Macondo: Cuarenta años de viaje a Japón

Es por esto que el título de 1973 significó para Nacional la confirmación de que sí tenía el potencial para competir contra el poderío capitalino y caleño. Lo que quizás no estimaba nadie es lo que ocurriría a partir de 1976: el inicio de un viaje de revoluciones y conquistas para llegar al momento de hoy: Japón.

Macondo: Fernando ‘El Pecoso’ Castro

Macondo: Fernando ‘El Pecoso’ Castro

Una producción de El Dorado Magazine

En su trayectoria sólo dos estrellas: Cali 95-96 y Cali 2015-I

“Yo soy médico recibido; el señor es Malbernat, estudiante de Odontología; aquel otro es Bilardo, también médico; Pachamé es estudiante de Ciencias Económicas. Este equipo dispone de todos los matices. Tiene alumnos, profesionales, músicos. Tangueros como Ribaudo, humoristas como Manera… Dígame Mister, ¿dónde están los Animals?’ Raúl Madero le contestó así a un periodista británico, que no quiso ni supo responder. Los medios de prensa ingleses, que buscaban frases desafiantes, agresivas e insolentes antes del partido por la Copa Intercontinental del 68, quedaron descolocados. Habían bautizado “Animals” al desconocido equipo de La Plata que llegaba a Manchester para jugar la final del mundo.Hubo otra consulta provocativa. Y Madero volvió a responder con cortesía: -‘Usted, ¿habla castellano? Porque yo hablo inglés perfectamente. ¿Sabe tocar el piano? Venga, escuche esto. ¿Lo conoce? No, pero cómo, ¿no éramos nosotros los Animals?” – Gustavo Flores, Estudiantes: Historias de 100 años

De Zubeldía a ‘Pecoso’

El registro de nacimiento de Fernando Castro fecha su natalicio el 11 de febrero de 1949 en la ciudad de Manizales. El fútbol dice otra cosa. Fernando ‘El Pecoso’ Castro nació en Manchester el 16 de octubre de 1968, el día en el que el Estudiantes de La Plata que dirigían Osvaldo Juan Zubeldía, desde el banquillo, y Carlos Salvador Bilardo, desde el campo, se coronó campeón del mundo de clubes tras vencer al Manchester United de Matt Busby y la famosa ‘Santa Trinidad’ que conformaban Bobby Charlton, Dennis Law y George Best.

Revolución en ‘El Limonar’

La respuesta del periodista cambió las cosas para siempre. Era el año 1977. Don Álex Gorayeb, presidente del Deportivo Cali en aquel entonces, emprendió un viaje relámpago hacia Argentina. El destino elegido no era de extrañar. Era una época en la que el fútbol colombiano miraba hacia Argentina cada vez que dudaba. Las portadas de la revista argentina El Gráfico eran la primera fuente de consulta para la contratación de futbolistas. Pero aquella vez Gorayeb no buscaba un futbolista. Se puede decir que ya contaba con los mejores: Pedro Antonio Zape, Henry Caicedo, Diego Umaña y el propio Jairo “El Maestro” Arboleda. Gorayeb lo que deseaba era un entrenador, porque de entrenadores era de lo que se hablaba en Colombia: el Junior del ‘Zurdo’ López, el Once Caldas de Eduardo Manera, el Atlético Nacional del mismísimo Osvaldo Zubeldía. Ya en Argentina, Gorayeb pactó un encuentro con Julio César Calvo, periodista oriundo y viejo conocido, para compartirle su gran pregunta: ¿qué entrenador debía llevar a Colombia para contrarrestar a Osvaldo Zubeldía? La respuesta del periodista cambió las cosas para siempre.

Carlos Salvador Bilardo –, respondió.

Don Álex Gorayeb expuso a Carlos Bilardo su ambicioso proyecto. Quería hacer del Cali un equipo de talla internacional. Bilardo, siempre obseso de gloria, aceptó la propuesta sin titubear. A su llegada a Cali, el argentino se llevó una tremenda sorpresa. El prototipo de futbolista colombiano distaba mucho del de su país. Había aterrizado en medio de una cultura de entrenamientos a la ligera, dietas desmedidas y un notable culto a la vida nocturna. Era el reino del exceso. Los ídolos colombianos eran confesos bohemios en su gran mayoría. Esto no cayó nada bien a Bilardo, que no tardó en instaurar un régimen de alta disciplina entre los suyos.

Carlos Bilardo se propuso revertir la concepción del futbolista colombiano. Para lograrlo, no reparó en vigilar de cerca a sus jugadores, al punto de entrometerse en su privacidad. También es cierto que Bilardo confiaba más en cobijar a los jóvenes en formación que en corregir jugadores ya corrompidos. Bilardo llamó la atención sobre esto último puesto que Colombia carecía de competencias infantiles y juveniles. El fútbol colombiano necesitaba de ello. Lo intentaron frustrar advirtiéndole que no había capital para una empresa así. Bilardo, sin embargo, no se resignó y convenció al poderoso Carlos Ardila Lülle para que financiara la causa. El aporte de Carlos Bilardo a la formación de jugadores en Colombia es incalculable. Como dice él mismo: si no fuera por él, no hubiese existido selección juvenil del Magdalena que descubriera al Pibe Valderrama. Fuera como fuese, ‘El Limonar’, complejo deportivo del Cali, se convirtió en una escuela de disciplina y formación. Y fue allá en ‘El Limonar’ donde tuvo lugar el punto de inflexión de esta historia.

Fue un encuentro entre juveniles del Deportivo Cali y Millonarios. Restaban pocos minutos para el final del partido y el marcador seguía 0-0. En una última jugada Millonarios pudo abrir el marcador. Su delantero estaba solo ante la portería y el gol era inevitable. De repente un jugador del plantel profesional invadió la cancha a último momento y rechazó el remate. Era Fernando Castro, ‘El Pecoso’. La suya fue una muestra de devoción absoluta. Era un defensor compulsivo de los colores de su amado Cali. Hacía valer su escudo bajo cualquier circunstancia. Pero, sobre todo, odiaba no ganar. Por esto la mentalidad del Pecoso fue un guiño irresistible para su entrenador..

Ganar a toda costa. Ganar como sea. Ganar y ganar. Carlos Bilardo jamás contempló algo distinto. Su método era simple: procurar el mejor contexto para su equipo (en preparación y ejecución) y desnaturalizar radicalmente al rival. Esto segundo se complicaba si no estaba al tanto del estilo de juego adversario. Fue entonces que Bilardo dejó muestras del espía exquisito que fue. Previo a la final de Copa Libertadores fue descubierto colgado de un alambrado curioseando un entrenamiento del Boca Juniors del ‘Toto’ Lorenzo. Para salirse con la suya, Bilardo desconocía límites.

Por eso ‘El Pecoso’, más que un discípulo, era la prolongación de Bilardo en la cancha. Como lateral por izquierda era fiel a las indicaciones de su entrenador, y si le ordenaba que guardara su posición para equilibrar las voladas de Ángel María Torres por derecha, Pecoso obedecía sin preguntar. Era un feligrés admirable. Y así como Bilardo exigía respeto por sus reglas, estas no necesariamente encajaban dentro de las reglas del fútbol. Prueba de ello fue la final de Copa Libertadores en 1978. El Deportivo Cali confiaba plenamente en los centros de costado de ‘El Ñato’ Torres o Diego Umaña, en su defecto. El problema era el puntero derecho de Boca, Ernesto Mastrangelo, de gran estatura y difícil de superar en los tiros de esquina. Ante aquella inferioridad, ‘Pecoso’ no tuvo inconveniente en untar pomada mentolada en los ojos de Mastrangelo. La inferioridad no era una opción.

En su autobiografía, Doctor y Campeón, Carlos Bilardo define su ideario como “fútbol de calle”. A su parecer, la calle es esa primera escuela que el jugador profesional no debe olvidar. En ella se está expuesto a las desgracias que ninguna ley puede impedir. Ellos, los que sobreviven, saben de qué va el fútbol. Y Pecoso Castro sobrevivía. Manipulando árbitros, pinchando con agujas a sus rivales e incluso torturándolos sicológicamente. “Yo los descomponía. A mí Oscar Pinino Mas un día me dijo que no le dijera nada más, que lo tenía loco con todo lo que le decía, que lo desubicaba” confesaría ‘Pecoso’ años más tarde. Empleaba los medios que fueran necesarios para sobrevivir. Si hacía falta amedrentar al rival hasta la sinrazón, no dudaba en hacerlo.

Ese extraño punto de encuentro entre la profesionalización de la conducta del futbolista colombiano y el rescate de su picardía callejera dejó en ‘Pecoso’ una huella imborrable. Años después su estilo como entrenador tendría mucho de esto. Pero no nos anticipemos. Hasta aquí quisimos entender el contexto que formó a Fernando Castro como jugador. La lucha por mejorar la condición del futbolista colombiano, el respeto por las escuelas de formación y la presión sicológica como arma a favor fueron cosas que se alojaron para siempre en la mente de una de las figuras más influyentes en la historia del fútbol colombiano. La llegada de Carlos Bilardo a El Limonar fue el Florero de Llorente, Fernando Castro atendió al llamado, y los resultados de esta revolución… descúbranlo ustedes mismos a continuación.

El legado de ‘El Viejo Willy’

Vidinic y el amistoso de 1979

Poco tiempo después tendría una lección no menos importante, esta vez en la selección Colombia. Fue un encuentro ante Perú en el estadio El Campín. Blagoje Vidinic, entonces seleccionador de Colombia, se hallaba en apuros. No podía contar con Diego Umaña ni Hernán Darío Herrera por lesión. Colombia se quedaba sin volante de armado. Ante la adversidad, Vidinic resolvió situar a un puntero ahí, en la mitad del campo. El resultado fue alucinante. Sin advertirlo, Vidinic estaba reinventando la posición del ‘ponta de lança’ brasilero, donde en lugar de adelantar a un interior, retrasó al propio Willington Ortíz logrando el mismo efecto. Pecoso quedó maravillado, y la idea del ‘ponta de lança’ lo acompañaría siempre en sus días como entrenador.

Willington Ortíz, el futbolista fetiche

Las selecciones juveniles de Bilardo nos descubrieron a Carlos Valderrama siendo todavía un adolescente en un fútbol sin divisiones inferiores, academias o canteras de clubes. ‘El Pibe’ es, de forma oficiosa, el futbolista colombiano más importante de todos los tiempos. Bandera inmortal del fútbol colombiano que irrumpió con carisma y calidad a finales de la década de los 80’s y principios de los 90’s. Para los millenials es su futbolista. El mejor, la insignia de su generación. Para la generación X, sin embargo, esa figura suele asociarse a Willington Ortíz. El tumaqueño no tuvo tanta suerte como el samario. O quizás tuvo más. Depende desde dónde se lo mire. Su descubridor, Jaime Arroyave, se lo encontró de casualidad cuando ya era un muchacho bien formado, pero sin prácticamente ningún tipo de adiestración en etapa juvenil. Se lo llevó a Millonarios y su primera temporada como profesional fue la de 1971. Debutó un par de meses antes de cumplir los diecinueve años, casi que directamente de las canchas barriales. Poco tardó en convertirse en el símbolo del fútbol colombiano de la época. De El Dorado no quedaba sino el recuerdo y las enseñanzas que el platinismo había dejado en las mentes ya crecidas de los entonces futbolistas y que los 70’s se habían vestido de entrenadores. Era un fútbol huérfano y Willington llenó el hueco de las grandes figuras extranjeras. No era el primer crack colombiano. Roberto Meléndez, ‘El Flaco’ y Efraín ‘El Caimán’ Sánchez fueron los primeros nacionales en ser transferidos al exterior. El primero, delantero, a Cuba y el segundo, portero, al mítico San Lorenzo de Almagro de las giras europeas de Pontoni. Más tarde apareció Delio ‘Maravilla’ Gamboa, la primera gran estrella colombiana del profesionalismo. Surgió prácticamente como el reemplazante espiritual de Di Stéfano en Millonarios. Era un puntero izquierdo de gambeta picante y creativa, la primera musa inspiradora de Gabriel Ochoa Uribe, el entrenador más laureado de nuestro fútbol.

A ese equipo, el de Gamboa y Ochoa Uribe, y en ese contexto, de pequeñas e incipientes estrellas, fue al que llegó Willington. No pasó mucho tiempo antes de que aterrizara en la selección. Fue el un año después y lo hizo en los JJOO de Múnich. Colombia, cenicienta, se fue con un saco de goles de Europa, pero de ese equipo germinó el de las gestas de 1974, cuando venció a Uruguay en Montevideo, y de 1975, subcampeón ante la fabulosa Perú de Teófilo Cubillas en una final que necesitó hasta de un tercer partido para desempatarse. La figura central de ese equipo era ‘El Viejo Willy’, como lo llamaban de cariño. Era un combinado legendario, de héroes míticos de clubes que significaron para el país la adolescencia futbolística. Era la época de Ponciano Castro, Víctor Campaz, Miguel Escobar, Ernesto Díaz, Henry Caicedo, Alfredo Arango, Jairo Arboleda, Diego Umaña, Eduardo Julián Retat, Oswaldo Calero, Pedro Zape, Arturo Segovia, Jesús ‘Toto’ Rubio y Oscar Bolaño. Y de la ‘BOM’, claro. Todos ellos abrieron el sendero para que las estrellas de hoy jueguen en la élite del fútbol.

La ‘BOM’ era el apodo, a modo de acrónimo, que recibió la delantera del Millonarios del ‘Médico’ Ochoa. Alejandro Brand, un volante goleador y virtuoso con rodillas de cristal, Willington Ortíz, y Jaime Morón, puntero alto, delgado y rápido. Campeones en 1972 y 1978. Pasaron a la historia porque fue su fútbol el que llevó a Millonarios a ser el primer equipo colombiano en pisar unas semifinales de Copa Libertadores. Fue en la edición de 1973, enfrentado a Independiente de Avellaneda, a la postre campeón, y a San Lorenzo de Almagro. Fue ante este último que Ortíz demostró, en palabras de sus compañeros, la pasta de la que estaba hecho. Pasta de crack. Ante un arsenal de patadas, puños y hasta, cuentan, artefactos cortapunzantes, Willington no se amedrentó, jugó con guapura, esquivó todos los golpes que pudo y aguantó los que no. Cada vez que cogía el balón seguía gambeteando como si la violencia no lo hiciera vacilar. Su exhibición no alcanzó y Millonarios perdió 2-0, pero a partir de ahí y hasta 1988, el espectáculo se repitió una y otra vez en canchas de todo el continente.

Ese Willington Ortíz era un ‘win’ prodigioso al que no le importaba por cual banda jugaba. Dueño de una gambeta extraordinaria, una potencia y un pique demoníacos, y un cambio de ritmo que parecía sacado de las profundidades de Rio de Janeiro. Goleador, pícaro y embaucador de defensas. Un centrador sublime, de eso pueden dar fe ‘El Búho’ Irigoyen, Vilarete, Ricardo Gareca o ‘El Tigre’ Benítez. En El Campín, los hinchas de Millonarios disfrutaron de goles maradonianos de Willington antes de que a Maradona se le ocurrieran. Agarraba el balón cerca de su área y no paraba hasta regatearse al portero. Y no conocía el miedo. Acostumbrado a recibir patadas y pedradas cuando jugaba en Tumaco, nada de lo que se encontraba en el fútbol profesional lo echaba para atrás. Con él, por primera vez se llegó a instancias finales de Libertadores, por primera vez se llegó a una final de Copa América, por primera vez se venció a Uruguay en Montevideo, por primera vez se venció a un equipo argentino de visitante y por primera vez se venció a la selección de fútbol de Brasil. Un pionero para el deleite del fútbol colombiano y de los que lo miraban jugar.

Uno que lo vio, y de bien cerca, fue Fernando Castro. Primero como rival, sufriendo sus gambetas y diabluras por la banda que defendía, y después como compañero en la selección y en el Cali. Fue  como compañero que Castro vivió la ya comentada experiencia de Willington Ortíz no ya de puntero, sino en una posición híbrida entre el mediocampo y la delantera. Después de esa prueba ante Perú, Willington paulatinamente cambió su posición en el campo a esa que se había inventado Vidinic ante las ausencias de Brand, Arboleda, Umaña y Herrera. Por ejemplo, esa fue su posición de partida semanas más tarde en el debut de la Copa América del 79′ ante Venezuela, escoltado por Gabriel Chaparro y Rafael Otero en el mediocampo y por detrás del tridente Agudelo-Díaz-Iguarán. Luego volvería a jugar el resto del torneo en la delantera. No importó. La semilla estaba plantada. En 1980 llega al Cali y allí tanto Eduardo Manera como Edilberto Righi se hicieron eco de la propuesta de Vidinic. Cada vez que el trío de atacantes de Bilardo, Torres-Scotta-Benítez, estaba disponible, Ortíz iba al mediocampo y ‘Pecoso’ tomaba atenta nota. Bilardo fue incluso más allá y en su selección, tras un inicio poco halagüeño con un Willington de extremo derecho y Vilarete de delantero centro, decidió eliminar al ‘9’ del equipo y al extremo izquierdo. El mediocampo pasó a estar conformado por tres trabajadores como Valverde, Otero y Sarmiento, los dos primeros dirigidos suyos en el Cali, y una doble mediapunta por delante que unía a Hernán Darío Herrera tirado a la izquierda y a Willington por el centro. Arriba, como solitario extremo derecho, estaba Ángel María Torres.

Willington terminaría sus días jugando en ese rol. Tras salir del Cali pasó al América galáctico. Un equipo que auspiciado por dineros oscuros montó la que, seguramente, era la mejor nómina del fútbol sudamericano de la época. Internacionales paraguayos, colombianos y argentinos, además de cualquier promesa que asomaba en el panorama, se conjugaron para formar un equipo que llegó a tres finales seguidas de Libertadores. Era un equipo dinámico que alternaba dos oncenos titulares en los que Willington se intercambiaba, jugando por el medio como maestro artesano de fútbol con los más jóvenes en la liga local, y como puntero diestro con libertad posicional en el equipo que jugaba La Copa.

