Bacca conduce con la cabeza agachada y los pasos largos, y la determinación de un huracán. El balón se le escapa más de los pies que de los ojos, pero en la toma panorámica que él rara vez observa, la mayoría comprenden que la desmesura en su carrera tan frecuentemente acertada se debe menos a su vicio y más a su fe. Es el mejor futbolista americano de España porque cambia todo. Enamora, no por humildad, sino por sencillez. No es animal de observación o de señalizaciones, porque en la fibra de su estirpe hay grabadas jugadas impredecibles que se inhiben si no explotan. Es instinto. A él le basta un guiño: de un compañero, del balón. De Dios.

Bacca jugó en Junior desde 2009 hasta 2011

Bacca gana su primer título a mediados del 2010. Lleva poco más de un año en Primera División y porta el 70, porque el ‘7’ se lo dejó a Pachequito, que es histórico. No le pesa. Minuto 87 de la final ante La Equidad: Carlitos gira sobre la medialuna con el futuro tan planeado que el despeje de un defensa se estrella en su espinilla, y vuela arqueado sobre el portero antes de entrar. Bacca es goleador del torneo y Atlético Junior es campeón. Un año más tarde, repite el doblete.

En el 2012, Porto preguntaba por Teo Gutiérrez y se decantaba por Jackson Martínez, mientras que a Bacca lo descartaban en favor de Felipe Caicedo en el Lokomotiv Moscú. Ese año, Carlitos llegó a Bélgica y fue goleador de liga, antes de unirse a un Sevilla que adoraba los espacios, y que acogía la clarividencia del costeño con futbolistas que se morían por encontrarlo, algunos de los cuales eran, quizá, eslabones lejanos de aquella estirpe fanática y desmedida y abiertamente alegre en su propia temeridad.

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