Colombia jugó mal, como viene siendo habitual, y perdió, como se está convirtiendo en costumbre. La preparación de cara a Rusia 2018 es casi un viaje de 180 grados respecto a lo que vivía el país hace cuatro años. Entonces, tras una eliminatoria con ratos sublimes y algunos de agonía, Colombia se enfrentó a la Bélgica dorada y la venció para luego empatar con Holanda en el que fue el último partido del Falcao alucinante con Colombia. La próxima vez que el equipo de Pékerman jugó, ya todo había cambiado. Pékerman construyó un equipo alternativo que apostó todo a convertir a James Rodríguez en estrella y lo consiguió, embriagado de la grandeza del Mundial y de los últimos pasos sanos de Camilo Zúñiga, el alma del sistema.

Desde entonces –y así ha quedado consignado en estas páginas desde el día uno– Pékerman ha dado tumbos de tarumba encerrándose en un ciclo vicioso que ya se ha comentado en otro momento y que desembocaron en que Colombia estuvo al borde de la eliminación debido a un juego cuyos problemas endémicos hace rato han sido anunciados y que Pékerman, de sobra, debe conocer. En estos ocho meses, el argentino ha de hacer lo que no pudo en tres años: construir un sistema que dé paso a los mejores futbolistas que tiene a disposición, que en algunos casos no son los que viene utilizando.

A pesar de que jugó mal, Colombia dejó cosas para ilusionar

Y esta madrugada ese camino inició ante una Corea del Sur estereotípica: orden samurai y velocidad fulminante. Ganaron bien; perdimos merecidamente. Y aun así, hubo esplendor en la hierba: un brote de esperanza para la estepa siberiana. Y es que Pékerman parece que salió del trance en el que estaba adormecido y volvió a dar muestras del entrenador activo y creador que demostró ser durante las dos primeras partes de su ciclo que pronto cumple seis años: con una puesta en escena de potencial quizás superior a la que dio rienda suelta a los días de sol contra Uruguay, y una dirección de campo vivaz e intencionada, Colombia, jugando mal en líneas generales, tuvo sus mejores momentos futbolísticos en más de un año, con alguno que otro punto tan alto que solo queda sonreír y esperar a que tenga continuidad.

Y lo mejor de la noticia es que no necesitó de ninguna actuación inspirada: a excepción de un entonado Felipe Pardo, ninguno de los otros futbolistas colombianos que participaron del encuentro puede decirse que se pareció a su mejor versión. Es decir, que todo lo bueno que se vio fue táctica y fútbol, y mucho de lo malo obedeció a actuaciones individuales. Perder así, en un amistoso, es la mejor forma de perder, si es que existe una.

El problema estructural más grande de Colombia en la era Pekerman ha sido la salida del balón. En el equipo de Falcao, Pékerman tiraba del imponente fútbol de Camilo Zúñiga para paliar cualquier deficiencia colectiva e individual en esa fase del campo. El lateral era utilizado como eje del mediocampo, una especie de mediocentro estirado que organizaba las primeras notas de la sinfonía tirando de recursos técnicos, físicos y creativos. El recurso Zúñiga era tan marcado que cuando Colombia necesitaba poner una marcha más en su fútbol, lo que hacía Pékerman era centrarlo mucho más y acercarlo a Macnelly Torres y James Rodríguez. Y ahí estaba el futuro, con Zúñiga en el medio: se trató de probar contra Brasil en el primer amistoso tras Mundial, pero la expulsión de Cuadrado lo hizo imposible y Camilo no volvió nunca a ser el mismo, castigado por las lesiones.

De ahí una espiral de probaturas cada vez más simplistas y que no entregaron ningún resultado que satisficiera al argentino. La gravedad de la situación llegó a ser tal que incluso equipos que basan su fútbol en la presión y el ritmo, como Chile, decidieron no presionar y esperar más atrás para anular nuestro contragolpe, a sabiendas de que no necesitaban morder a los centrales para recuperar balones arriba; nosotros ya nos enredábamos solos.

Después de mucho tiempo, la ‘tricolor’ tuvo salida de balón

Y esta madrugada no fue así. Pékerman revivió y ante Corea Colombia trató una y otra vez de sacar el balón bajo una misma estructura que involucraba a James Rodríguez sin pedirle, como se había hecho habitual, que tuviese que bajar él a dar el primer pase, y que tampoco le pedía ninguna viguería técnica a ninguno de los futbolistas nacionales.

El mecanismo era, grosso modo, el siguiente: los centrales se abrían ligeramente, el mediocentro bajaba hasta la cabeza del área, Giovanni Moreno, a priori extremo izquierdo, se descolgaba sobre el carril interior, aunque escorado sobre la siniestra, para crear una línea de pase en diagonal y avanzada sobre él, mientras que Uribe, segundo volante derecho, realizaba el movimiento contrario de Moreno, ganaba metros mientras se iba abriendo sobre su lado sin que eso significara fijarse en la banda. Éstas eran para Tesillo, el lateral izquierdo, y Avilés Hurtado, extremo derecho, mientras Stefan Medina ocupaba una posición abierta por derecha pero más cerca a la altura de Moreno que la de un extremo. Duván Zapata fijaba la línea defensiva coreana. ¿Y James? El ’10’ iba por libre, con autonomía para aparecer por donde viese que la jugada lo necesitaba.

