A su llegada, Gustavo Costas encontró un equipo que, palabras más, palabras menos, rogaba al cielo por una jugada a balón parado. Su carácter se rehúsa a reconocer mayor esfuerzo en ello y fue lo primero que erradicó. Gustavo Costas es intransigente. Su concepción del juego no da lugar a matices: correr o correr.

Con el pasar de los partidos nadie pudo jactarse de ser indiscutido. La alineación variaba en defensa de la máxima fundamental: el único titular indiscutido fue y será el esfuerzo. Y así como la disposición atlética fue lo único incuestionable, los recursos futbolísticos fueron tan diversos como discontinuos.

Santa Fe ha sido el equipo que más puntos ha hecho este semestre

Mientras se adueñaba del equipo, Costas confesó públicamente el desespero que le generaba el pase atrás. En consecuencia, Daniel Torres perdió protagonismo orientando la salida del balón para darle paso al saque en largo de Camilo Vargas. Santa Fe gozaba de la evolución de su portero en este aspecto y Vargas se mostraba como un argumento ofensivo a potenciar. Aunque los envíos de Vargas fueron fuente de puntos para Santa Fe, el mediocampo tardó en asimilar el escaso contacto con el balón. Sólo hasta que la posesión se vio reemplazada por la presión, Gustavo Costas hizo suyo a Santa Fe.

En este orden de ideas, Santa Fe alcanzó el pico de rendimiento frente a Millonarios. Su mediocampo se ordenó en un 4+1, con Otálvaro, Torres, Pérez y Arias marcando al hombre mientras Seijas se movía libre interceptando pases. Santa Fe presionó hasta la asfixia a Millonarios y dominó el Clásico de principio a fin.

Aunque la presión trajo dominio, también ha sido causa de fracturas. A Omar Pérez le falta físico para ser intenso. Luis Manuel Seijas, Luis Carlos Arias y Juan Daniel Roa tienen poco dominio de la posición y suelen regalar metros a su espalda cuando achican. Daniel Torres, el jugador más posicional de Santa Fe, termina siendo el único guardián de su propia espalda y sus embestidas, sin cobertura alguna, terminan siendo un suicidio.

Costas, en su primer semestre como entrenador santafereño, llevó al equipo a dos finales

La revolución de Costas no sólo trajo presión e intensidad. Distinto al Santa Fe de los últimos años, esta nueva versión opta por atacar los espacios. El rol de Sergio Otálvaro se hizo importante en el primer tramo de la temporada. Mientras Pérez caía a la izquierda para recostar al rival en aquel sector, los cambios de orientación de Seijas encontraban frecuentemente a Otálvaro en situación de 1 contra 0. En suma a esto, las rupturas de Cuero, Medina y Morelo destrozaban la espalda de los rivales y Santa Fe se hacía un equipo goleador.

El ataque a los espacios y la presión son a grandes rasgos lo más común en Santa Fe. Pero no siempre lo logra. De hecho, es difícil hablar de un sello futbolístico en el equipo de Costas. Su identidad, más que futbolística, es anímica. La mayor constante del equipo en esta temporada ha sido su actitud. Santa Fe salta a la cancha preparado para la guerra, no para el ajedrez. El compromiso de correr desde el minuto 0 no está presto a discusión. Lo demás se delega a la inspiración y sólo viene por añadidura.

Santa Fe supo reinventarse desde la personalidad de su entrenador. Los arrebatos de Gustavo Costas amagan con invadir el campo. Su furor confiesa que nunca quiso colgar los guayos. Costas define la alineación en un acto de melancolía: elige a aquellos en quienes ve reflejado su pasado como futbolista. Porque cuando lo era, había que correr o correr.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *