Cómo no entrar en su vorágine. Es imposible resistir el canto de sirena de un equipo que incomoda y domina como Santa Fe. Este equipo es la historia de un viaje, uno al pasado, pero también es la historia de un regreso, del regreso al futuro. A este día. A días como estos, tal vez. Tres volantes intensos. Puro ritmo sin balón. La intención es hacer que el rival decida rápido, y con suerte, mal; y en la zona donde más importa robar el balón: en el centro del campo. A partir de ahí cazar las situaciones de gol que vuelan como mariposas esquivas en los aires de un partido de fútbol.

Una vez más, la rebeldía de Perlaza fue clave para el expreso

Baldomero Perlaza es la expresión más depurada del estilo, del ideal, de Santa Fe. No solamente porque entiende como ninguno lo que significa el cómo está jugando su equipo, lo que pide de él y la precisión con la que pasa el balón, sino porque se ofrece en horizontal, la más bella de las rarezas para un estilo tan definidamente vertical. Entre tanto, la dupla Gordillo – Salazar es la sangre que irrumpe descarada e incontenible, dominante desde la inundación que produce en el césped por sus innumerables piernas y los verdes territorios conquistados. Es como si el campo les quedara pequeño.

Los delanteros, los tres, se movieron tanto como necesitaba el equipo. La recuperación de la pelota era el disparo inicial de la carrera, eso sí, hacia adelante, como si en caballos y al mando de un ejército estuvieran decididos a destruir y arrasar. Impactante era también la velocidad de las ejecuciones ya con el balón. Dieron la impresión de una excitación que sólo es buena acompañada de sentido de la ubicación. Moverse, moverse rápido, sí, pero moverse bien. Cambiar algo con cada movimiento. Santa Fe lucha ferozmente contra la insignificancia, quiere que cada movimiento, cada segundo, cada metro ganado signifique algo, y algo palpable. Este equipo viajó a su pasado glorioso de intensidad, de ritmo y despliegue para asegurarse que en el futuro siga existiendo como la bandera de un estilo que busca conjugar un fútbol moderno con la ilusión siempre latente de hacer de la altura bogotana un factor insoportable.

Toda vez que Santa Fe estuvo obligado a estirarse, sufrió

El expreso rojo sólo se mostró vulnerable cuando el rival tuvo la paciencia suficiente para hacerlo estirarse una y otra vez hacia los costados, dibujando el mismo movimiento que un acordeón en las manos más hábiles. Emelec pudo salir del infierno que ardía urgente para encontrar brisa marina en las bandas, donde podía jugar hacia atrás y recomenzar. En todo caso, nunca fue una opción real de peligro para el cardenal, a lo sumo una llovizna en el árido desierto por el que transitó ayer el equipo eléctrico.

 

Fotos: JOHN VIZCAINO/AFP/Getty Images

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