Guillermo Zuluaga escribió en “Empatamos 6 a 0” que fútbol, religión y política fueron los tres fenómenos (no bélicos) que empezaron a movilizar grandes masas de colombianos. Una hipótesis que Fernando Polanía justificó perfectamente a través de una maravillosa entrevista a Efraín “Caraña” González, ex-jugador de América y juvenil espectador de finales de los años treinta. El Caraña recordaba que su abuelo no gustaba demasiado del balompié, pero sí de trajearse y acudir al evento social de moda, que en aquellos momentos era ir a ver fútbol a la cancha de los libertadores. Allí su nieto se enamoró del juego viendo al Atlanta argentino golear por 7 tantos a 1 al Medellín. De entre aquellos recuerdos su memoria rescató a Roberto Martino, un “wing” diminuto (1’50 m) pero goleador, que causó sensación entre las muchachas locales. Allí empezó a soñar Efraín González con el puesto de delantero y con poder marcar muchos goles.

Existe una interesante anécdota del arquitecto argentino Nicolás Mario Celso que nos ayudará a contextualizar el mito del jugador argentino en tierras colombianas. Celso tiene escrito un muy recomendable libro sobre sus andanzas por cuatro continentes titulado “De Mármol a Mármol pasando por el Mundo”. Uno de los países en los que se radicó fue Colombia, y de allí recogió la existencia de un tópico sobre el itinerario en el país del inmigrante rioplatense: que los argentinos iban a Colombia a jugar al fútbol, si no tenían suerte se dedicaban a cantar o a bailar tango y si esto tampoco resultaba, terminaban abriendo un restaurante argentino. Celso interpretó el chascarrillo como un resultado de la falta de nivel del fútbol colombiano que producía que, por contraste, los futbolistas argentinos que jugaban allí fuesen “ídolos”. El episodio está fechado en la década de los ochenta, lo que ilustra bien que la mitología del futbolista argentino seguía plenamente vigente en el país mucho tiempo después de haber concluido la intensa época del Dorado.

Paradójicamente, si retrocedemos hasta la llegada del primer jugador argentino al Millonarios de Bogotá, que por entonces era conocido como Municipal Deportivo, descubriremos que el desarrollo de los acontecimientos casi supuso un ensayo general de lo que estaba por venir. La adquisición se produjo tras el primer enfrentamiento contra un club extranjero, el Santiago Wanderers chileno, que contaba con Vicente Lucífero como refuerzo. Este jugador era argentino y pertenecía al Talleres, pero durante un partido contra Gimnasia y Esgrima de La Plata había sido gravemente lesionado por Humberto Recanatini, un aguerrido defensa internacional conocido por vestir una estrafalaria gorra de estilo “piluso”. Lucífero estuvo cinco o seis meses parado hasta que Perinetti le volvió a alinear, no obstante el jugador seguía sin estar recuperado y hubo que retirarlo de la cancha. A resultas de esto abandonó el equipo y se mudó a Mendoza, donde continuó jugando al fútbol, después pasó por San Juan y de allí a Chile. Durante la gira colombiana del Wanderers coincidió con Fernando Paternoster, amigo suyo, y este le convenció de que aceptase jugar en su club. Lucífero volvió brevemente a Chile y cuando regresó a Colombia lo hizo con dos refuerzos: Oscar Sabransky y Antonio Ruiz Díaz.

Según se recoge en “Millonarios: 60 Años de Gloriosa Historia” (2006), Lucífero se reunía cada jueves con la junta directiva y negociaba los emolumentos de sus compatriotas, dado que ninguno tenía contrato. También Andres Lucífero, hermano del jugador, constató en un correo que Vicente, amparado en su éxito deportivo, cada vez exigía más dinero a los dirigentes, hasta que finalmente empezó a reclamar que la mejora salarial también alcanzase a sus compañeros colombianos. Aquel suceso fue la matriz del artículo de Luis Camacho Montoya en el que se acusaba a los argentinos de “exigentes” y a los municipalista de “millonarios”, y que con el tiempo acabaría sirviendo para rebautizar al equipo.

Ciñéndonos exclusivamente al área de Bogotá, podemos observar que durante el transcurso la década de los cuarenta se produjo un efecto escalada en cuanto a público e ingresos, con cada vez más partidos celebrados y un incremento constante tanto del precio de entrada como del promedio de espectadores por partido [1]. El experimento de importación de talentos era pues un éxito, por lo menos desde el punto de vista económico, puesto que a nivel de opinión pública fue objeto de reproches por supuesta falta de “el sello inconfundible del verdadero deporte” [2]. Una crítica análoga a la suspicacia con la que el público argentino recibió el profesionalismo una década antes e incluso pariente de la exclusión inicial a la que sometió el fútbol brasileño a la población de origen esclava. Los motivos esgrimidos en todos los casos fueron un teórico alejamiento de los valores fundacionales del deporte, considerado originalmente como “un rescate de los valores griegos“. Según recoge Polanía Castro, los mayores críticos de la profesionalización del fútbol colombiano argüían que con “dinero de por medio, la trampa y la marrullería abundarían”.

Sin embargo el espíritu de “fair play” demostró no ser competencia para el -seguramente más mezquino- placer de la victoria. Los carteles publicitarios de la época manifiestan que en los encuentros internacionales entre clubes se identificaba a estos con sus naciones respectivas, incluso pese a la presencia de futbolistas extranjeros, con lo que aquellos eran de facto representantes de cada país. De este modo las primeras victorias internacionales de Millonarios o la ya mencionada hazaña de Santa Fe contra Vélez alimentaron tanto el orgullo nacionalista como el hambre de una competición profesional. Seguramente también lo hizo el pobre desempeño del equipo nacional durante el Campeonato Sudamericano de 1945, un torneo saldado con una sola victoria en seis partidos (Ecuador) y escandalosas derrotas ante Argentina (9-1) y Uruguay (7-0). Aun así, faltaba sortear la oposición de la Asociación Colombiana de Fútbol (Adefútbol), que era el ente afiliado a FIFA, y esto se conseguiría el célebre día en que se jodió el país.

[1] Datos recogidos por Rafael Jaramillo en “El Dorado de los sectarismos partidistas a los sectarismos futbolísticos”.
[2] El Tiempo (Bogotá). 30 de noviembre de 1942, página 11.

(I) Bonnie & Clyde in a football grass

(II) La lucha continúa

(III) Un pasatiempo clandestino

(IV) Los pioneros argentinos

(V) El sello inconfundible del verdadero deporte


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