La alineación de Bilardo

Hernan Darío Herrera de falso extremo izquierdo y Willington Ortíz de falso delantero centro. Jugaron tres partidos antes de caer eliminados. Dos ante Perú y uno ante Uruguay.

Le carré magique

De 1982 a 1986 el fútbol francés brilló con fuerza en los torneos internacionales. Era la Francia del cuadrado mágico: Fernandez (Genghini)-Tigana-Giresse-Platini. ¿Lo habrá visto ‘Pecoso’? En el fútbol de sus equipos hubo mucho de esto. Inspiración o coincidencia, en todos sus equipos se repitió un patrón. Un rombo (cuadrado) mágico que dio rienda a varias de las formaciones ofensivas más potentes de los últimos veinte años en Colombia.

Un rombo para ganarles a todos

‘Pecoso’ se ennovió con un rombito en el mediocampo que no tenía más que dos intenciones: atacar y competir. Para él, cuando el balón llegaba a los tres de arriba, no tenía opción de regresar. Ahí la pelota debía ser un cuchillo para los rivales: indefendible. Los defensores se arrodillaban y rezaban. Pura explosividad, pura efervescencia. El saco se abría y normalmente se llenaba. ¿Y el equilibrio? También. Castro, bilardista, sabía que ahí estaba el secreto del éxito, tal y como lo estuvo en el Cali que dirigió el doctor o el ‘kínder’ que lideró Zubeldía. Equipos ofensivos, pero que respondían cuando había que defender. El rombo fue su respuesta, la forma de organizarse que le permitía a sus equipos ser lo que ‘Pecoso’ quería que fueran.

La figura seguía casi siempre el mismo patrón: dos vértices más defensivos y dos vértices más ofensivos. Luego, obviamente, los perfiles de los futbolistas con los que contaba y las circunstancias de sus equipos marcaban los matices. Otorgó libertades y elasticidad. El rombo a veces parecía cuadrado y otras triángulo. Nunca renegó ‘Pecoso’ de nada. Los números cambiaban y salía a jugar con tres vértices ofensivos y uno defensivo y viceversa. Aun así, el nombrado fue siempre para él la alineación ideal. La que le otorgaba lo que su paladar prefería.

La estructura

Había un volante central. Castro pretendía que esa figura jamás pisara el último tercio de cancha, enfocado única y exclusivamente en cuidarle la espalda a los jugadores más ofensivos. Ese ‘5’ tradicional era para Pecoso toda responsabilidad sin balón, imprescindible en un sistema defensivo con laterales que salían gradualmente al ataque. No se les exponía a un pase vertical de 40 o 50 metros o a crear en salida de balón. Era un mecanismo muy concreto que pedía intensidad, físico y técnica defensiva. “Roba y juega en corto”.

Luego estaba el interior derecho. Esa figura no era un segundo pivote, aunque por momentos, dada la libertad con la que contaban sus futbolistas, llegara a parecerlo, sino el más capacitado para subir y bajar una docena de veces por tiempo. Dijo ‘Pecoso’ que para que su estructura no se desboronara, su equipo dependía de ese interior derecho, el centrocampista con mayores obligaciones. Tanto es así que ese vértice diestro debía reunir bastantes condiciones, entre ellas cierto manejo del pase medio, saber meter el pie e interpretar situaciones de transiciones. Como los carriles externos eran de los laterales, el interior derecho no caía a banda salvo características muy específicas del jugador que ocupara el puesto. Era el bastión de seguridad, un apoyo para el mediocentro en situaciones sin pelota, compensando movimientos de sus compañeros, y un jugador de continuación en el que los más creativos buscaban refugio para asociarse.

El rombo de ‘Pecoso’ giraba. ¿Cómo así? El interior izquierdo era un enganche atrasado que contaba con responsabilidades defensivas que el mediapunta no, pero que de todas formas conservaba libertades ofensivas que hacían que guardara una altura disímil a la de su contraparte diestra, incluso para cambiarse de banda abandonando su puesto y rompiendo la simetría. El intérprete era exageradamente técnico y organizativo. Un futbolista de juego más pausado y cerebral que decidía si jugar a uno o a cinco toques, si pausar o acelerar, si verticalizar o cambiar de orientación. El control del juego pasaba por él, amén de su sensibilidad y compás en el pie.

Y coronando la figura estaba el heredero. ‘Pecoso’ había quedado prendado del Willington Ortíz que acomodó Vidinic en la mediapunta y moldeó a los suyos tras esa figura. En un país que rinde culto al enganche, Castro dio su posición a un prototipo de futbolista muy distinto, que asumía también el rol principal de su sistema, pasando el ’10’ a ser un secundario. El cuarto mediocampista era un atacante. Debía representar la misma verticalidad y determinación con la que Ortíz lo había enamorado. Los ocupantes tenían libertad para caer a bandas, romper hacia el área o bajar a tocarla al mediocampo. Eran la esencia de su fútbol: jugadores que metieran una marcha más, que incitaran a ir para arriba, que dieran contundencia al armazón que lo custodiaba. Desequilibrio.

En una entrevista en 2003, previa a un partido entre la selección Colombia y su igual de Brasil, ‘Pecoso’ fue preguntado sobre la posible alineación de Giovanni Hernández como enganche del equipo y esta fue su respuesta: “No lo tengo, la verdad es que no estaría en mis planes, a pesar de estar atravesando por un buen momento futbolístico en Colón de Argentina, pero yo pienso que un equipo ofensivo, contundente y frontal para jugarle a Brasil, debe tener a Becerra arrancando desde el medio campo, para demoler a los Brasileños.” Becerra era un delantero habilidoso, pícaro y escurridizo. Giovanni, un enganche cerebral, técnico y pausado. Su preferencia quedó clara.

Deportivo Cali 1995-1997

En 1985, la Cali futbolera vivió tiempos de bonanza. Por un lado, los rojos del América de Cali comenzaron a dejar claro su dominio continental alcanzando su primera final de Copa Libertadores, perdida ante el Argentinos Juniors que dirigía José Yudica. Por su parte, los hinchas del Deportivo Cali vieron como se fraguaba el que es hasta hoy su equipo más mítico: la llegada de Carlos ‘El Pibe’ Valderrama a las filas verdes en 1985 significó un antes y un después en el fútbol colombiano. Valderrama se juntó con Redín y regresó ‘La Amenaza Verde’. El Cali jugó un fútbol esplendoroso, acaso germen del que jugaría la selección Colombia en la Copa América de 1987. Ese equipo, dirigido por el yugoslavo Vladimir Popovic, cuyo asistente era Fernando Castro, logró dos subcampeonatos, no libres de polémica, antes de que Valderrama volase a Europa. Sin embargo, los años posteriores fueron bastante grises. Cinco entrenadores (Comeseña, Tabares, Popovic Pinto y Company) tuvieron que pasar para que el Cali volviera a luchar por el título de la entonces recién creada Copa Mustang. Fue en 1992, bajo la dirección de Company, que el Cali quedó tercero en el cuadrangular final a dos puntos del América de Cali de Francisco Maturana. A principios del año siguiente, Company saldría del equipo por problemas con la dirigencia y en su lugar llegaría Yudica, el mismo que le había quitado el sueño al América en 1985. ‘El Piojo’ estuvo dieciocho meses en Cali, pero no pudo acceder a las finales ni en el campeonato de 1993 ni el de 1994. Indisciplina de los jugadores y falta de experiencia en el plantel fueron los motivos a los que acudió el argentino para explicar el fracaso. En diciembre de 1994, justo cuando se cumplían veinte años del último título del club, el presidente Humberto Arias anunció que el nuevo cuerpo técnico estaría liderado por ‘El Pecoso’ Castro y que lo completarían ‘Cheché’ Hernández, Hernando Arias y Jorge Garcés. Pocos adelantarían lo que acabaría ocurriendo.

Las primeras declaraciones de ‘Pecoso’ aludieron al destino. Cada vez que visitaba la ciudad, dijo ‘Pecoso’, con Quindío, Cúcuta o Envigado, sentía que su lugar estaba en el banquillo verde. También dejó las cosas claras: la indisciplina sería cosa del pasado y no necesitaba muchos refuerzos, sólo un defensor central, un mediocampista creativo y un delantero. Los tres llegaron, Ronald Martínez, Óscar Pareja y Walter Escobar se sumaron a la nómina caleña. También lo hizo un lateral izquierdo, Héctor Mario Botero. Con esos refuerzos, Cali afrontó el Torneo Nivelación de 1995. La Dimayor había decidido unificar el calendario del campeonato con el del fútbol europeo y por tanto durante el primer semestre del año se iba a jugar una liga de todos contra todos sin cuadrangulares ni bonificaciones. El Cali sufrió y, aunque quedó cuarto, a mediados del campeonato dejó de pelear el título. América y Junior quedaron a más de diez puntos y, a pesar de que el equipo mostró buenos números arriba, con Níver Arboleda y Edison Mafla liderando el ataque, también es cierto que le marcaron muchos goles, en un promedio de más de uno partido. Así era imposible competir y ‘Pecoso’ lo sabía.

