Que hoy por hoy el fútbol de Teófilo Gutiérrez sea difícil de definir no es coincidencia ni novedad; el tema fue objeto de debate desde que el jugador, a sus 13 años, llegó por primera vez a la academia de William Knight presentado por su padre como un ’10’, y el exfutbolista se negó a entrenarlo bajo ese pretexto. Para Knight, Teo era punta. Por su “biotipo, su movimiento y sus condiciones técnicas”. Fue él quien lo llevó a las inferiores del Junior de Barranquilla, para que chocara con el colosal Dulio Miranda, sin imaginar, quizá, que aquel joven de piernas flacas sería elegido más tarde como el mejor jugador de América justo en el año de consagración de su juego fuera del área y su pase horizontal. Tampoco habrá imaginado que aquella condición de híbrido sería el espectacular pico de su evolución. El fútbol de Teo, en su vasta plenitud de matices técnicos y tácticos, elude la clasificación tradicional, convirtiéndose en un fenómeno descriptible tan sólo con base a su impresionante fuerza de gravedad. A su condición de epicentro. Por lo mismo, tampoco es coincidencia, quizá, que el único colombiano en ganar el premio antes que Teo haya sido Carlos Alberto Valderrama.

Quizá Knight siempre imaginó al Teo de los desmarques, de los apoyos a espalda de primera y de las definiciones a ras de piso. Tal vez contempló los 30 goles con Junior en el 2009 o los 17 con River Plate en el 2014. Es difícil pensar, sin embargo, que aquel maestro haya visualizado en esos tiempos las pausas en medioterreno, los balones filtrados desde las esquinas y los manejos de tiempos. O más aún, que haya visto en aquel niño la ansiedad que lo llevó algún día a las pistolas en los camerinos y a las deserciones inesperadas. Teo, en su condición de vínculo fragmentado, es en todo sentido un concepto íntegro e impenetrable: A la misma vez el joven resguardado por las pandillas del barrio La Chinita, y el hombre callado de los pases sensibles. Un futbolista en llanto. El niño que, según su padre, “prefería el balón que la teta”. Teo es fútbol, del puro; y por lo tanto, una ecuación cambiante, en constante búsqueda un ‘algo’ grande y esquivo, mientras su hinchada, universal y privada, halla en él un elusivo eslabón.

2 comments

  1. Palabras sublimes las tuyas, Jairo. Muchas gracias por compartirnos esto.

    Y encuentro este texto como la mayor aproximación hasta el momento a lo que es la esencia futbolística de Teo. Qué difícil resulta siquiera verbalizar algo de lo que Teo hace en la cancha, ¿no? Pero me parece que tú has dado en el punto. Como sugieres, tampoco me parece casualidad que Teo haya logrado un reconocimiento que sólo Valderrama había logrado. En lugar de verlo como algo anecdótico, lo encuentro poético, lo interpreto como un hermoso símil del destino. Y sí, hay que atreverse de una buena vez a encontrar similitudes entre Valderrama y Teo que, me parece, son más que las diferencias.

  2. Muchísimas gracias a ti, Juan.

    Yo lo veo de la misma manera. Lo de Teo es como aquellos fenómenos ambiguos a las que uno no llega, sino que se aproxima por medio de algún símbolo o anécdota. Y cuando la misma historia te dibuja la metáfora, resulta mucho más fácil ^^.

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