No es normal que luego de un Clásico que enfrentó a un Santa Fe partícipe de Copa Libertadores contra su rival de patio, nada menos que un histórico como Millonarios, quede tan, tan poco para el análisis. El nivel fue, sencillamente, muy bajo, casi llegando a pobre. Tampoco es normal que el resultado fuese 0-0 entre tantas imprecisiones producidas por la alta intensidad -que no ritmo- que le imprimieron ambos conjuntos. Los de Costas y Lunari saltaron al césped del Campín a intentar ganar el partido sin poner un poco de sentido a su fútbol. La precaución de parte de ambos fue tanta que la lógica que pide este deporte para puntuar terminó anulada.

Las cadenas de pases que superaron los diez toques se pueden contar con los dedos de las manos. La precipitación negativa fue una constante de la que nadie intentó escapar, en la que lucieron Machado y Reina del lado embajador, y Páez y Torres del lado cardenal. Hubo ocasiones de gol, sí, pero estas eran ajenas al (poco) fútbol que exhibieron las escuadras de la capital. Armando Vargas se quedó en la nada.  No aportó con sus características algo que hiciera que los hinchas rojos no extrañaran el golpeo sagrado de su 10 para contragolpear. Federico Insúa continuó inmerso en su levedad hasta que se rompió, y Fabián Vargas se mostró más lento que siempre antes de irse en camilla. La entrada de Robayo y su derroche de energía, y el desequilibrio que provocó Reina fueron los pocos motivos que tuvieron los azules para alegrarse. Para los rojos estuvo Daniel Torres, cuyo desempeño en este semestre amerita todos los elogios. Si lo de ayer llega a reiterarse, la situación será, por lo menos, preocupante para cualquiera de los dos.

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