Nacional quiere el balón. Lo mima, lo protege, lo trata con recelo desde el mismo momento en que departe de su portería. Toque a toque se va acercando a su anhelado destino: instalarse y jugar en campo contrario. Y hasta ahí todo parece color de rosas.

Sin embargo, para hacer de ese sello un método ganador se debe pagar un peaje que no está al alcance de cualquiera. La apuesta por encerrar al rival implica, necesariamente, autoimponerse situaciones con pocos espacios. Y sin espacios, las ideas, precisión y ritmo han de armonizar a un nivel considerable para desordenar rivales y traducir la posesión en goles.

Atlético Nacional dominó el balón sin hallar profundidad

América de Cali, haciendo caso omiso a los buenos resultados de los equipos que han presionado arriba a Nacional, propuso un partido abiertamente conservador que no fue menos obstáculo para el estilo verdolaga. Liderados por Elkin Blanco (mientras estuvo), los escarlatas oscilaron bien y le impidieron a Nacional la menor cantidad de recepciones de cara al arco en zonas prohibidas.

Ante tal escenario, la rotación de Jorge Almirón, que dio a Daniel Bocanegra como mediocentro único, no terminó de prosperar. Efectivamente Bocanegra conoce la posición, se ve cómodo jugando ahí, participa activamente en la circulación y ofrece pases seguros. Es decir, tiene todo el sentido como medida defensiva. Pero para hacer de su posición una verdadera figura de peso hace falta un mínimo de verticalidad en el pase que Bocanegra, al menos anoche, no mostró.

La poca profundidad de Nacional, eso sí, más allá de nombres propios, reside en su plan colectivo. Si bien Almirón viene dándole un peso importante a la bandas, el acumular tantos hombres en ellas cada vez que el balón pasa por ahí está reduciendo el ataque verdolaga al pase vertical, el cual no es precisamente difícil de defender. Ahí estuvo la agraciada noche de Helibelton Palacios, quien sí supo leer el partido, alejarse de la banda derecha (ocupada por Campuzano y Lucumí), ofrecer una línea de pase por dentro y, a punta de su característica explosividad, dar lucidez a Nacional en campo americano.

Vladimir Hernández sacudió el partido

La banda izquierda, en cambio, era la nada. Macnelly Torres fue profeta en el desierto, pues su lectura careció de respuesta en Rafael Delgado y Reinaldo Lenis, espesos devolviendo pases con intensión y ritmo. Por todo esto, el ingreso de Vladimir Hernández rompió todo. Con su hiperactividad y movilidad permanente, Nacional halló juego en una banda que no había pesado. Lo mejor: ‘Vlacho’ se desenvolvió sin espacios como ningún verdolaga había podido y desequilibró el partido. Una noticia mayúscula. Si su gambeta está como parece, será capital para la rentabilidad de la idea de Jorge Almirón.

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