Era el año 1976 cuando, en Santiago de Cali, un tal Carlos Salvador Bilardo insistía en que el juego a balón parado no era un capricho del reglamento, sino un partido dentro del partido que debía trabajarse como tal. Más de 30 años después, esa dimensión antes menospreciada de la competencia se ha convertido en la batalla decisiva para definir campeones. O campeón. Porque en Colombia, desde hace un lustro, la autoridad de los aires ha estado en manos del mismo soberano.

La fórmula nació en las botas de Omar Pérez, alzó vuelo con sus engañosos lanzamientos al portero rival y, finalmente, se coronó con las sorpresas en el área chica. Así una y otra vez. Independiente Santa Fe ha encontrado en la pelota quieta un complemento para su buen juego, una ruta de auxilio en ausencia del mismo, pero, en definitiva, un arte para dominar y campeonar. Hoy, como en muchas de las 11 finales que ha disputado en el último lustro, el juego a balón parado ha sido virtud en su camino. Hoy, como tantas veces, su tiranía aérea condicionará la batalla final por el título.

¿Por qué la pelota quieta cardenal es una fórmula ganadora?

El primer ingrediente de la receta ganadora albirroja se cocina en los cobros. Como dijimos, su consagración coincidió con el refinamiento lanzador de Omar Pérez, cuyos tiros a media altura con dirección al portero hacían del desvío a último momento una jugada demoledora. Es decir, buena parte del veneno a balón parado estaba en el patentado cobro del ’10’ argentino al corazón del área chica. No en vano la amenaza cardenal por los aires mermó con su ausencia en la titular, amén de Jonathan Gómez.

Pero como Pérez no cuelga los guayos aún, entrenar con él no deja de ser una ventaja. Aprender de los mejores vale mucho en el fútbol. Sólo así se entiende la repentina detonación de Juan Daniel Roa en los cobros, la reinvención de la zurda de Jhon Pajoy —que viene imprimiendo el mismo veneno de sus remates a sus centros— e incluso los lanzamientos precisos de Yamilson Rivera mientras tuvo minutos. Santa Fe elevó la calidad de sus cobradores y hoy extraña menos que nunca a Omar Pérez. Esto, en clave técnica, ha servido como punto de partida para el regreso de su carta ganadora.

Bloquear y cegar al portero rival: la clave

En clave estratégica, el gran logro de Gregorio Pérez está en su trabajo de la zona de remate, el cual da cuenta de una serie de automatismos, distracciones, arrastres de marca y apariciones que redondean su puesta en escena. El movimiento más común en los tiros de esquina es el ataque de Baldomero Perlaza al primer palo, el cual sirve para arrastrar marcas y aclarar el área chica. Aunque el propósito del movimiento es distraer, las defensas rivales no suelen permitirse ignorarlo. Y con razón. Los mejores centros cardenales son a media altura, por lo que Perlaza no puede descartarse como posible rematador.

Entonces entra en escena una segunda ráfaga, la de William Tesillo, Héctor Urrego y Juan David Valencia (cuando está): demoledora por varias razones. La más notable es su picardía en el área, la cual no requiere de desplazamientos largos para librarse de marcas. Si esto no sucede, su plan B pasa a ser llevar su marca hacia el portero con el fin de estorbarlo y en pos de un segundo rematador. Es decir, atacan tanto al balón como al portero, y lo hacen de manera tal que el área chica se convierta en un gran punto ciego para él.

Santa Fe llega a la final con la pelota quieta como gran argumento ofensivo

Pero, sobre todo, la contundencia de la pelota quieta albirroja es tal que no requiere cargar el área con muchos hombres. Sin ir más lejos, en playoffs logró dos de sus tres goles por esta vía sumando apenas cuatro efectivos en la jugada:  Perlaza en el primer palo, Morelo en el segundo y Urrego y Tesillo en el área chica.

Por todo esto, no cabe duda que Santa Fe se ha reencontrado con su arma letal. Los testarazos de Héctor Urrego y William Tesillo llegan a la gran final de la Liga Águila proyectando un impacto propio de los mejores delanteros. Mientras la pelota ruede, su tarea será contener a Ayron del Valle. Cuando vuele, su ilusión será anotar más que él.

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