Ante el Barcelona, James portó el uniforme de finalizador, y lo hizo de manera exquisita. Se desenvolvió mayormente en el último tercio, pegado a la banda derecha; esperando -más que buscando- balones al pie que le permitieran desestabilizar y dar nacimiento al peligro. Cada movimiento hacía guiño a Claudio Bravo. Hasta el más delicado. Con la baja de Gareth Bale, Ancelotti entendió que el equipo manejaría espacios cerrados con más frecuencia, y decidió que los recursos de James serían las armas para explotarlos. En su brillantez, el número 10 demostró una vez más que el equipo no cambia para encontrarle función a él: Es él quien cambia para encontrar el funcionamiento óptimo del equipo.

En el costado derecho, James no cargaba el mismo peso que jalaba Isco, a quien Dani Alves le mordía tanto el horizonte, como el borde de los talones. Ancelotti lo quería libre y perfilado para que flotara -personalmente y por extensión-. Hay un detalle de James en el que no se le asemeja ni Francisco Alarcón: el golpeo. En el ataque posicional, sus balones aéreos -fueran bombeados o directos- hallaban todo, finos y mesurados, arqueados por el éter, deliciosos en su circunferencia, cual el adorno de cortina en alguna casa de Macondo. El ‘10’ es juicio y ejecución. Determina bien, pausado si se necesita, confiado; helado en el cerebelo pero caliente en las venas. Le reclamaba a Benzema cuando no se la pasaba, pero no chistaba para asistirlo. Creó más oportunidades que cualquiera. Cristiano erró más de una vez buscándolo. Todos querían verlo marcar.

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