Javier Reina es un buen jugador, pero su equipo no le deja ser importante. Que es buen jugador queda claro en al menos una intervención suya por partido. Es bueno porque le basta con un pase o una acelerada para darle un vuelco de rapidez al partido. Es bueno porque sacude a su antojo al rival. Es bueno porque es la única muestra de agresividad en los momentos más ingrávidos de Millonarios.

Así las cosas, resulta contradictorio que el cambio de ritmo de Reina no sea protagónico entre la parsimonia del Millonarios actual. Pero esa es la verdad: a Javier Reina no le bastan sus características para cobrar importancia. El problema es que el diseño táctico de Ricardo Lunari todavía no le delega importancia a su oficio.

Las diagonales de Reina chocan con el perfil ultra determinado de Insúa

La condición necesaria para que Javier Reina exponga su mejor fútbol es una sola: mantener libre la zona central. Sus diagonales tienden al interior y allí se torna peligroso. No es el caso en lo que va de temporada, pues sus diagonales colisionan con la humanidad del mismo Federico Insúa. Insúa se rehúsa a abandonar el eje central; Reina se encapricha con culminar sus diagonales allí. Ninguno cede. Millonarios resulta atorado en el embudo del desentendimiento entre Insúa y Reina. Los laterales sin salida condenan el atollo a lo inevitable. El embudo apresura las decisiones por desespero y los escenarios poco ideales, como Uribe cayendo a la banda para estirar la cancha. El embudo, Lunari, el embudo.

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