El Fútbol Club Barcelona representa para el planeta fútbol mucho más que la súper élite. Desde hace décadas, el deporte rey ha visto a Can Barça convertirse en una suerte de Ágora, donde se mira de cerca su esencia, se aprehende, se reinterpreta y se idea un modelo de juego que sacuda sus reglas. Que el defensor sea el primer atacante y el atacante el primer defensor no es, como entendemos en este lado del charco, una arenga común, sino una deconstrucción real de los cimientos del fútbol puesta en marcha por el Camp Nou para ganar.

En Barcelona el fútbol se habla distinto, y Yerry Mina ha sido elegido como el primer colombiano aprendiz de la lengua. El central caucano tal vez no sea el más talentoso de los nuestros a día de hoy, pero Can Barça ostenta la facultad de ver el otro lado de las cosas. Así, la apuesta por él no se apoya en lo que es, sino en lo que puede llegar a ser. Si Mina logra hacerse camino en ese extraño planeta en forma de equipo de fútbol, para Colombia será como clavar su bandera en Marte.

Por excentricidad, Barcelona y Yerry Mina son tal para cual

Barcelona, a la manera del mercader colonial, asomó por la fauna sudamericana y se llevó seguramente a su central más exótico. Yerry Mina (1.95 metros) es un futbolista de carácter desbordante que toma riesgos que pocos con su altura se atreverían. Si en el punto de inflexión de su carrera —el título de Copa Sudamericana con Independiente Santa Fe— destacaba por su juego aéreo en ambas áreas, hoy Mina quiere hacer más cosas, involucrarse en más acciones y robarse los focos. Su personalidad salvaje ha protagonizado momentos tan inverosímiles como un gol a Uruguay con pelota jugada que dio vida a Colombia en la Eliminatoria.

Su cambio de chip tuvo lugar en su llegada al Palmeiras, un proyecto de campeón de Copa Libertadores con Zé Roberto, Felipe Melo y Miguel Ángel Borja, entre otros, cuya propuesta era dominar el balón y jugar en campo contrario. Más allá de las libertades que le proveía el sistema, Mina las asumió con gran personalidad una vez  supo la posibilidad de fichar por el Barcelona (hace más de un año) y desde entonces se propone hacer todas esas cosas que sabe que se aprecian en el Camp Nou.

Raseando la pelota, conduciendo, jugando a la altura del mediocentro y cerrando en situaciones extremas, Yerry Mina dio rienda suelta a un proyecto de central que antes ni se sospechaba. En su cabeza no hay límites: se siente capaz de todo. No obstante, así como su cabeza desconoce límites en ocasiones también parece desconocer el orden. Su inclinación por la acción más vistosa y no la más correcta nos habla de un jugador biche, o bien un afán por atraer cuanto antes la mirada de Ernesto Valverde. Sea como fuere, el gran reto que tiene por delante es madurar sin perder su valor añadido como futbolista: su carisma.

Mina llega al Camp Nou siendo un central por construir y definir

Con 23 años, es apenas normal que su fútbol también requiera pulirse y más si se trata de sumar temporadas en el Barcelona. A su atrevimiento conduciendo, que es lo más interesante que hace con la pelota y a lo que le ha sumado también pisadas y quiebres de cintura, deberá sumar también seguridad y sentido en el pase. Sus entregas son todavía sucias y no se traducen en las ventajas que sus conducciones, de un año para acá, sí le procuran. Si Mina está destinado a aprender en este apartado tendrá mucho que ver la escuela que tendrá por delante. La relación de los centrales blaugranas con el balón es tan íntima que Samuel Umtiti, en lo que va de temporada, promedia los 80 pases por partido: más del doble de los que da un interior de posesión en la liga colombiana como David Macalister Silva.

Caso aparte es la cuestión defensiva, donde nuestro protagonista no sólo está llamado a evolucionar varios escalones, sino a desaprender detalles muy arraigados a su fútbol. El más llamativo es su postura en los duelos individuales, donde suele anclarse aguardando al choque (materia en que se sabe vencedor) e ignora la posibilidad del regate.

El priorizar el robo de buenas a primeras sobre la gestión del espacio, en una zaga que cubre muchos más metros de los que ha cubierto Mina en su carrera, no es un dato menor. Y para Mina esto suele convertirse en un doble problema: además de permitir el regate, carece de velocidad suficiente para corregirse a campo abierto. En este sentido, Yerry Mina no es ni será ningún Javier Mascherano, a quien llega a remplazar.

Así como el entorno Barça es un reto, también es una ventaja

Dicho esto, lo más urgente para afrontar el reto que tiene por delante es conocerse, hacer consciente sus defectos y pulir esas virtudes que puedan paliarlos. La naturaleza lo ha bendecido con una talla privilegiada, y no está lejos de dominar en el cuerpo a cuerpo si suma la orientación y precisión de la que hace gala cada partido su nuevo compañero Samuel Umtiti. De igual forma, sus característicos achiques pueden pasar de ser meros arrebatos individuales a soluciones colectivas: ser puntual en la colocación como Thomas Vermaelen y temporizar ataques rivales a la manera de Gerard Piqué.

Aprender de su entorno (las sabidurías del estilo culé y seguramente la paleta de centrales de mayor nivel en Europa) será fundamental para el gran reto de su carrera. Un entorno con el que siempre soñó. Al hablar de sí mismo, Yerry Mina dice preferir la salida en limpio, disfrutar tocando mucho el balón e interesarle la técnica defensiva. Es decir, ser un central del Barcelona. Hoy lo es. Ahora deberá parecerlo.

Fotos: David Ramos/Getty Images

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