La apuesta de Millonarios para ocupar el banquillo albiazul tras la escabrosa salida de Juan Manuel Lillo es nada menos que un ídolo del club: Ricardo Lunari. Su periplo como futbolista del equipo de la capital fue muy corto -sólo jugó un año: 1996-, pero le bastó para ganarse el cariño de toda la hinchada. Tanto así que, a pesar de su poca experiencia como director técnico, se le dio la confianza para reconducir un Millonarios que hace sólo seis meses jugaba muy bien al fútbol y que ahora se encuentra perdido.

Sus primeras declaraciones como nuevo míster del ‘Embajador’ demostraron su intención de conciliar a la hinchada, al equipo y a la directiva. Conoce los motivos de su fichaje, y lo lógico es que su discurso y su trabajo estén orientados en esa dirección. Además, es más fácil trabajar en un entorno sin conflictos internos. Siendo consciente de eso, y de que su hoja de vida en los banquillos es corta y para nada fructuosa, buscará paz desde el principio. Se antoja bastante complicado. Sobre todo porque le entregan una plantilla que no pasa por un buen momento.

Lo primero para Lunari será darle paz a Millonarios

El Millonarios 2014-I fue un equipo al que se le notó desde un principio la mano de su entrenador. Juan Manuel Lillo llegó para plasmar sus ideales en el fútbol de sus pupilos. Sin embargo, tardó varios partidos en carburar. Era lo normal, pues el cambio de metodología y de modelo resultaba bastante profundo. Luego de varias pruebas de dibujo (4-3-3, 4-3-2-1, 4-2-1-3), Lillo dio con la tecla: instauró un 3-4-1-2 en el que había varias piezas clave: Román Torres, Fabián Vargas, Máyer Candelo, y, sobre todo, Modeste M’Bami y Dayro Moreno.

La propuesta se basaba en juego de posición puro y duro: vivir en campo contrario, organizarse a través y alrededor de la pelota, ubicar centrocampistas a distintas alturas, buscar al tercer hombre, subir en bloque y presionar tras pérdida para embotellar al rival en su parcela. M’Bami se encargaba de la salida, de ser siempre la opción por detrás de la pelota y de dar sentido a la posesión; Vargas y Robayo se sumaban a la dinámica de pases y aportaban marca en el medio; Lewis Ochoa estiraba por la derecha; Máyer era el de la creatividad en ¾; y Dayro amenazaba a la defensa rival con desmarques al espacio, disparos de media distancia y apoyos de calidad, tanto cortos como largos. Atrás, Román Torres despejaba y corregía todo lo que se acercara.

El equipo llegó a mostrarse muy fiable y además daba espectáculo. La ausencia del mismo Román Torres en semifinales resultó fundamental para el desarrollo de la eliminatoria, pues sin él, Lillo cambió de 3-4-1-2 a 4-3-2-1. La consecuencia fue la falta de amplitud y de profundidad, conceptos necesarios para abrir una defensa tan férrea como la de aquel Junior. Con el cambio, Lewis no podía soltarse con la misma libertad para estirar por derecha a la altura necesaria, y por la izquierda nadie tenía esa capacidad en la plantilla. Ómar Vásquez y Máyer Candelo, los mediapuntas, siempre buscaban el centro y no la línea de cal. Así, Dayro tenía que caer a alguna de las bandas, pero se alejaba del área y del gol, donde es verdaderamente peligroso. Con todo, Lillo y los suyos se quedaron a unos penales de la final.

Sin Dayro Moreno y Modeste M’Bami, Millonarios se vino abajo

El segundo semestre de este año pintaba para continuar por esa senda… Hasta que se fueron M’Bami y Dayro. Sin el primero, la escuadra perdía a su mediocentro titular. El camerunés, a pesar de ser un jugador de ritmo bajísimo, maneja los conceptos necesarios para desempeñarse en el centro del campo de un conjunto que practique juego de posición. Con su marcha, Lillo perdió a su cerebro. Sin Dayro, Millonarios acusó una pérdida de, en primer lugar, profundidad, algo innegociable para las intenciones del técnico español. También perdió a un gran talento individual y a un jugador agresivo e intenso arriba.

En pos de suplirlos quedaban Juan Esteban Ortiz para el mediocentro, y Andy Polo y Fernando Uribe para la delantera. Ninguno aportó lo suficiente, y sumado al descenso del nivel individual de Vargas, Robayo, Cadavid y Román Torres, dejan al club donde está hoy. Lillo no matizó su propuesta viendo el momento de sus jugadores y dejó la institución por la puerta de atrás.

Ricardo Lunari: un bielsista en Millonarios

Ahora llega Lunari, de escuela bielsista, con la hoja de examen aún por llenar y sin certezas firmes de su capacidad. Aterriza en un equipo cuya disciplina táctica al atacar y al defender está por los suelos. Ya no se organizan a través de la pelota ni buscan la espalda de los centrocampistas rivales de manera adecuada. Los movimientos por delante del balón no son buenos. Ello desemboca en una transición defensiva caótica que no puede ser resuelta por unos defensores que pasan por un momento negativo. Lo primero será activar a los jugadores; lo segundo, buscar resultados a través de una idea en la que todos -plantilla, hinchada y directiva- crean, o en la que terminen creyendo. No será sencillo. Su primer rival: Club Independiente Santa Fe.

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