¿Elegimos ser? Albert Camus no sólo responde afirmativamente a esta pregunta en su libro El hombre rebelde, sino que reconoce en esta decisión vital el origen de la moralidad humana. “Respirar es un juicio de valor”. Luego las respuestas al cómo y por qué mantener la vida nos conducen a compromisos morales mayores que dan sentido a la existencia. ¿Qué es lo bueno? ¿Qué es lo justo? ¿Por qué amar? Decisiones y más decisiones. Como hacerse hincha de un club. O tal vez no.

      –Yo no me “hice” hincha. Yo nací hincha. Jamás tuve una opción diferente: era el equipo de mi abuelo y es el equipo de mi papá. Por jodido que fuera (que lo era) nací para simpatizar con Santa Fe. Si me hubiera “hecho” hincha tal vez habría escogido al América, que tenía los mejores jugadores de la época en la que empecé a entender de fútbol. O al Nacional, que ganó la Libertadores cuando yo tenía apenas 10 años. Pero no, nací en una casa ‘cardenal’ en la que se hablaba del “Santafecitolindo” y lo asumí como se asume el apellido: sin cuestionarlo.

Dice Hernando Paniagua, selecto por determinación atávica para hacer del primer campeón el club de sus amores. Durante la primera mitad de la historia del profesionalismo en Colombia, Santa Fe fue miembro indiscutible de la crema y nata nacional, osando de seis títulos y viendo desfilar entre sus filas estrellas como Héctor Rial, Charlie Mitten, Delio ‘Maravilla’ Gamboa y Alfonso Cañón. Hasta que llegó aquel 1975, año en el que Santa Fe degustaría la gloria por última vez en 36 años.

      –Nunca me fui. Varios nunca nos fuimos. Es un milagro tener gente de mi generación que sea hincha de Santa Fe. Nací en el 79, durante 33 años viví sin saber lo que era ser campeón. Y ahí seguía cada domingo. Así sobreviví al bullying escolar y universitario. Recuerdo que cuando se acabó el partido contra el Pasto en el 2012 me senté a llorar. Es que yo pensé me iba a morir sin ver eso. Fíjese cómo somos: yo me había hecho a la idea de que el título tal vez jamás iba a llegar, pero seguía yendo al estadio. Y así éramos varios. Yo estaba con mi papá, pero me acuerdo de abrazarme con muchos de mi edad en el estadio. No hablábamos, sólo llorábamos. Me acuerdo que mi papá estaba feliz, pero no entendía por qué yo lloraba. Incluso se preocupó, le pareció exagerado. Claro, para él era distinto, porque él lo había visto campeón. Ya sabía cómo era. Para nosotros era diferente. Es que no era el tiempo sin ganar, era que en mi vida eso jamás había pasado. Para los de mi generación no era volver a ser campeones, era ganar por primera vez.

La primera vez Hernando Paniagua no eligió ser hincha de Santa Fe. Pero sí eligió seguir siéndolo derrota tras derrota en aquellos 36 años que amenazaban ser eternos. Cuántos domingos pegado al radio a la espera de otros resultados que favorecieran la clasificación de su equipo. Cuántos domingos con calculadora en mano buscando una diferencia de goles que permitiera a su equipo avanzar a cuadrangulares. Al final todo conspiraba para prolongar su sufrimiento. Pero él seguía eligiendo a Santa Fe, tal vez, por ese mismo sufrir.

      –El sufrimiento no se ha ido. Y ojalá jamás se vaya. El sufrimiento es inherente a Santa Fe: lo esperamos, lo provocamos, yo diría que hasta lo disfrutamos. El sufrimiento está en los goles de último minuto, en las definiciones por penales, en los errores que comete el rival en tiempo de adición, en los penales que se anotan en el rebote y en las finales que se ganan apenas 1-0. Se sigue sufriendo, pero ahora se gana. Por eso ahora lo disfrutamos, porque no hay nada más emocionante que estallar de júbilo cuando estás a punto de perderlo todo. Es más satisfactorio ganar 100 mil pesos en la ruleta con la última ficha que te queda que ganar un millón de pesos cuando tienes cinco millones más en el bolsillo.

Como si la felicidad sin sufrimiento no fuera felicidad, sino rutina. Esto es, en esencia, la santafereñidad. En el último lustro, Santa Fe se acostumbró a ganar. Tres títulos en la liga y una Copa Sudamericana certifican que el club se halla en su era de oro. Pero, según Paniagua, nada de esto ha hecho mella en su esencia.

      –No, sencillamente se le agregó un capítulo hermoso, un final feliz. Siempre estuvimos, siempre esperamos, siempre sufrimos, pero, como dije antes, la diferencia es que hoy ganamos. Si se fija, Santa Fe no ha cambiado: sigue jugando con algunos juveniles, sigue dándole campo a la cantera, cuando se refuerza lo hace con jugadores de equipos de media tabla para abajo, sigue jugando a la garra, al empuje, a entregarle el balón al rival para que sea el rival el que se encarte. Somos el mismo en esencia, pero hay bastantes copitas nuevas en la vitrina…

      –Hernando, si Santa Fe fuera un estado de ánimo, ¿cuál sería?

      –Yo creo que siempre será esperanza.

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