Las críticas no tardaron en llegar. Se pidió su cabeza y Humberto Arias tuvo que respaldarlo. El equipo base del Cali durante ese torneo nivelación se había organizado en el rombo descrito antes. Calero en portería, una defensa habitual que alienaba a Marrero, lateral derecho, Palacios y Martínez, pareja de centrales, Botero por la izquierda, y un mediocampo que visto con los ojos de hoy resulta exageradamente ofensivo: Andrés Estrada ejercía de mediocentro, Víctor Bonilla de interior derecho, Óscar Pareja de interior izquierdo y de mediapunta jugaba Mafla. Arriba, Arboleda y Escobar se repartían los espacios. Cuatro años después, Bonilla saldría goleador de la Copa Libertadores jugando de delantero centro, posición en la que reconoció sentirse más cómodo que como mediocampista y por la que el fútbol español y francés pagaron millones por su pase. Sin embargo, para ‘Pecoso’, era el interior derecho, el de más responsabilidad defensiva y el que tenía que correr lo que Pareja no. Era, claramente, un desequilibrio que el Cali pagó caro.

A mitad de año, la salida de Arboleda a México, figura del Cali en el primer semestre, invitó a un mercado de pases más movido. De Uruguay llegaron Leonardo Martins, pivote, y Óscar Quagliatta, delantero. Además, ante la salida de Martínez aterrizó Óscar Álvarez y también se sumó Martín Zapata. Otras salidas y refuerzos desde la cantera configuraron una plantilla corta, de apenas diecinueve efectivos, para una temporada que de llegar a buen término significaría jugar sesenta partidos. ‘Pecoso’ se atrevió. Durante los primeros compases del nuevo torneo, Castro mantuvo su idea de un rombo que coronaran Bonilla, Pareja y Mafla, no sin antes regalarnos un clásico en el Pascual ante el América en el que alineó a Estrada-Bonilla-Pareja-Quagliatta en el mediocampo y en el que pudimos a observar a Víctor ir a recoger el balón del central como si fuese un mediocentro de escuela. Fue 1-0 para los ‘Diablos’, marcador que se repetiría, pero a la inversa, en la fecha 16, la de derbys, celebrada mes y medio después. Ese día la alineación de ‘Pecoso’ fue la del equipo campeón: Calero; Oliveros, Pérez, Palacios, Botero; Zapata, Estrada, Pareja, Mafla; Escobar (Bonilla), Ricard.

A partir de ese momento, el Cali no paró. Terminó el torneo apertura como líder con treinta y siete puntos, invicto de local y con cinco puntos más que Nacional. Al final del clausura, también sería líder con sesenta y tres puntos, ocho más que América, y se alzaría con cien puntos en la reclasificación, quince más que el segundo. Era campeón a todas luces, el equipo que mejor jugaba, pero todavía haría falta el cuadrangular semifinal que lo enfrentaba a América, Unión Magdalena y Once Caldas. Clasificó segundo, detrás de su rival de patio que había acelerado el ritmo y al final volvería a la final de la Copa Libertadores. En el cuadrangular final se encontraría con Millonarios y Nacional, además de con el equipo rojo. Ahí fue cuando lo hecho en todo el año sirvió. Las bonificaciones desempataron la serie ante Millonarios, que también sumó doce puntos en el cuadrangular. El 4-1 a los azules en Cali hablaba de que el equipo de ‘Pecoso’ era, simplemente, mejor. 121 goles, récord absoluto, fueron el balance final del Cali 95-96. Campeones veinticuatro años después.

El Cali 95-96 es, sin duda alguna, la obra maestra de ‘Pecoso’ como entrenador. Un equipo que se elevó los valores futbolísticos a los que aspira Castro. El ‘rombo mágico’ en su esplendor. El zurdo Andrés Estrada cerraba atrás, Martín Zapata lo hacía por derecha, mientras que por izquierda se ubicaba Pareja y en la mediapunta Mafla. Era un decir. Los vértices se movían con libertad y flexibilidad a un ritmo cadencioso de balón, un ritmo de salsa. Pareja era el organizador, un futbolista opacado por el esplendor de Valderrama, pero que en su momento fue un enganche de culto en Colombia. Pequeñito, creativo, sacrificado y cerebral. Juntaba y creaba para que arriba Mafla, Bonilla y Ricard destaparan con su talento y picardía las defensas contrarias. ‘Guigo’ nunca jugó tan bien como ese año. Era libre para caer a las bandas y atacar el área, para sacar a bailar su zurda venenosa con centros y remates que significaron muchos del más de centenar de anotaciones de esa temporada. Fue el goleador del equipo, el hombre encargado de acelerar y verticalizar las jugadas que tejía Pareja. Bonilla era el mago. Asentado como delantero mostró su mejor cara: driblador, asociativo y letal. Solía juntarse con Pareja y Mafla para crear goles maravillosos y llegó a jugar incluso en la posición de Mafla, pasando este al interior o cuando no estaba. Escobar y Ricard eran más matadores. El primero con desmarques largos y potentes que llamaron la atención de la selección; el segundo con un juego clásico de ‘9’, luchando con los centrales, fijando el área y con remates de bella factura que terminaban en gol. Era un Cali que jugaba con prisas muchas veces, enviando balones largos a los delanteros. Querían atropellar y eran arrolladores cuando Ricard bajaba el balón y la corte de Mafla lo jugaba. Los laterales subían, pero nunca alcanzaban a llegar porque los pistoleros Mafla, Bonilla y Ricard acababan las jugadas en un santiamén. Y cuando no, estaba Pareja para calmar, acercar y templar el partido con su magia y sapiencia. Atrás, el dúo Estrada-Zapata otorgó el equilibrio y sacrificio defensivo que había faltado en el primer semestre. Y en portería, Miguel Calero: el mejor portero del país en ese momento por delante de Higuita, Córdoba o Mondragón.

El torneo más largo del mundo, La Libertadores 97′ y Carlos Valderrama

Para la siguiente temporada, la Dimayor echó reversa a su decisión de adecuar el campeonato a las fechas europeas y estableció un torneo de año y medio de duración que menguó y lastró al Cali que se preparaba para su regreso a Libertadores. Durante el primer semestre, el equipo jugó bastante bien y logró mantener a todas sus estrellas con alguna que otra baja de menor calado, siendo la más importante la de Botero, en franca pelea con ‘Pecoso’, y el alta del ‘Pelusa’ Pérez, además del regreso definitivo de Arley Betancourt, que se había perdido el grueso del torneo anterior por su sanción de cuarenta fechas en los Juegos Panamericanos. El objetivo del equipo era la Libertadores del 97′, la obsesión eterna del club, pero eso no significó que dejaran de lado el torneo local. Aunque bajaron su promedio de puntos, lograron mantenerse en la parte alta de la tabla, peleando con Nacional por ser el escolta de un América de Cali intratable por su nivel defensivo que terminaría esa temporada como campeón.

Los meses fueron pasando y poco a poco a Cali fueron llegando refuerzos para jugar la Copa. El más rutilante fue el regreso de Carlos Valderrama en octubre del 96′ con treinta y cinco años a cuestas. Hacía poco más de doce meses había liderado al Junior campeón del 95′ y a finales del 96′ sería tercero en la votación a Rey de América. El impacto social y futbolístico fue inmediato y el Cali jugó sus mejores partidos de la 96-97 en ese intervalo entre el fichaje de Valderrama y el inicio de la Copa Libertadores. Pronto empezarían los problemas. Valderrama, aunque genial e increíble, representaba de cierta forma un obstáculo para el fútbol que practicaba el equipo campeón. Incluso en el Estrada-Bonilla-Pareja-Mafla de principios, ‘Pecoso’ sabía que en su mediocampo todos iban a correr. La llegada del magistral enganche significaba que uno de los cuatro de la mitad no lo haría. ‘El Pibe’ tenía ya una edad considerable y un status que le permitía ahorrarse carreras a cambio de otras cosas que valían mucho más la pena, pero para ese Cali, que verticalizaba tanto y se sometía a contragolpes, generaba un conflicto. Además, sin Botero, el lateral izquierdo se convirtió en un problema defensivo. El Cali tenía huecos en su sistema y los estaba pagando. Para jugar La Libertadores tocaba maniobrar. A pesar de la multitud de refuerzos de jugadores de la talla de los nombrados Valderrama y Pérez, o Tilger, Bedoya, Yepes o Álex Fernández, ‘Pecoso’ decidió tomar el mismo camino que su maestro Bilardo había tomado en 1986 cuando decidió abandonar su rombo de mediocampistas tocones por un 3-5-2 que poblara el mediocampo, recubriera la defensa y dejara espacio para que sus atacantes marcaran la diferencia. El Cali comenzó a organizarse de esa forma, con tres centrales que solían ser Palacio, Fernández y el canterano Mosquera, dos carrileros-volantes, ‘Pelusa’ Pérez por derecha y Andrés Estrada, que había sido el parche solución como lateral izquierdo para darle cabida a Valderrama en el rombo, por la siniestra, Martín Zapata de mediocentro y más adelante cuatro entre Pareja, Valderrama, Mafla, Bonilla, Ricard, Escobar, Betancourt, Tilger y los canteranos Mina Polo, Candelo, ‘Babilla’ Díaz, Castillo o Echeverry.

