En estos días el nombre de Independiente Medellín se oye en cada esquina. El medio local se llena de respeto antes de referirse al equipo de Hernán Torres. El mercado de pases se sacude cuando el DIM saca la cartera. El Atanasio Girardot colapsa en cada cita del poderoso: el DIM salta a la cancha en medio de un júbilo que lo confunde con un campeón mundial. La capital de Antioquia ya puede presumir del gran fútbol que alberga: el que faltaba, el poderoso, está de vuelta.

Cano aprobó todas las asignaturas en todos los grados

¿Cuándo cambiaron las cosas para el DIM? Muy seguramente la memoria a corto plazo señale la pizarra de Hernán Torres como punto de quiebre. Y pecará por injusta. Porque si Torres llegó para inculcar el sentido colectivo, descubrió un sabio en la materia: Germán Ezequiel Cano. Si hablamos de colectivismo, Cano parecía una hormiga velando por el bienestar de todos.

Para aprender lo que es la fidelidad no hace falta integrar una logia; basta con ver a Germán Cano defender una camiseta. Sus pases eran una oda al compañerismo. En el área, donde pocos ceden ocasiones, Cano prefería ser asistente y no goleador. Sus botines dejaron 54 goles en el DIM; poco a comparación del espíritu que implantó en su equipo. Eso dejó Cano: un equipo. Y si Darío Sierra cometía una salida en falso en alguna sala de prensa, todos lo cobijaban y lo hacían parecer un consensual grito de guerra. Así es este DIM: un clan, una secta, una iglesia.

Lo último que dejó Cano en Medellín fue una despedida entre lágrimas. Pero no llore, Germán. Usted buscó la unidad, y ahora padres e hijos van de la mano a ver al poderoso.

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