Junior cuatro días antes de su debut en el Torneo Presidente de la República, según él con 25 días sin tocar balón. Los entrenamientos entre semana en el Estadio Municipal se veían abarrotados de gente deseosa por ver a Garrincha, así fuera en un trote a la redonda. El domingo 25 fue su debut con el equipo que dirigía el uruguayo Luís Marciano Miloc. Junior, apodado por entonces Los Miuras (todavía no se había concebido el apodo tiburón) enfrentaba a Santa Fe con arbitraje de Omar Delgado. La caprichosa rodó en el Romelio a las 3:40 de la tarde y a Mané le fue asignado su predilecto número 7 para enfrentar al Santa Fe de “Maravilla” Gamboa. En el onceno juniorista se agolpaban nombres de la talla de Mario Thull, Segovia, Ayrton y Texeira Lima. Ante 23 mil almas, que se encontraban allí desde muy temprano, debutaría la “alegría del pueblo”. Dacunha, la estrella brasilera que ese día estaba banco, comentaba que el ambiente era sorprendente, y que como emergente se maravillaba de ver la fiesta que Mané había generado en las gradas. Edwin Carrillo, el lateral zurdo del equipo capitalino, fue encargado de marcarlo. Él mismo contaba que su técnico, Rubén Bravo, enfatizó antes del cotejo: “no lo pierdan de vista, porque así pesado y menos rápido que Dacunha, no deja de ser un peligro”.

El partido finalizó con derrota para Junior por 2-3, con un gol de fantasía de Alfonso Cañón, y Garrincha ofreció un show “verraco” de magia, según el mismo Dacunha. Con un tiro libre que exigió en sobremanera al portero santafesino y surtiendo balones de todos los gustos (por arriba, rastreros, de córner) que hasta Segrera y el mundialista uruguayo Díaz, siendo centrales, iban a por ellos. Por banda derecha, Garrincha generaba en el pueblo una sensación de surrealismo mágico cada que tocaba el balón. Corría pegado a la cal y se asociaba a gusto con Ayrton. Se dedicó a correr y centrar todo el partido, y a pesar de salir ovacionado por haber tomado un aire triunfal e intentando más allá de lo que sus pulmones y sus piernas le posibilitaban, para todos era evidente que su estado físico no era óptimo y que a pesar de ser Garrincha, no estaba para ser titular.

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Garrincha con la camiseta del Junior

En la exigente liga criolla de los 60’s, un Mané Garrincha, pasado de kilos, se notaba lento, pesado, muy rezagado y sin la plasticidad de sus mejores años. Aun así, ofreció un show de antología, como un “crack”, aunque estuviera fuera de forma. La prensa capitalina se mofó de la derrota del sonado onceno barranquillero que presumía de su figura: ‘¡Garrinchazo!’, fue lo que titularon varios medios impresos de Bogotá.

Posterior a la derrota, Junior viajó a Cúcuta para su siguiente partido pero Mané se quedó en el Majestic bajo supervisión médica y entrenando con los suplentes con una sola tarea: ponerse a tono. En los días posteriores, de manera rimbombante, la prensa lo anunció como convocado para el clásico costeño frente al Unión Magdalena, pero no eran más que falacias y falsas ilusiones. El astro carioca no estaba ni cerca de estar listo para disputar 90 minutos al máximo nivel. “El Caimán” Sánchez, ídolo rojiblanco que por entonces dirigía a la selección Atlántico, lo abordó mientras el astro departía con un colega brasilero en la piscina del hotel con dos canastas de cervezas acabadas:

“Usted debería de estar trabajando en ponerse a tono, el “profe” Miloc tiene razón en no ponerlo”.

“Dígale a “ese” que me ponga, que yo respondo”.

Desde Río de Janeiro sonaron los primeros campanazos de adiós. Elza Soarez, el amor de Mané, no iba a Barranquilla. Para colmo de males, su amado iba tras ella y volvía a Brasil.

Entre las anécdotas que dejó a sus compañeros, Segrera contaba que en un almuerzo le vio echarle medio tarro de picante costeño “bravo” a su comida y disfrutar como si nada. Peña recuerda que fueron a un cumpleaños después de una práctica y Mané se servía vasos enormes de whisky sin remordimiento ni efecto alguno. Dacunha, con el que se conocía de tiempo atrás en su natal Brasil, lo llevó varias veces por las tardes a su casa en el barrio Ciudad Jardín, en aras de mejorar el estado de animo de Mané y alegrar su estadía. Le ofreció la popular feijoada brasilera, que según cuenta, a Garrincha le supo a gloria. Pero como Dacunha, todos los miembros del equipo, desde directivos hasta jugadores, sabían que la cabeza de Garrincha estaba en Río de Janeiro, con Elza.

Días antes de irse, Mané había pactado una entrevista con el célebre reportero Álvaro Cepeda Samudio. Al llegar, según describe el relator en su reportaje publicado en El Tiempo, y escogido como uno de los 50 mejores de la historia del periodismo colombiano: “Se mostraba intranquilo, un poco triste, y anunció que un equipo norteamericano estaba interesado en él y por ello debía viajar a Río para recoger a Elza y tomar rumbo de manera inmediata a Nueva York”. En aras de intentar enmendar el vacío que sabía que dejaba en “curramba”, afirmó: “Si no hay nada concreto en Nueva York, me devuelvo a Barranquilla, donde me han tratado muy bien y en donde hay un gran equipo”; mismas palabras, casi calcadas, las dijo a El Heraldo en otra entrevista en días venideros de Septiembre.

En Barranquilla todos sabían la verdadera razón de su adiós. Al saber que Elza, por motivos aún desconocidos, no vendría, Mané y su entorno eran conscientes de que las estrelladas y húmedas noches caribeñas serían un calvario para él. Sin su amada y encerrado en una habitación de hotel, sería imposible rescatar al goleador de Chile 62’, a la “alegría del pueblo”. En una calurosa tarde de miércoles, un 11 de septiembre de 1968, Mané Garrincha tomó el vuelo destino a Río de Janeiro con trasbordo en Bogotá. Era el adiós. No se despidió de sus compañeros, dijo que se iba y regresaba, pero nunca volvió.

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Otra de Garrincha y Pelé

Dejó en la afición un sabor de boca agridulce. Todos se quedaron con ganas de ver lo que tenía para dar el astro carioca. Su sombra aún deambula por el Romelio Martínez, en deuda con Barranquilla y su gente. Pero así es que se construyen los mitos y las leyendas, a punta de surrealismo mágico. Y en Barranquilla existe una leyenda que hoy día ronda las calles de boca en boca. Algunos lo creen, otros no. Pero siempre existirá, entre las generaciones postreras y venideras, el orgullo de poder llenarse la boca y presumir lo que todos comentan: Una vez, Garrincha jugó en Junior. Claro está, sin contar la historia completa.

Garrincha pereció un 20 de enero de 1983, perdido entre las favelas de su país. En ruinas, sin Elza, y prendido de una botella de alcohol. De él nos quedó el recuerdo que bien supo plasmar Eduardo Galeano en su célebre obra Fútbol a sol y sombra, donde le dedica un poema de culto:

“Cuando Garrincha estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Mané murió de su muerte: pobre, borracho y solo”.

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