Si el cambió resultó es algo que nunca podremos saber porque el fútbol poco importó en esos meses de 1997. Algo dentro del grupo se había roto. Eso que no estalló en 1995 ahora sí lo había hecho. Botero se había ido por problemas por ‘Pecoso’, Ricard decía que con alguien así era imposible trabajar, Iván Restrepo y Gerardo Bedoya se sentían maltratados, Víctor Bonilla no quería jugar de mediocampista y ‘Guigo’ Mafla estaba gordo. El sueño de unir el fútbol de la 95-96 con la lumbrera de Valderrama para ganar La Libertadores se esfumó rápido. Cali quedó eliminado en una fase de grupos en la que clasificaban tres equipos de cuatro justo antes del inicio del cuadrangular semifinal que daba un cupo a la final de diciembre. Aunque ‘Pecoso’ tenía contrato hasta el 30 de junio, era vox populi que con el regreso de Humberto Arias a la presidencia el nuevo entrenador sería Reinaldo Rueda. En el cuadrangular, ‘Pecoso’ poco pudo hacer para salvar su puesto con una sola pírrica victoria ante Nacional y una dolorosa derrota 3-0 ante el América. Su contrato no fue renovado y el primero de julio, Rueda cogió las riendas de la dirección técnica.

El primer ciclo de ‘Pecoso’ duró dos años y medio en los que dejó una huella profunda en la institución. No sólo por el título después de dos décadas de fracasos, sino por todo el trabajo que hizo con los futbolistas que tuvo a su disposición. Varios de ellos dieron su mejor nivel como futbolistas bajo su mando y dio pista a una generación de jóvenes futbolistas que luego darían el título del 98′, llegarían a la final de La Libertadores 99′ y que en el peor de los casos serían futbolistas que triunfarían en la primera división del fútbol colombiano, con el Cali u otros equipos, y que en el mejor llegaron a ser rutilantes figuras mundiales como Mario Alberto Yepes, a quien ‘Pecoso’ trajo de Tuluá y lo hizo debutar, como mediocentro, en el Deportivo Cali.

Homo Ludens; DIM 1998 y Cali 2002

Giovanni Hernández, la vena más artística

No tardó mucho tiempo fuera de los banquillos. ‘Pecoso’ llegó a Medellín para tomar las riendas del DIM en enero de 1998. El equipo paisa venía de quedar último en el Torneo Adecuación de 1997 bajo la dirección del extravagante Zlatko Petrovic. Medellín fue para ‘Pecoso’ una oportunidad perdida. En el desarrolló el fútbol más artístico que haya practicado alguno de sus equipos y tenía carrera de campeón hasta que líos extradeportivos truncaron el sueño.

Para empezar, en Medellín estaba Giovanni Hernández. El volante vallecaucano ya había destacado con el América de Cali y de hecho había sido lo más destacable del DIM en la pésima campaña de finales de 1997, pero sería con ‘Pecoso’ con quién explotaría. La Dimayor había agotado su idea de unir los calendarios de Colombia con el Europeo y para la Copa Mustang de 1998 se volvía al torneo con año calendario, con la adición de que si los partidos terminaban en empate estos se definirían desde el punto penalti y el ganador obtendría una unidad extra. La etapa de ‘Pecoso’ no arrancó sin polémicas. Desde su arribo, encontró oposición. Héctor Mario Botero, uno de los jugadores más querido por la hinchada del club, se plantó ante los directivos con un “o él o yo” que terminó con el lateral izquierdo fuera de la entidad roja de Antioquia. A Botero lo siguieron más y el DIM terminó reconfigurado su nómina de cara al torneo del 98′. La base de los fichajes fueron tres jugadores que en su juventud ‘Pecoso’ había formado en su paso por Envigado: Sergio ‘Jeringa’ Gúzman, central, y los mediocampistas Juan Carlos Ramírez y Édgar ‘Panzer’ Carvajal. Además de ellos, los delanteros Luis Zuleta, internacional por Colombia en la Copa América de 1987, Julián Vázquez, el volante ofensivo ‘Pacho’ Wittingham, el jovencísimo lateral izquierdo Roberto Carlos Cortés, el mediapunta antioqueño Darío ‘El Chusco’ Sierra, el veterano portero Jorge Rayo y el lateral Wilson Pérez también llegaron al club.

Aun con Giovanni, la plantilla del DIM quedaba corta de calidad si se comparaba con la de los clubes más grandes. Esa situación cambiaría a lo largo del torneo con al llegada de fichajes de relumbrón que ayudaron a que ‘El Poderoso’ luchara por el campeonato cuando en enero no tenía perspectiva de hacerlo.

Adolfo ‘El Tren’ Valencia se había ganado fama de flojo y problemático, de tener actitud de estrellita y de renegar de ser suplente. Pese a las advertencias, ‘Pecoso’ insistió en su fichaje. Ad portas del mundial del 98′, Valencia quería hacer parte de la convocatoria de la selección y a ‘Pecoso’ le hacía falta dinamita ofensiva en su equipo. El trato fue que Castro le haría recuperar el nivel para que fuese tenido en cuenta por ‘Bolillo’ Gómez y Valencia respondería con trabajo y goles. El matrimonio funcionó. En las dos primeras fechas Medellín sólo había sumado un empate, a pesar de que Giovanni estaba encendido. Faltaba pólvora arriba. En su debut, Valencia anotó un gol tras antológica jugada de Hernández que en el balcón del área pisó el balón un par de veces, guardó la pelota, se fue a la izquierda, amagó con pasarla a banda y de cachetada sin mirar, a lo Magic Johnson, habilitó a Valencia para que este anotara. En el postpartido, ‘El Tren’ se deshizo en elogios para su joven compañero, halagando su creatividad y destacando que con jugadores como él los delanteros tenían que estar más atentos por su capacidad de inventiva y que eso le caería muy bien a la selección.

Después llegó Héctor Mario Núñez, un delantero argentino espigado, profundo y fulminante. Incluso con la llegada de Valencia, Medellín todavía tenía problemas para traducir el caudal creativo de Giovanni en goles. Para ese entonces jugaba con un rombo formado por Ramírez-Carvajal-Wittingham-Hernández y en delantero ‘El Tren’ rotaba con Zuleta y Vázquez, entre otros. Faltaba contundencia y velocidad al espacio. Eso fue lo que dio el argentino. Entre él y Valencia anotarían más de cincuenta goles al finalizar el año. Con su llegada, el DIM arrancó una serie de victorias que pusieron a funcionar la máquina.

Faltaba la cereza del postre. En marzo fue anunciado con bombos y platillos el fichaje de John Mario Ramírez, el mítico enganche bogotano: técnico e inteligente, pero peleón, lento y con tendencia a desaparecer. Ramírez ya había debutado con la selección, pero llevaba seis meses sin estar entre los nombres que manejaba ‘Bolillo’. Peleón, osado y sabiéndose muy bueno, en su presentación Ramírez mandó un recado a Gómez: “Si yo fuera paisa ya tendría mi cupo asegurado en la selección. Más que el de ‘El Pibe’… así funcionan las cosas”. Con dos futbolistas locos por ganarse el favor del seleccionador, un argentino que complementaba el fútbol de los suyos y Giovanni Hernández inspirado, el DIM ofreció un espectáculo de calidad altísima durante varios meses.

Es la versión más estética que haya creado ‘Pecoso’. Wittingham dio paso a Ramírez y Núñez y Valencia se establecieron como la mejor delantera del rentado. Y coronando el rombo, Giovanni Hernández, homo ludens. Con veintitrés años, Giovanni estalló en un festival de fútbol de hechicería lleno de túneles, tacos, pisadas, slaloms, conducciones vertiginosas y cualquier truco con la pelota que uno pudiera imaginar. Su cuerpo de hule y su técnica sublime esquivaban defensas de las maneras más heterodoxas. Sus pases sin mirar se convirtieron en marca registrada y de sus pies nacieron los más preciosos pases para que Núñez y Valencia inflaran las redes. Él mismo se reportó varias veces con disparos combados que entraban en el ángulo. Valencia, Núñez y Ramírez le seguían el juego con paredes, taconazos, desmarques y regates que conjugaban en el último tercio de campo para desmán desesperanza de los rivales regados en el suelo y para furor del público. Roberto Carlos Cortés llegaba hasta línea de fondo por la izquierda y centraba para goles de los puntos. Lo hacía porque, a diferencia del Cali, Medellín sí se pasaba el balón con más cadencia, pausa e impulso creativo, con cadenas de pases más largas y variadas que se rompían con los regates verticales de un Giovanni Hernández extraordinariamente ofensivo. Por el otro lado, Wilson Pérez se metía al medio campo como un quinto mediocampista, dando pista libre para las profundas caídas de Héctor Núñez a la bada que armonizaban perfecto con la sinfonía roja que comandaba Hernández.

