Llegó el año de gracia de 1946 y se produjeron dos eventos futbolísticamente significativos para el campeonato argentino. San Lorenzo salió campeón y luego alardeó de ello durante su gira europea en lo que quizás constituyese la apoteosis del “alma del potrero“. Sin ninguna relación con el triunfo, pero a la misma altura en cuanto a emotividad, se celebró el regreso de el “Charro” Moreno desde su exilio mexicano, casi como si se quisiese recordar que todo objeto luminiscente brilla con mayor intensidad justo antes de consumirse. Su primer partido lo disputó en la cancha Ferro y de tan empanzonado como estaba el estadio se cayeron las alambradas. José Manuel Moreno no podía fallar en un día así, por lo que correspondió a la devoción del público marcando tres goles. Obviamente lo sacaron en andas. Sin embargo tan triunfal retorno no podía enmascarar que en realidad Moreno no estaba donde quería estar. Cuando retorno al país lo había arreglado todo para jugar con Racing, pero River ejerció su derecho de retención.

José Manuel Moreno jugó en River Plate desde 1946 hasta 1949

Un compañero del Charro, el arquero peruano José Eusebio Soriano, pretendía a su vez transferirse aquel año al Atlanta, club tradicionalmente chiquito -penúltimo en el 46- pero hábilmente gestionado por el presidente Alberto Chissotti, un empresario licorero (Chissotti Hnos) que también había sido jugador del club (1914). Pese a ser extranjero, Soriano gozaba de gran predicamento entre sus compañeros, rivales y entre las hinchadas de todos los equipos. Le llamaban “El Caballero del Deporte” debido a su comportamiento ejemplar y llegó a alcanzar la capitanía en la genuina Máquina de River. Visto que la sociedad se negaba a dejarle partir, empezaron a organizarse alrededor de su figura reuniones de la recién creada (1944) entidad sindical de Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA).

Existían diferencia sustanciales respecto a la experiencia gremial de 1931. Según podemos deducir de la lectura de la prensa local de la época ( I. Celmais. La Vanguardia) en aquella ocasión no existía un sustrato ideológico fuerte, más allá de un sentido primario de la justicia y un deseo de mejorar sus condiciones económicas. Los deportistas carecían de una orientación u opinión política destacable, como lo demuestra el hecho de que solicitasen al gobierno golpista -el “Estado”- la mediación con la patronal. Sin embargo Soriano era una persona culta, respetada, concienciada y que contaba además con el asesoramiento del abogado Nereo Pegadizábal. Sus compañeros eran conscientes, por ejemplo, de que habían sido sus presiones sobre el club las que habían permitido mejorar la situación del veterano Bernabé Ferreyra, otrora estrella y ahora empleado, y que languidecía en la miseria. De hecho la propia FAA había nacido por iniciativa del arquero peruano. Al darse cuenta de lo poco que ganaban sus compañeros (400 pesos) en relación a su propio sueldo (2.400 pesos), tuvo la iniciativa de organizarles para conseguir mejorar su situación. Así que desde su casa ubicada en Brasil 343, octavo piso, él y Rodolfo Danza, de Ferro, empezaron a enviar telegramas a todos los capitanes de Primera y Segunda división y así establecieron las bases para la futura estructura gremial.

José Eusebio Soriano se retiró del fútbol en 1947 y se dedicó a los negocios

Respecto a su situación particular, finalmente Soriano y otros excelentes futbolistas acabarían firmando por el Atlanta tras gastarse el equipo cantidades prohibitivas para dichas fechas. Dos de aquellos fichajes habían sido también integrantes de la Máquina: Adolfo Pedernera, por quien se pagaron 140 mil pesos -cifra record de la época-, y el puntero izquierdo Aristóbulo Deambrossi. Una inversión total de 550 mil pesos, pero todo aquel dinero y la consecución de lo que inicialmente había sido su voluntad original no frenaría la actividad sindical de Soriano y Pedernera. Este último actuaba además en calidad de vicepresidente de la FAA. No se trataba pues de un problema personal ni casual, si no de algo grupal y estructural.

Se dio inicio a una serie de negociaciones entre jugadores y dirigentes, en las que los primeros -liderados por Fernando Bello (Independiente), Oscar Basso (San Lorenzo) y Adolfo Pedernera-, reclamaban a los segundos la libertad de contratación, aboliendo la clausula que permitía a los equipos renovar contratos por cinco años, simplemente replicando las condiciones originales en cuanto a salarios, primas y premios. A su vez se pretendía que se fijase un sueldo base mínimo, abono de los devengos atrasados y que se concediese reconocimiento y representación a la FAA en la toma de decisiones. No se alcanzó ningún acuerdo por lo que el último fin de semana de octubre de 1948 hubo un minuto de paro simbólico, y ya el 9 de noviembre de 1948 se declaró la huelga y los últimos 5 partidos se jugaron con los juveniles. Racing era el líder en aquel momento merced a una acertada política de adquisiciones que le había permitido alinear a una delantera admirable formada por Salvini, “Tucho” Méndez, Bravo, Simes y Sued. Sin embargo su combinado de las inferiores perdió el clásico con el de Independiente y esto provocó que a su vez la directiva perdiese los nervios. Se decidió que el equipo no se presentaría a los dos últimos encuentros del campeonato y por esta razón se le dieron por perdidos ambos partidos. Además, el Tribunal de Penas de la AFA les sancionó por el abandono descontándoles cuatro puntos. Al final el juvenil de Independiente se proclamó campeón de Primera División.

No se vislumbraba una solución al problema entre los jugadores y los clubes

Soriano no participó activamente en la huelga porque había abandonado la práctica del fútbol tras descender en 1947 con el Atlanta. En aquel entonces se dedicaba a atender sus negocios y, posteriormente, rechazaría incluso las lucrativas ofertas que le llegaban de El Dorado colombiano para volver a la práctica del balompié. En cambio el asesor legal que él mismo había suministrado al sindicato de futbolistas (FAA) siguió el proceso y fue primero víctima de intentos de soborno, luego de acusaciones de comunista y finalmente se vio amenazado de muerte según refiere el libro “La lucha continúa“. Los dirigentes llegaron a apostar por el retorno al amateurismo, pero los jugadores acabaron consiguiendo el reconocimiento de su sindicato, las garantías de pago, así como la libre contratación merced al apoyo de la entonces famosísima Evita Duarte de Perón, cónyuge del jefe de estado y conocida como santa o patrona de los “descamisados”. El concurso favorable del estado era inevitable habida cuenta de que el principal altavoz de aquel gobierno era la defensa de los derechos de los trabajadores, y que las tensiones sociales y exposición pública ponían en cuestión dichas políticas. Lo que al final acabaría provocando la caída del entonces presidente de la AFA, Oscar Nicolini, que hasta entonces se había mostrado favorable a los intereses de los clubes

El desencadenante directo de la huelga había sido el desacato de los clubes a la hora de aceptar el fallo del Tribunal Arbitral que les obligaba a pagar sus deudas en concepto de salarios atrasados con los jugadores. Seis meses tardaría en firmarse el primer convenio colectivo entre la AFA y FAA poniendo legalmente fin al conflicto. Desgraciadamente los dirigentes decidieron tomarse la revancha y fijaron un sueldo máximo de 1.500 pesos que a la postre sería el verdadero desencadenante del gran éxodo de futbolistas, principalmente en dirección a Colombia.

(I) Bonnie & Clyde in a football grass

(II) La lucha continúa

(III) Un pasatiempo clandestino

(IV) Los pioneros argentinos

(V) El sello inconfundible del verdadero deporte

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