Las páginas doradas de la historia de Independiente Santa Fe, que son las del último lustro, se han escrito bajo un mismo estilo. En sus mejores días —que pueden ser los que vienen, dado que su experimentada columna vertebral se mantiene— el expreso rojo es capaz de bordar una defensa ganadora y dominante en clave fútbol colombiano.

En este sentido, la semifinal de Liga 2017-II en Ibagué fue tanto confirmación como excepción a la regla. Confirmación porque los de Gregorio Pérez forzaron en el local toda suerte de errores impropios para un semifinalista. Excepción porque, una vez anotó el 0-1, Santa Fe fue irreconocible, sufrió de más y, exceptuando su defensa del área, concedió todo tipo de ventajas.

En el Murillo Toro, Santa Fe estuvo obligado a defender más abajo que de costumbre

A medida que se avecina la final se acelera el ritmo de juego con ella, y seguramente no haya entre los semifinalistas un pivote que padezca tanto esto, por calidad individual y por soporte colectivo, como Avimiled Rivas en el Deportes Tolima. Los pijaos no pudieron crecer através de su posición, pero tampoco encontraron alternativas en Mariano Vázquez. Así, los de Alberto Gamero se vieron tan expuestos y erráticos en su propio campo que la serie bien se pudo sentenciar en su contra en apenas 45 minutos.

Los intensísimos Yeison Gordillo y Baldomero Perlaza tuvieron mucho que ver en esto, así como desde su aterrador bajón en la segunda mitad se entiende la agonía que pasó a vivir Santa Fe. El gol de Wilson Morelo mermó el oficio en un mediocampo cardenal impuntual y pasmosamente desequilibrado ocupando espacios donde Santiago Montoya hizo de las suyas. De igual forma, los extremos y laterales fueron pura desincronización cerrando las bandas, por lo que Santa Fe se agrietó casi por doquier.

La defensa albirroja se aferró a sus individualidades

Si la debacle no fue definitiva fue porque Héctor Urrego y William Tesillo mostraron entereza defendiendo el área. El primero sufrió como sabe hacerlo,  y el segundo demostró que no desentona en temple cuando más se necesita. La pareja de centrales en algo pudo contener el asedio, y los segundos de Jhon Pajoy escondiendo el balón fueron apremiantes, pero la sensación general fue de vulnerabilidad.

La pizarra de Gregorio Pérez no parece contemplar mayores ajustes para esto, aunque quizá no sea ese el quid del asunto. Sabemos que la mejor versión de Gordillo y Perlaza es una sinergia ganadora comprobada. Recuperarla no requiere otra cosa que la ambición de volver a ganar. Por lo pronto El Campín les depara otra oportunidad para ser lo que fueron.

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