Un enjambre de avispas se abalanza rabioso sobre su rival, lo perturba, lo desespera, lo enloquece, lo pica, y lo destruye. En la cuenca del Ruhr se ubica un temible nido de avispas que año tras año pierde a sus ejemplares más venenosos, pero que se reinventa al mismo tiempo con nuevos himenópteros prometedores. Bajo las órdenes de un comandante excéntrico y obsesivo, estos insectos son temidos en todo el viejo continente. En ese lugar ha aterrizado Adrián Ramos. Se ha vestido de amarillo y negro, pero no está claro que vaya a ser el aguijón principal en las noches de lucha épica, a pesar de que atesore virtudes acordes con las que profesa el conjunto alemán.

A miles de kilómetros de distancia, en el norte de la capital inglesa, se sitúa un fuerte defendido por unos formidables cañoneros rojiblancos, deseosos de la gloria que produce lograr la victoria en la batalla. Este verano se les sumó David Ospina, un cancerbero notable y completo que tuvo mucho que ver en el quinto puesto conseguido por su selección en la Copa del Mundo. En este inicio de curso parece que su compañero polaco, Wojciech Szczesny, seguirá defendiendo el arco gunner. A poco que Ospina tenga un chance, seguramente demostrará su calidad y abrirá el debate por la vacante de primer hombre en la alineación del Arsenal. Ojalá.

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