Con ello, Colombia dibujaba distintos triángulos y relaciones que hacían fácil la avanzada del circuito asociativo de Colombia. Sin necesidad de florituras, pases de cincuenta metros ni regates en zonas calientes, y, a diferencia del sistema de 2012 que tenía en la tríada Zúñiga-Torres-Gutiérrez el centro de ese circuito, con dos puntos gravitacionales fuertes: por derecha Medina, Uribe y Hurtado hacían ciencia, matemática, aplicaban conceptos del juego de posición que han aprendido y se pasaban el balón por momentos con una fluidez y simpleza que entusiasma. En el centro, el arte: un inesperadamente dinámico Giovanni Moreno sacaba a pasear su repertorio para jugar con James, pintando lienzos de Obregón sobre el césped asiático. De esa forma, Colombia bamboleaba la pelota de lado a lado, ganando metros con cada asociación, y desorganizando a los coreanos con cada pase. Una salida de balón sistematizada, estructurada, limpia y de impacto.

Aunque con problemas, y el principal estuvo en William Tesillo. El central de Santa Fe es técnico y aseado con balón, y puede jugar en algún momento de lateral, aunque no lo es. Obligado a recibir muchas veces estático a la altura de un extremo, perdía muchos balones, y luego no le daba el físico para volver a su posición de marcador. Así, Colombia iba coja: por la izquierda no pasaba nada y por ello, por la derecha, Corea cerraba espacios ciegamente sabiendo que podía regalar la otra banda sin que ello significase peligro alguno.

Y luego, como todo sistema incipiente, había alguno que otro borde por limar: la altura del mediocentro inédito, Abel Aguilar, muchas veces no era la adecuada, y otras Giovanni Moreno tardaba mucho en tomar su posición en la estructura. Nada que el pasar de los partidos y la confianza en el sistema no arregle. El potencial es altísimo.

Pero claro: salir jugando es solo un tercio del juego de un equipo. Es vital, importantísimo, el inicio de todo… pero solo un tercio. Una vez instalado en campo contrario, Colombia casi nunca logró asentar sus ataques. Solo cuando la salida fue perfecta pudo ser profundo. Las razones son fáciles de encontrar: la asimetría del sistema pide que el lateral izquierdo gane metros y sea profundo, que sea partícipe del juego con y sin balón… que sea Fabra (o Machado). Tesillo no pudo asumir el rol en ningún momento y Colombia jugaba en un 66% de terreno.

Luego, las características de Duván Zapata no terminaban de casar con lo que pedía el sistema de él: estuvo muy poco móvil, reticente a abandonar su posición y quizás caer sobre la izquierda para proveer la amplitud que el sistema necesitaba y poder liberar la zona derecha del campo. Con esos problemas espaciales, y, repetimos, sin ninguna exhibición de sus futbolistas, Colombia se ahogaba y gestionaba mal sus ataques, perdiendo el balón a contrapié y siendo víctima del contragolpe coreano.

El seleccionador patrio acertó en los cambios

Para la segunda parte Pékerman lo entendió, y sus cambios fueron clarividentes. Avilés dejó de jugar como extremo y pasó a ejercer de mediapunta, mucho más cerca de Zapata e invitándolo a moverse más por el frente de ataque. Eso obligaba a Uribe a extender mucho más su movimiento hacia arriba, un riesgo que Pékerman prefirió no correr: Carlos Sánchez entró por él y pasó al mediocentro, tomando Abel Aguilar la posición de Uribe. No es preciso esperar que el del Cali haga los movimientos del jugador del América de México, así que Medina se abrió y subió varios metros, mientras James se recostó más sobre su derecha. Y la cereza del postre: Cardona por Moreno, perdiendo dinámica pero ganando una relación más natural entre el perfil diestro de Cardona y la posición de James. Aunque modificó el dibujo, ahora una especie de 4-3-1-2, el sistema se mantuvo: el triángulo en la derecha ahora tenía sus vértices en Aguilar, Medina y James, mientras el ’10’ y Cardona se juntaban en la zona central. Carlos Sánchez, además, aportaba su presencia como corrector ante posibles pérdidas.

Colombia mejoró en ataque, aunque no lo suficiente. Ni siquiera con la entrada de Fabra, que activó el carril izquierdo, ni con Pardo y Bacca moviéndose más que Zapata y Hurtado. Hay sin movimientos que afinar en ataque, además de actuaciones que mejorar. No estuvieron ni Falcao, ni Teófilo, ni Cuadrado, ni Muriel ni Izquierdo. Tampoco Chará o Ibargüen, que debería comenzar a ser tenido en cuenta. Tampoco Quintero. Y las cosas cambian, claro. Pero Pekerman… por fin tiene un sistema. Uno que le apuesta a la ciencia y el arte, que es menos costeño y más andino, sí, pero que pinta jugadas con olor a los 90’s… no solo por la camiseta.

Fotos: JUNG YEON-JE/AFP/Getty Images

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