Cuando iban embalados por el campeonato, cayó la noche. En ese entonces el DIM estaba presidido por dirigentes de negocios oscuros y ética dispar que usaron al club para enriquecerse lavando activos a costa del dinero de las transferencias y de los salarios de los jugadores. Pasado el entusiasmo mundialista, John Mario Ramírez no tenía nada que perder y lideró una huelga que se le plantó a los directivos en busca del pago de las acreencias vencidas. El resultado fue un despido masivo de jugadores y del cuerpo técnico bajo la excusa de haber auspiciado actos de indisciplina. Una puñalada al fútbol.

Deportivo Cali 2002

‘Pecoso’ volvería a encontrarse con el Cali y con Giovanni Hernández en 2002. Para ese entonces, Giovanni ya no era el futbolista casi juvenil sino que era ya oficiosamente el heredero de Carlos Valderrama en la selección y una figura continental. El Cali, por su parte, venía de hacer una inversión histórica de cara a la Copa Libertadores 2001 con la que armó un dream team nacional reminiscencia de los que conformaba el América en la década de los 80’s y que fracasó pues no consiguió ningún título. El torneo colombiano ya había mutado a jugarse de forma semestral, lo que no daba manga ancha a los entrenadores. ‘Pecoso’ lo sufrió.

El Cali que dirigió contaba con una nómina de muchísima calidad, especialmente en la parte ofensiva. Como en la 95-96′, ‘Pecoso’ optó por un rombo flexible para explotar la calidad de sus futbolistas. Su batería de delanteros, en la que se encontraban jugadores a los que él había hecho debutar en su primera etapa, contaba con futbolistas veloces, hábiles, profundos y goleadores que cazaban a la perfección con su ideario futbolístico. Amparado en Hernando Patiño y Felipe Arce como vértices más defensivos, ‘Pecoso’ montó un ataque de calidad que barrió en el todos contra todos con un promedio de dos goles por partido y varias goleadas en su haber, como un 3-0 al América con dos goles de Leonardo Mina Polo y uno de Carlos Castillo, la dupla de delanteros más habitual. Cada uno sumó once goles, mientras que Giovanni Hernández sumó 9. El Giovanni que se encontró ‘Pecoso’ era diferente al que había entrenado en el 98′. Se trataba de un futbolista más cerebral y pausado, más tiempista y menos vertical y ofensivo. Lo puso de interior izquierdo y solo visitaba la mediapunta cuando ‘Pecoso’ se decidía a resguardarse con tres futbolistas más trabajadores detrás de él (Arce, Hernando Patiño y Jairo Patiño). La mediapunta era más para Elkin Murillo, un delantero de piernas flacas y tranco largo que con carreras de muchos metros, caídas a bandas y disparos combados se convirtió en el sello estilístico del equipo.

De todas formas, el Cali que había quedado primero gracias a un valor goleador que superaba hasta por veinte goles el de sus principales perseguidores, Santa Fe y Nacional, se desplomó en el cuadrangular semifinal. Dos victorias, dos empates y dos derrotas, en las que se cuenta el famoso 6-0 que le propinó el Unión Magdalena en Santa Marta, lo clasificaron tercero por detrás del propio Unión y de un Nacional invicto que terminaría siendo subcampeón tras perder en la final ante el América de Cali de Jaime De La Pava.

Su segundo hogar

Fernando Castro dejó una larga lista de primogénitos. Todos, pero todos se parecen a él. Honorables, siempre honorables. Enojosos, gruñones, insufribles. Irritantes e irritables. Pero humildes, muy humildes. Emotivos hasta la lágrima. Melancólicos: siempre con nostalgia del pasado. Los retoños del ‘Pecoso’ tienen un poco de todo de él. Entre ellos, Independiente Santa Fe fue una historia aparte.

En su primera reunión comitiva, Fernando Castro entregó un papel a cada uno de los dirigentes del club para que anotaran su formación ideal, advirtiéndoles que aquella sería la última vez que lo harían. Así empezó a quitarle al equipo esa túnica sombría y anticuada. De repente Santa Fe se empezó a vestir de honor. Así lo eligió ‘Pecoso’.

Pero hay otras cosas que no se eligen. Nadie elige perder. Y en 25 años, Santa Fe había perdido mucho. Perdió a sus estrellas en 1988 a manos del América de Cali: Eduardo Niño, Wilmer Cabrera, Raúl Balbis, Sergio Angulo y Freddy Rincón. Perdió la Copa Conmebol en 1996 ante Lanús. Luego en 1999 perdió la Copa Merconorte nuevamente ante el América de Cali. Perder no era noticia.

Y ‘Pecoso’ dijo basta. A su llegada Santa Fe acumulaba 7 meses sin ganar en casa. ‘Pecoso’, lejos de escudarse en justificaciones, señalaba públicamente al equipo, como haciendo de primer enemigo a superar. Todos querían oírlo hablar. Nadie quería perderse ni un minuto de aquel eterno inconforme pero romántico hombre que pedía más atención para los juveniles bogotanos. Sonaba a locura en una ciudad donde Alfonso Cañón había sido una excepción. Nadie entendía pero nadie lo contrarió. Porque aunque parecía un cascarrabias inaccesible e improbable motivador, al siguiente domingo su equipo saltaba a la cancha envuelto en confianza.

Se ganó la confianza de todos. La de Aldo Leao Ramírez, que progresaba a pasos agigantados; la de ‘Guigo’ Mafla, que reencontró con su mejor versión; y la de Léider Preciado, que andaba dulce con el gol. Al final ‘Pecoso’ se quedó sin el título del año 2000 pero había convencido a todos de que la suya era la manera: el respaldo a los jugadores de la casa, la vergüenza propia para vestir de cardenal y un espíritu aguerrido incuestionable.

Fue un amor corto pero intenso. Fernando Castro protagonizó una historia inolvidable. Santa Fe perdió una vez más, pero esta vez fue digno hasta el final. Aquel primer diciembre del nuevo siglo Santa Fe fue como Fernando Castro, y Fernando Castro fue como Santa Fe.

Un jalón para ganar

América de Cali 2002-2003

El Monumental de Núñez explotaba. El escenario de River Plate se presentaba como siempre aterrador. Mucho había pasado con el América de Cali antes de llegar a esos cuartos de final de la Copa Libertadores de América. Pero ahí estaban, con las piernas temblorosas y la fe de que la hazaña era posible.

Ese día Fernando “El Pecoso” Castro parecía por fin haber encontrado el equipo ideal. Ése con el que soñaba todas las tardes después de los entrenamientos. Pero no fue fácil darse cuenta de eso. El primer tiempo fue una pesadilla para los jugadores americanos. River Plate jugaba a su antojo, y el único que estaba presente era Róbinson Zapata. Rufay Zapata: nombre copero que lleva a todos los que hemos seguido de cerca las participaciones de los equipos colombianos en la Libertadores a recordarlo en distintos equipos y en fases decisivas. En principio su titularidad estaba postergada por la presencia de Julián Viáfara, pero con el paso de los partidos Zapata se la ganó a pulso. Atajando en momentos decisivos y significando en octavos de final la clasificación a la siguiente ronda. Castro encontró en Zapata la seguridad en el arco. Y empezó a buscarla en los centrales. Cierto es que en el primer partido copero, el América de Cali recibió golpes certeros por parte del Santos de Brasil. Fueron cinco puños llenos de anestesia, que lo tiraron al suelo y que llenaron de dudas los despachos del equipo caleño.

‘El Pecoso’, fiel a su estilo efusivo, salió frente a la prensa y aseguró que su equipo perdió, sobretodo, por culpa de los dos centrales: Pablo Navarro y Luis Asprilla. Lo interesante de esta anécdota está en la respuesta de Navarro, para quien el verdadero responsable fue Castro por darle tanta salida a los dos laterales: Rubén Darío Bustos e Iván López. No era para nada descabellado lo que decía el central. Ese América de Cali le daba a sus laterales un rol importantísimo, sino el más, en las partituras compuestas por Castro. Él los quería siempre pasando por el lado de los volantes, los quería metidos en el campo rival, siempre llegando con sorpresa y con la puntería necesaria para darle un balón limpio a su hombre de área: Julián Vásquez. Pero la Copa, siempre difícil, le fue mostrando a Pecoso lentamente el equipo ideal. Al igual que lo sucedido con Zapata, Kilian Virviescas empezó en la banca y después logró quedarse con el puesto que le pertenecía a Iván López. Virviescas representaba todo lo que Castro pedía de sus laterales: velocidad, cualidades de desborde y un pie con buen tacto para los centros. En esa llave de cuartos de final los volvió locos a todos. En Argentina los periodistas se rendían ante el juego individual que tenía Kilian y en el Pascual Guerrero, antes de ser expulsado, la banda izquierda era una carril que utilizaba a su antojo. Por la otra banda estaba Bustos, sin la velocidad de Virviescas pero tenía algo que valía por encima de todo: un pie muy sutil. Sus centros y sus tiros libres eran una delicia, un lujo que los delanteros esperaban con ansias.

