El Hernán Ramírez Villegas, uno de los mejores escenarios deportivos del país, vio como lentamente emergía de su grama, encharcada y sucia a causa de un aguacero, la figura oscura y tristemente determinante de Diego Escalante. El juez, decidido a llevarse todos los reflectores, quiso erigirse como el Poseidón todopoderoso de los pantanos y obligó a disputar uno de los partidos más importante de la segunda división colombiana en un terreno de juego impresentable.

La primera media hora de partido fue casi ofensiva para los espectadores que, fieles a sus equipos, pagaron la boleta. La bola prácticamente no corría y los jugadores estaban constantemente en el suelo. En esas condiciones era imposible pensar en funcionamientos de juego adecuados para cualquiera de las dos plantillas. Teniendo en cuenta la dificultad que presentaba el terreno de juego Velasco, técnico escarlata, decidió romper su férrea línea de tres y colocar a uno de sus centrales como delantero centro. Castañeda fue el elegido para cumplir esa función y el precio que pagó el cuadro americano fue altísimo. Un ordenado Deportivo Pereira anuló fácilmente al improvisado atacante, ni siquiera le permitieron bajar un balón en los más de veinte minutos que estuvo en la delantera, con los pelotazos verticales de América controlados los matecañas decidieron presionar a la también improvisada línea de cuatro defensores, Velasco normalmente se decanta por la línea de tres, esto llevo al primer gol del partido. Una mala conducción de Leyvin Balanta lo obligó a jugar el balón hacia atrás sin alzar la cabeza, mal pase, intercepción de Castro que se llevó por delante al siempre lento Tardelis Peña y convirtió el primer gol del partido.

Después de una primera parte marcada por una mala decisión arbitral el segundo tiempo le dio inicio a un partido mucho más interesante, con un terreno en mejor estado. Pereira decidió replegarse, entregarle la bola y las labores ofensivas al América, esperando el momento para atacar a un equipo que tiene una transición defensiva muy débil, lo que se presta para que sea contragolpeado con facilidad. Velasco tomó de buena forma el regalo de Hernán Lissi, timonel matecaña, y decidió darle más fútbol ofensivo al equipo escarlata, a la cancha Ernesto Farías en lugar de un Cristián Subero discreto que salió con molestias físicas al igual que otros cuatro jugadores, dos por cada bando, cortesía del Poseidón del pantano.

Con Farías y Rivera en cancha, este último entró en lugar de Éder Castañeda, el equipo escarlata mostró veinte minutos de buen fútbol, balón al piso, cada vez que se pudo, transiciones rápidas a la hora de atacar y por momentos buenos movimientos interiores tanto de Ayron como de Farías para facilitar el juego por las bandas. Faltó precisión en los metros finales, pero por lo menos en ese pasaje parecía que América podía empatar. Todo esto hasta que, en una de esas transiciones desastrosas que hace el América de ataque a defensa, Cristian Correa quedara cara a cara con Tardelis Peña, caño al moreno y disparo rasante para acabar con las ilusiones de los diablos rojos. Cinco minutos después Escalanate daba el pitazo final y acababa con la lucha en el pantano.


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