El estadio Manuel Murillo Toro presenció un acto impensado: Santa Fe renunció incluso al contraataque. El plan que Gustavo Costas tenía en mente contemplaba un empate en Ibagué. Resignó cualquier tentativa de ataque a cambio de alcanzar cierto equilibrio defensivo. No buscó ganar, sencillamente aspiraba a no perder. Con este propósito, Santa Fe saltó a la cancha del Murillo Toro para afrontar la primera final de la Copa Colombia ante el Deportes Tolima.

Santa Fe apostó por una defensa replegada. La tarea del mediocampo sería acechar al rival una vez cruzara la mitad del terreno. El resultado estaba siendo nefasto. Las mordidas de Pérez, Roa y Torres presentaban una desincronización absoluta y dejaban un espacio abismal a su espalda. Al Tolima le bastaba con dos o tres toques de primera entre Barrios, Silva y Chará para gozar de esos espacios. No hubo ni huella de la presión de partidos anteriores. Santa Fe presionó de la peor forma que lo ha hecho en la era Costas. Si Tolima no se iba arriba en el marcador fue por imprecisiones en el último pase y porque cayó la lluvia en una cancha cuya mala condición es bien sabida por todos.

Santa Fe renunció incluso al contraataque

Si dijimos que Santa Fe no se postuló como candidato a vencer fue por sus transiciones (in)ofensivas. Ni Cuero ni Morelo buscaron alguna ventaja para desequilibrar. Todo apunta a que reservarían sus desmarques para la final de vuelta en Bogotá. Los lanzadores tampoco aportarían mayor cosa. Enviaban el balón por enviarlo, por hacer algo sin hacer mucho. Santa Fe siempre quiso alejar al balón.

Para la segunda mitad, Sergio Otálvaro y Luis Carlos Arias cerrarían su posición. La intención estaba dando resultados: los espacios entre líneas que devoraba Yimmi Chará estaban siendo acordonados. El cierre de pasillos interiores por fin mostraba a un Santa Fe competitivo. Pero la competitividad le duró 22 minutos, lo que tardó Alberto Gamero para darle ingreso a Andrés Felipe Ibargüen. Con Ibargüen en cancha, Tolima encontró el juego exterior del que parecía ser ajeno. La victoria que había logrado Santa Fe por dentro se desvanecía. A través de Ibargüen, Tolima profundizaba mejor que nunca. Entonces llegó el penal.

Santa Fe no estaba en condiciones para reaccionar ante un gol en contra

El gol de Félix Noguera arruinó a Santa Fe. El plan de Costas, no perder, se vino al piso. Su obsesión por no recibir gol fue tal que renunció a diseñar estrategia ofensiva alguna. Nada le salía a un Santa Fe arrojado en el desespero. El mismo desespero que condujo a Camilo Vargas a salir en falso en un cobro de esquina de Ibargüen y concederle a Chará el 2-0. El éxito del plan radicalmente conservador de Costas hubiera sido toda una hazaña. Esta vez fue una auténtica misión suicida.

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