La primera fase de la Copa fue bastante sufrida. No lograron mostrar un fútbol brillante. El América estaba en un grupo con Santos, Nacional de Ecuador y 12 de Octubre. Clasificó segundo después del equipo brasileño con 10 puntos, y su rival en octavos era Racing Club de Avellaneda. El Tigre Castillo había estado ausente en esa primera ronda y el equipo lo sentía. Sin embargo, a su regreso, Castro hizo un movimiento llamativo con él: lo puso de volante  y dejó en punta a Julián Vasquez y a Leonardo Fabio Moreno. Al Pecoso le gustaban los jugadores con las características del Tigre. Con Castillo, Pecoso pretendía una mayor dinámica, y que a través de su cambio de ritmo y sus zancadas largas desajustara los esquemas defensivos contrarios. Es por eso que contra Racing jugó ahí, partiendo desde el mediocampo. En esa llave el América era un equipo de polos opuestos. Por izquierda todo era velocidad y regate. Virviescas y Castillo no pensaban mucho, siempre iban hacia adelante como alma que lleva el diablo. Por el sector derecho la cosa era distinta. El volante de aquel sector era David Ferreira, un tiempista. Mientras por la izquierda se pregonaba la adrenalina, por la derecha se conocía el idioma de la construcción con paciencia.

En el Pascual las cosas quedaron igualadas a un gol. Este América tenía un arma vital, sobretodo en partidos tan cerrados: el balón parado. En la fase de grupos había abierto los partidos por esa vía y frente a Racing lo haría otra vez. Centro de costado de Virviescas y cabezazo en el área de Banguero. El América de Cali de 2003 jugaba con dos volantes recuperadores: Fabián Vargas y Jorgue Banguero. Estos eran dos jugadores que Castro no tocaba nunca. Eran su espina dorsal, su garantía defensiva y que además le proporcionaban detalles en momentos cruciales de partidos: altura en los balones aéreos y disparo de media distancia en el caso de Vargas. El partido de vuelta fue pura angustia para los dos. Con el 0-0 se iban a penales y los dos equipos intentaron hacerse daño. Esa fue la noche de Zapata. Lo atajó todo, absolutamente todo. Y a pesar de cerrar el arco durante 90 minutos, era inminente la definición desde los 12 pasos. En la tanda de penales Zapata atajó uno y después cobró el que selló la clasificación a cuartos de final. Actuación de culto la del arquero.

No obstante, esa fatídica noche del debut frente al Santos quedó guardada en la memoria de Castro. El azar no es algo que haga parte del idioma del Pecoso y frente al ataque de River Plate, rival en cuartos de final, él sabía que tenía que hacer cambios en su esquema. Las bandas, lo tenía claro, eran la forma de hacerle daño al equipo dirigido en ese entonces por Manuel Pellegrini. Pero por sobre todas las cosas había que desconectar al cerebro del equipo con su delantero. D’alessandro y Cavenaghi no podían encontrarse con el balón. Esa noche en el Monumental Castro pobló el mediocampo. Jugó con cinco volantes, Banguero y Vargas por dentro, Bustos y Virviescas por fuera y un poco más libre David Ferreira. Adelante tenía al Tigre Castillo y a Julián Vásquez y atrás, para compensar ese reclamo que había hecho Navarro después de ser humillados por Santos, puso tres defensores centrales: Asprilla, Tierradentro y González.

El primer tiempo las piernas le temblaban a los jugadores del América. El Pecoso estaba desesperado desde el banco pero Zapata mantenía al equipo vivo. En el segundo tiempo todo cambió. América se adueñó del partido, los laterales pisaban una y otra vez el área y el olor a gol era cada vez más fuerte. Castro había hecho bien, una vez lograron desconectar a D’alessandro y los laterales se soltaron, el América sometió a River Plate. Era el minuto 90 y el América estaba llevándose un empate valiosísimo frente a River Plate. Un empate que igual sabía mal, porque el equipo caleño había jugado mejor que su rival y había tenido, en el segundo tiempo, varias opciones para irse a Cali con un resultado a favor. Pero el fútbol es caprichoso y en la última exhalación del partido, desde un tiro de esquina, River se llevaba un triunfo inmerecido por 2-1.Con el mismo esquema el América se presentó en el Pascual Guerrero y le plantó cara a un River Plate lleno de estrellas.

Esa noche el equipo de Castro ponía sobre la mesa su candidatura irrevocable como un serio candidato al título. Ganó 4-1 en un partido tácticamente magistral. Ese fue el partido más brillante de la era Castro en el América de Cali. Una vez instalado en semifinales su rival era otro grande argentino: el Boca Juniors de Carlos Bianchi.En la Bombonera el equipo se salió de sus cabales. Castillo se fue expulsado por una agresión y ante la ausencia de Virviescas, expulsado en la llave anterior, el equipo nunca encontró la forma de hacerle daño al Xeneize y se fue dos goles abajo.En Cali, con el afán de hacer un gol rápido para montarse de nuevo en la llave, el equipo quedó descompensado en defensa y Carlos Tévez no perdonó. Después de eso ya no había forma de volver atrás. En el global de la serie, el América se llevó 6 goles y se despidió de la copa. Mucho tiempo pasaría para que el Pecoso volviera a dirigir en la Libertadores

El ‘Kínder del Pecoso’

Deportivo Cali 2015-2016

Labruna, Otero, Carreño y ‘Cheché Hernández’. Bernal, De La Pava y Cruz. Insúa, Comseña, Álvarez y Cárdenas. Todos estos fueron los entrenadores que desde 2006 intentaron, infructuosamente, volver a sacar al Cali campeón. Sólo tres títulos, el del 96′, el del 98′ y el del 2005, en treinta años son demasiado pocos para una de las instituciones más grandes del país. El Deportivo Cali necesitaba un cambio y volver a ser lo que era. Incluso los valores de la institución se habían desvirtuado y el equipo se había llenado de futbolistas mercenarios que llegaban a Cali a rumbear y no a jugar, valiéndose de un renombre ganado lustros atrás. Los futbolistas de la cantera eran carne de negocio y el hincha caleño poco podía disfrutarlos. Jugadores salidos de ‘El Limonar’ y llenos de calidad que llenaban listas de convocatorias de selección, pero que el Pascual ni Palmaseca pudieron verlos correr por el verde para dar títulos al club.

Hasta que volvió ‘Pecoso’. En su quinto ciclo con el club, Castro devolvió al Cali al lugar que le corresponde de la forma en la que se acostumbró. Necesitaban reencontrarse. Fernando llevaba diez años oscuros después de haber disfrutado de casi quince años de éxitos. Su nombre había dejado de sonar para los equipos grandes y su labor era esa que se le encomienda a entrenadores acabados: salvar clubes del descenso. Elkin Murillo lo había recomendado para el Quindío y por primera vez desde su paso de Santa Fe, ‘Pecoso’ estuvo más de una temporada en un club. Fue el primer aviso. Luego, en Huila, formó uno de los equipos más carismáticos del fútbol colombiano impulsado por un ataque fenomenal que inmediatamente pasó a las filas de los equipos poderosos del país. ¿Y ‘Pecoso? Al Cali.

El proyecto deportivo volvió a encausarse bajó los lineamientos de épocas gloriosas. Gente de la casa, extranjeros que de verdad marcaran la diferencia y un juego ofensivo enmarcado en los valores del bilardismo. ‘Pecoso’ volvió a ampararse en su rombo para darle fútbol a su equipo, pero en un principio no funcionó del todo bien. Para empezar, este Cali era, de los tres que dirigió, el de menor nivel individual contrastado. Había jugadores que no tomaban decisiones y otros a los que, simplemente, el nivel no les daba para sumar de la forma en la Castro les pedía. El Cali era un equipo exageradamente lento y rígido, dos cosas totalmente contrarias a lo que siempre habían sido los equipos de ‘Pecoso’. El mediapunta Yerson Candelo, un jugador que había jugado toda su vida en la banda, desde el lateral hasta el extremo, no se encontraba cómodo en su nuevo hogar. No sabía por donde moverse ni que esperar de él. Era la primera vez que le pedían algo que no fuese correr, regatear y centrar. ‘Pecoso’ veía en él el Mafla o el Murillo de sus anteriores etapas. No se equivocó. En cuanto Candelo entendió su rol, el Cali metió una marcha más. Candelo comenzó a escorarse ligeramente sobre su derecha para encontrar recepciones. Se convirtió en referencia en salida de balón y su posicionamiento aceleró las cosas. El balón se movía más rápido porque tenía un plan seguro sobre el que trazar su trayectoria y los delanteros del Cali quedaban activados gracias a la técnica de Candelo, que le permitía tener un control preciso del balón y sumar lanzamientos punzantes que explotaran los desmarques de los atacantes. Pero quien más lo disfrutó fue Helibelton. El lateral derecho es un velocista tremendo que puede apabullar por pura potencia. Candelo le dio un sentido a esas cualidades: mientras el aglutinaba balón, Palacios le debía doblar a toda velocidad por la banda. Eso atraía marcas lo dejaba más libre y le daba un socio en la banda que le devolviera el balón cuando arriba no había receptores.

