La primavera de 1989 es recordada en el universo esférico por la consagración del titánico AC Milan de Arrigo Sacchi, los tres holandeses y Franco Baresi. El veinticuatro de Mayo de aquel año, el equipo que revolucionó tácticamente el fútbol de su época, aplastó al sorprendente Steaua Bucarest de Hagi. El mundo entero rindió pleitesía a aquella máquina trituradora de espacios e ilusiones. Siete días más tarde, en el interior del prácticamente ignoto fútbol colombiano, otro equipo revolucionario imprimió su marca en la eternidad: el Atlético Nacional campeón de América que dirigía Francisco Maturana.

El afamado entrenador chocoano había llegado a la selección y al Nacional de forma casi paralela en 1987. Durante tres años se hizo cargo de ambos equipos, usando al club como base de su Colombia. Maturana logró dejar su particular huella estilística en los dos, pero su impacto en la memoria, aunque nacieran de la misma idea, fue distinto. Valderrama logró matizar el fútbol del seleccionado de tal forma que este es recordado como un combinado creativo, mientras que el Nacional, sin un virtuoso de esa talla, se definió así mismo como un equipo defensivo, claro ejemplo de la herencia uruguaya que Maturana recibió siendo futbolista por parte de Luis Cubilla y José Ricardo de León.

En el Nacional, Maturana no tenía a Valderrama.

El Nacional del 89′ solía alinearse en el archiconocido 4-2-2-2 aunque los mediocampistas de la segunda línea eran más interiores que enganches. Técnicamente era un equipo muy capaz, con buenos pasadores y, de hecho, el plan con ofensivo pasaba por un gestión del balón desde el pase corto, con algún esporádico envío en largo, hasta encontrar un hueco para filtrar hacia Tréllez y Usuriaga, dos delanteros potentísimos, fuertes y dominantes al espacio. En un día inspirado era capaz de parecerse a la Colombia del mundial 90′; sin embargo, lo espectacular e innovador de Nacional estaba en su transición defensiva.

En una época en la que todavía el marcaje al hombre era dominante, los de Maturana aplicaban una presión zonal símil a la que, en Europa, utilizaba el Milan de Sacchi. A partir del achique de espacios, comandado por el infatigable Leonel Álvarez, y una línea defensiva que se posicionaba incluso sobre el círculo central, con Andrés Escobar de líder, Nacional neutralizaba los ataques contrarios y, bien recuperaba la pelota arriba u obligaba al rival a verticalizar con urgencia. En ese momento, la zaga lanzaba el fuera de juego o dejaba todo en control de René Higuita. El ‘Loco’, como le llamaban, ejercía de líbero funcional, anticipando a los delanteros incluso veinte o treinta metros más allá de la portería, y corrigiendo la adelantadísima defensa.

La presión zonal fue su gran legado táctico.

El camino en la Libertadores del 89′ no fue sencillo. Ubicado en el grupo 3′ con Millonarios y dos equipos de Ecuador, sólo pudo sumar siete puntos y clasificó segundo por detrás del ‘Ballet Azul’. En octavos de final eliminó al Racing de Rubén Paz, entonces vigente Rey de América, y en octavos de final se cruzó nuevamente con Millonarios. En el clásico colombiano, una brillante serie de sus dos delanteros le daría el pase a la semifinal, donde aguardaba el Danubio de Uruguay. En la ida, con un equipo mixto de titulares y suplentes, y con un jugador menos desde el primer tiempo, una exhibición defensiva de los verdes decretó el empate a cero. En la vuelta, el partido más brillante del ciclo: Nacional goleó 6-0 al Danubio con cuatro goles de Albeiro Usuriaga.

La final ante Olimpia fue saldada con empate a dos goles en el global, forzando a la definición por penaltis. En El Campín de Bogotá, ante 55.000 espectadores, René Higuita se vistió de héroe nacional. Entre tanto sus compañeros desperdiciaban sus cobros, Higuita atajó hasta cuatro disparos del Olimpia, además de convertir el suyo cuando si erraba la Copa era paraguaya. En la novena ejecución de la serie, Leonel Álvarez anotó el quinto penalty para Nacional, inmortalizando para siempre a los ‘Puros Criollos’.

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