Hace mucho tiempo que en el ambiente del fútbol se viene hablando de los grandes equipos como “máquinas”. Toda gran escuadra que logra establecer una idea de juego y ejecutarla de manera correcta, dando un repaso a sus rivales, consigue, entre muchos otros elogios, ser tildada como “mecanismo”. La idea de este enaltecimiento es resaltar el arduo trabajo de jugadores y cuerpo técnico, lo cual genera una serie de movimientos coordinados que ayudan al juego colectivo del equipo. Pero la concepción de “máquina” no podría estar más errada.

Los años pasan y el concepto se sigue usando del mismo modo

En el fútbol, un deporte dinámico lleno de variables infinitas, hablar de una “máquina” como algo positivo es un craso error. Las máquinas son elementos diseñados para hacer una y otra vez un movimiento mecánico con el objetivo de cumplir solamente una función. Si un equipo fuera realmente una “máquina” estaría más que destinado al fracaso. Lo predecible de sus movimientos y lo limitado de sus variables lo convertiría en presa fácil para cualquier equipo y ante la primera dificultad toda su funcionalidad se vería blocada. Una falla o un obstáculo en el camino de la máquina y todo su funcionamiento sería desactivado. Las máquinas y el fútbol no van de la mano.

El Tolima no tuvo muy en cuenta lo anteriormente mencionado y en el primer partido de la final de copa contra Santa Fe hizo todo lo posible por ser una “máquina”. Y lo fue, movimientos coordinados pero absolutamente monótonos y predecibles. El juego de los pijaos se mostró absolutamente legible para la defensa cardenal que simplemente tuvo que leer los movimientos de la “máquina” para detenerla durante todo el partido. El Tolima se limitó a tener el balón, acumular juego por derecha para después buscar a Chará por izquierda, quien estuvo marcado todo el encuentro y muy pocas veces pudo zafar de la presión.

La entrada de Ibargüen partió el encuentro en dos

El tedioso movimiento del Tolima sólo fue detenido cuando añadió a su 4-2-3-1 la variante de Andrés Ibargüen. Alejandro Mahecha salió sustituido por el juvenil quien con sus conducciones rompió la monotonía del vinotinto y oro, dando por banda izquierda un recital de rebeldía que desordenó la pasiva noche de la defensa cardenal. Pero, a pesar de lo positivo en el trabajo de Ibargüen, los goles de la “máquina” tolimense no fueron precisamente virtudes en su juego colectivo. El gran culpable de la victoria de lo monótono fue su rival, Santa Fe fue nulo en ataque y errático en defensa cuando fue exigido (los últimos 15 minutos del encuentro) la entrada de Ibargüen fue sin lugar a dudas clave para generar peligro en el arco rival pero los goles fueron consecuencias de errores defensivos del equipo cardenal, un penal y un córner en el que se perdieron las marcas.

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