Y llegó Borré. Después de destacar en el Juventud de América, Borré llegó tocando la puerta con cautela, a sabiendas de que tenía calidad para ser titular, pero conociendo que los tres delanteros disponibles tenían el mismo panorama. Luego, cuando jugó, la tumbó. Si el Cali había ganado una marcha más con Candelo, con Borré ganó todas. Rafael con sus movimientos inteligentes y llenos de veneno telegrafiaba por donde debían ir los ataques del Cali de modo que fuesen capaces de superar las defensas contrarias. Además, bajaba a asociarse y aunó una cuota de gol que en sus momentos de inspiración le sirvió al Cali para vencer a cualquier equipo. Los golazos, los desmarques, los pases, los controles. Borré fue destapándose como una matrioska, mostrando cada vez un truco nuevo, una virtud más. El Cali prendió la máquina y se clasificó tercero a las eliminatorias del octogonal final.

En la fase final, perdió a su estrella. ‘Pecoso’ tuvo que remar sin el futbolista que lo había llevado hasta donde estaba. Borré se fue a disputar el mundial juvenil y ‘Pecoso’ se sacó de la manga a Casierra, Benedetti, Roa y Balanta. Chicos jóvenes que no desentonaron y, aunque el Cali disminuyó la calidad de su fútbol, lograron hacer menos evidente que Borré no estaba. Preciado, además, se destapó como goleador consumado y tras vencer a Nacional, Millonarios y Medellín, el Cali volvió a ser campeón.

La vida sin fuego

Nueve años atrás, ‘Pecoso’ había logrado mantener a todos sus futbolistas importantes en el equipo. Pero en pleno 2015, Candelo emigró a México y Borré firmó por el Atlético de Madrid, quedándose en Cali para disputar la Libertadores 2016. Eso fue un peaje insalvable para el verde. Sin Candelo se habían quedado sin lanzador y toda la salida de balón la tenía que ordenar Borré desde la delantera. Eso cuando estaba. Su fichaje por el Atlético significó una preparación física de cara al fútbol europeo que aumentó la frecuencia de sus lesiones. Borré se perdió muchos partidos y el Cali se encontró en un laberinto de problemas. En la mediapunta no había ningún futbolista del gusto de Castro. Intentó que Roa lo fuera, pero el atlanticense, a pesar de una conducción de calidad, no es ese futbolista. El Cali era más lento que nunca y esa lentitud, incapaz de incordiar rivales, desenmascaró un sistema defensivo con agujeros terribles y totalmente expuesto a contragolpes. Los marcadores seguros del primer semestre se transformaron en defensas transparentes y los dos especialistas del medio, Pérez y Balanta, dejaron de ser seguros y se les vio la edad a ambos. Atrás Hernández y arriba Preciado mantuvieron el sueño del bicampeonato vivo hasta los cuartos de final donde Nacional los eliminó.

El último sueño

Para la Libertadores 2016, ‘Pecoso’ tomó nota. En el campeonato anterior la única solución táctica que había encontrado era la de poner a Borré de mediapunta. El barranquillero sí daba ese punto de verticalidad y fútbol que pide ahí Castro, pero a costa de perder su efecto en el área y sin ganar último pase, factor en el que Borré todavía está verde. Por eso llegaron fichajes que reforzaran el mediocampo como Godoy, mediocentro, y Sambueza, mediapunta.

‘Pecoso’ siguió apostando por el rombo y de hecho como primera medida de contacto alineaba tres especialistas defensivos cuidando al mediapunta, pero el Cali cada vez perdía velocidad en su circulación y vivía de la contundencia de sus delanteros y la calidad de su portero. El Cali no andaba bien y, además, ‘Pecoso’ crispó el ambiente con declaraciones fuera de lugar que movieron ligeramente su silla. Los directivos lo apoyaron, pero los resultados mandaban. El Cali no estaba jugando bien. El paso siguiente fue darle cancha a la pareja Andrés Roa-Fabián Sambueza en Copa Libertadores. El ’10’ del Cali mostró una gran mejoría en su juego, muchas veces improductivo, y fue, junto con Borré, la figura del Cali en el torneo continental.

Roa desde su gambeta ahora picante y una movilidad que daba vida al Cali, y Borré desde su sabiduría futbolística y una presencia física nueva, daban pie a que el Cali atacara. Sambueza, en cambio, era el paradigma de todo lo bueno y malo del equipo. Fabián es un jugador de poca movilidad y lento para jugar, pero con toques de magia, mucha verticalidad, un golpeo que crea goles y el futbolista con mejor último pase del equipo. Borré y Roa producían fútbol; Sambueza y Preciado los goles. Sin embargo, no bastaba. Helibelton sin Candelo perdió el sentido de su juego y era un colador de todas las formas posibles. Los dos mediocampistas más defensivos nunca sumaron. Andrés Pérez, capitán y símbolo, jugaba en una parcela de cinco x cinco de la que no salía cuando la zona que defendía era de 10×10 o de 15×15 y, aunado a ello, perdió agilidad en sus movimientos y con balón se mostraba impreciso y torpe. No era muy distinta la situación de sus compañeros de zona, inexpertos muchos, y Godoy que nunca se aclimató ni a la ciudad, ni al equipo ni a nada.

En Copa Libertadores el equipo tuvo altibajos que en un apretadísimo grupo derrumbaron el sueño de ganar, finalmente, el máximo torneo continental. Tras un partido que pudieron haber ganado ante Boca Juniors, una goleada inesperada ante Bolívar puso en jaque sus aspiraciones. Luego, en el mejor partido del semestre, Borré y Roa pusieron condiciones contra un Racing que nunca pudo defender el fútbol del Cali. La pena es que Preciado no logró sumarse y el Cali erró goles y no tuvo la contundencia para liquidar el partido. Sus deficiencias defensivas hicieron mella y Racing arrebató un empate que dejó moribundo el proyecto de ‘Pecoso’, que murió definitivamente con las lesiones simultáneas de Borré y Preciado en el momento más álgido de la competición. La situación se hizo insostenible y finalmente Castro cedió su lugar para la llegada de Mario Alberto Yepes a la dirección técnica, con la esperanza de poder arañar un cupo en el octogonal.

¡’Pecoso’ es Wolverine!

Mercenario porque va a cualquier equipo y se deja la vida por quien lo contrate;

Iracundo porque lo ha demostrado más de una vez con su expresividad;

Y maestro porque su talante formativo y de mentor es fulgurante. A continuación una lista con las promesas más brillantes que pasaron por su cuidado.

Arqueros:

Robinson Zapata (América de Cali); José Fernando Cuadrado (Millonarios); Camilo Vargas (Santa Fe); Luis Hurtado (Deportivo Cali)

Defensas

Jorge Bermúdez (Quindío); Andrés Mosquera (Deportivo Cali), Mario Yepes (Deportivo Cali), Gerardo Bedoya (Deportivo Cali); Roberto Carlos Cortés (DIM); Jair Benítez (Santa Fe), Iván López (Santa Fe);  José Mera (Deportivo Cali); Rubén Bustos (América), Kilian Virviescas (América); William Tesillo (Quindío), Oscar Murillo (Quindío); Juan Sebastián Quintero (Deportivo Cali), Helibelton Palacios (Deportivo Cali)

Mediocampistas

Juan Carlos Ramírez (Envigado); Edison Mafla (Deportivo Cali), Arley Betancourt (Deportivo Cali), Mayer Candelo (Deportivo Cali); Giovanni Hernández (DIM); Aldo Leao Ramírez (Santa Fe); Jairo Patiño (Deportivo Cali), Jorge López Caballero (Deportivo Cali); Fabián Vargas (América), Harrison Otálvaro (América), Paulo Arango (América); Rafael Robayo (Millonarios); Daniel Torres (Santa Fe); Álex Mejía (Quindío); Jefferson Lerma (Huila); Andrés Roa (Deportivo Cali), Nicolás Benedetti (Deportivo Cali), Yerson Candelo (Deportivo Cali), Kevin Balanta (Deportivo Cali)

Delanteros

Néstor Salazar (Deportivo Cali), Víctor Bonilla (Deportivo Cali), Hamilton Ricardo (Deportivo Cali), Leonardo Mina Polo (Deportivo Cali), Jorge Díaz (Deportivo Cali); Julián Vázquez (DIM); Léider Preciado (Santa Fe); Giovanny Córdoba (Deportivo Cali); Juan Caicedo (Huila); Harold Preciado (Deportivo Cali), Mateo Casierra (Deportivo Cali) y Rafael Santos Borré (Deportivo Cali)

Autores

Federico Baraya

Juan Mercado

Ricardo Pinilla

Eduardo Ustáriz

Dirección artística

Eduardo Ustáriz

Montaje

Eduardo Ustáriz

Imágenes (Vídeo)

Archivo

Andrés Rivera Mejía

Eduardo Ustáriz

Ilustraciones

Eduardo Ustáriz

Post-Producción

Juan Mercado

Eduardo Ustáriz

Director de redacción

Juan Mercado

Dirección

Juan Mercado

Eduardo Ustáriz

Agradecimientos

Nelson Bobadilla, Alejandro Pino Calad, Wbeimar Muñoz, Sebastián Duque, Jairo Ramos, Jorge Gil, Karlz Villalba, Andrés García

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