Once Caldas y Atlético Nacional se enfrentaron en el Estadio Palogrande de Manizales y ofrecieron un espectáculo que evidenció la evolución de la liga local. El fútbol que mostraron ambos equipos, sobre todo en la segunda parte, no es ni siquiera comparable a lo que se veía hace años en los campos de Colombia. Esto se explica, en buena parte, gracias a que en el banquillo de uno de los protagonistas estaba Juan Carlos Osorio, el revolucionario contemporáneo del balompié profesional de este país. El resultado por sí mismo hace pensar que fue un partidazo, pero hay que contar más, y para desglosar este empate a tres hay que ir por partes.

El conjunto verdolaga saltó al césped en 4-2-3-1: Sebastián Pérez y Diego Arias conformaban el doble pivote, y por delante de ellos se ubicaba Alejandro Guerra. A los costados estaban Valencia y Quiñones, y en punta Pablo Velásquez. Flabio Torres dibujó un 4-2-2-2 en el que los cuatro atacantes eran, de izquierda a derecha, Arango, Penco, Arias y Álvarez. El pivote derecho del blanco blanco fue John Valoy. Más adelante se profundizará sobre su incidencia en el encuentro.

El partido fue de ritmo alto desde el inicio

El ritmo, de entrada, fue muy alto, y se mantuvo así durante prácticamente todo el choque. Estaba cantado, a priori, que Nacional trataría de llevar la iniciativa con la pelota y que Once Caldas esperaría. Los primeros compases del envite fueron favorables a los verdes, pues Alejandro Guerra se mostró muy activo, veloz, y su capacidad de desborde es sobresaliente. Por lo tanto, el local se veía en problemas. Sin embargo, con el paso de los minutos, el venezolano se diluyó hasta quedar en la nada más absoluta en zonas interiores, y los de Osorio se quedaron sin ideas para atacar. Sin Guerra, no había una figura que diera sentido a la posesión visitante.

Nacional intimidaba menos, y el Once aprovechó esto para sacudirse. Los contragolpes locales olían cada vez más a peligro. Emergieron distintos nombres propios: Arango, Arias y Valoy. El primero, porque con su brutal y extensa zancada superaba a su opositor y luego elegía bien a quién pasar la pelota; el segundo, porque dotó de claridad la transición ofensiva con toques de primera espectaculares; y el tercero, porque mostró una dinámica exterior interesante con rupturas hacia afuera, conducciones notables y pases tensos hacia arriba. El Once estaba a gusto. Nacional, lo contrario, e incluso peor porque Velásquez marró un penalti que hubiese significado el empate.

El inicio de la segunda parte fue una continuación de lo explicado en el párrafo anterior. Tanto que llegó el 2-0, que parecía la sentencia. Pero Osorio, justo antes, había movido ficha. Envió al terreno a Yulián Mejía en detrimento de Quiñones, y ordenó a Guerra ocupar la banda derecha. Al tiempo, sentó a Velásquez por Luis Carlos Ruiz. El dibujo no se alteró. La calidad de quienes ocupaban las posiciones, sí. El 2-1 llegó de manera casi inmediata tras el 2-0. Mejía encarnó esa figura que añoraba Nacional ante la desaparición interior de Guerra. Yulián condujo desde atrás por dentro, dividió el sistema defensivo blanco, abrió la pelota hacia el Lobo, y este tocó con clase para Sebastián Pérez, quien había hecho una ruptura hacia área rival. Este remató, y Ruiz cazó el rebote que dejó Cuadrado.

La libreta de Osorio dio vuelta al choque

Mejía era indefendible para los de Flabio Torres. El 2-2 vino de un pase diagonal perfecto de Mejía hacia una carrera brutal de Farid Díaz por la izquierda. Farid centró hacia Juan David Valencia, quien provocó un penal que Ruiz transformó en gol. El 2-3 nació como el 2-1. Pase de Yulián a Guerra, regate, centro raso y potente, y autogol. La sabiduría de Juan Carlos Osorio deslumbró una vez más.

El Once Caldas no bajó los brazos, Torres movió el banquillo, y lo empató sobre el final. Le quitó de la boca a Nacional una remontada que sabía a gloria por cómo la consiguió. Sin embargo, no se puede decir que el resultado final es injusto. El trámite del partido, eso sí, fue mucho mejor de lo que el electrónico señaló al final. Más partidos como este harán que la competición doméstica siga creciendo. Y más técnicos que sigan el legado de Osorio, por supuesto.

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