Empezó septiembre y como viene siendo costumbre, para nosotros los hinchas escarlatas por estas épocas, también inició el sufrimiento. El arranque de la parte final del año revive el nerviosismo que causan las ansias del tan esperado ascenso.

Cada vez que veo al equipo las dudas comienzan a llenar mi cabeza y contra el Dépor no fue distinto. La promesa del ascenso parece disiparse, porque a pesar de que fue una victoria 3-0 el equipo arranca todos los partidos con un ímpetu descontrolado, que roza la desesperación.

Es normal que los jugadores que componen uno de los equipos más grandes del país sientan presión cuando salen al terreno de juego. Pero esto no significa que tengan que salir lanzados como si comenzaran perdiendo cada partido 2-0. La intensidad es buena hasta cierto punto pero cuando un ataque se convierte en una serie de rebotes sin sentido se entiende que la pausa es necesaria.

Pausa que la otorgan muy pocos jugadores en el plantel, siendo realmente estrictos, sólo dos. Stiven Tapiero y John Pérez, porque cuando el ataque americano parece carecer de sentido aparecen “21” y “10” para encausar el ritmo en un equipo de trenes. Cada vez que sus compañeros de equipo atacan el área rival con la única idea ir hacia el frente, atropellando a quien se ponga en su camino, e intentando realizar combinaciones en velocidad, fallidas claro está, surgen estos dos jugadores como una bocanada de aire fresco.

Se convierten en maquinistas y controlan los impulsos viscerales de esos trenes, que tienen todo el potencial para romper la defensa rival pero se ven traicionados por su incesante deseo de hacerlo, lo que termina por ensuciar sus buenas intenciones.

El problema radica en que el equipo no podrá depender siempre de sus maquinistas, quienes son humanos y pueden lesionarse o tener un mal día, por eso surge como una prioridad organizar las ideas del equipo que los acompaña. Para que no se pierdan en al andar del partido cuando sus guías no les muestren el camino.

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